lunes, octubre 02, 2006

CATÁLOGO DE MUJERES III

Sandra

Sandra era el tipo de mujer que, cuando les dices a tus amigos tus amigos “ella fue mi novia” no lo pueden creer. El salto cualitativo de Beatriz a Sandra fue abismal, como el de Bob Beamon en el 68. Pelo enchinado castaño claro, tez blanca, boca pequeña, suculenta. Senos perfectos, firmes y dignos, cuyos pezones resaltaban como bolitas de plastilina debajo de la playera del uniforme o de los bodies que usaba regularmente. Lo único que no me gustaba era su nariz (un poco chueca) y sus piernas: demasiado flacas, como popotitos. Pero comúnmente usaba pantalones de mezclilla así que ni se notaba la pobreza de sus piernitas. En cambio, la curva de su trasero, resplandecía por sí sola.

Conocerla fue un hecho casual. Algo que me causaba muchos conflictos, pues el azar se había encargado de definir muchas cosas en mi vida, menos aquellas que deseaba con fervor.
Caminaba todas las mañanas para llegar a la preparatoria, cruzaba Revolución, andaba una cuadra por Progreso, daba vuelta en Zetina y de ahí derecho hasta La Salle. Y todos los días me encontraba a Sandra, que hacía el recorrido en sentido opuesto al mío sobre Progreso, daba vuelta en Zetina hasta Franklin, atravesaba Revolución, luego seguía por Vicente Eguía y entraba al Hispano Inglés. Todos los días durante cuatro meses la misma escena: la niña vestida de uniforme azul, mochila al hombro, pelo húmedo, y su mirada contra la mía. La odiaba en serio porque me parecía una pinche mamona. Altiva, presumida, engreída, todo eso pensaba cuando me la encontraba de frente sobre la acera opuesta de Zetina.

Al paso de los días, el encuentro se hizo rutinario y ya no me interesaba.

Sergio, un compañero de la preparatoria me invitó a una fiesta que organizaba su hermana. Él vivía como a dos cuadras de mi casa y la noche de la fiesta llegué puntual, para ver si pescaba algo, porque no quería perder mi agilidad con la lengua, prácticamente entumecida después de dos meses sin acción. Como la hermana de Sergio era más grande, sus amigas también lo eran y ninguna estaba interesada en hacerle caso a unos pinches prepos. En un momento dado, sonó la campana (porque la casa de Sergio es como un rancho, con patio en medio, pozo, muchos animales y no tiene timbre) y cuando su hermana regresó a la casa con una nueva invitada me quedé sorprendido al ver a Rosita Fresita, que era como apodaba a Sandra. Me la presentaron, porque además de todo, la niña era popular: la mamá de Sergio se desvivía por atenderla.
A diferencia de otras fiestas, las mujeres eran mayoría así que no fue difícil platicar con ella tomando en cuenta que teníamos algo en común.

—Tú y yo nos conocemos, ¿verdad?
—Sí, todos los días nos encontramos en Progreso.
—Yo soy Santiago, mucho gusto
—Igualmente, yo soy Sandra.

Cuando vino a comer a mi casa, semanas después, mis papás quedaron encantados con ella. Qué simpática tu amiga, me decía mamá. Venía muy seguido a jugar póquer o lotería y casi siempre nos limpiaba el dinero de las apuestas. Nuestra amistad se fue consolidando y así empecé a conocer los problemas familiares que enfrentaba. Sus padres se habían separado hacía muchos años. Ahora, su papá trataba de reconstruir su vida. Ya tenía una hija con otra mujer y vivía en San Pedro de los Pinos. Ingeniero de profesión, las malas decisiones lo hicieron perder su fortuna. La mamá de Sandra había sido educada para ser una dama. De origen francés, estaba acostumbrada a contar con servidumbre, viajar cada vez que podía y gastar sin límites: una vida de reina. El padre de Sandra, ya arruinado, no quiso o no pudo sujetar a su mujer y hacerle ver que las cosas no podían ser como antes. Así comenzaron los pleitos hasta que el padre se fue.
Sandra era una buena alumna, y su preocupación era que al terminar la prepa no podía pagar una universidad privada. Todavía faltaba tiempo para eso pero cada día que pasaba la presión era insostenible. De ahí que Sandra prefiriera la compañía de mi familia para no estar en su casa discutiendo con su mamá.

En uno de los torneos de póquer en mi casa, salimos a comprar unos refrescos. Ese día andaba mal vestido, pues mi aspecto personal me había dejado de interesar desde que corté con Beatriz. Despeinado, sin importarme, Sandra me regañó: “¿Por qué no te peinas? Para qué si no tiene caso, a nadie le importa. No te creas, no te creas a alguien si le interesa. ¡Sopas! Como yo siempre he sido muy pendejo para entender indirectas, no le di mucha importancia al cometario sino hasta después, cuando la fui a llevar a su casa (su casa estaba en la calle de Murguía, por lo que caminábamos un tramo de Progreso, la misma calle donde vivía Beatriz pero cuadras más adelante). De regreso, trataba de entender lo que Sandra había dicho. ¿Era a ella a quién le importaba que me peinara y que me viera bien arreglado? Quizá lo dijo porque es mi amiga y le interesa que no ande como un vago. Una niña como ella no se fijaría en mi, conoce chavos más grandes, con coche, dinero…

Pero Sandra daría otro paso, porque cuando una mujer se decide por alguien, nada la detiene. A los pocos días, volvimos a vernos y me dio una carta. Fue necesario que el contenido de la misma lo analizara con un cuate de la preparatoria para saber qué quería decirme en realidad. La carta, que perdí por desgracia al dejarla dentro de un libro que vendí en un bazar, decía algo así como que ella quería estar conmigo como amiga o como lo que yo quisiera. La verdad no podía creerlo. Sandra era una mujer hermosa y se estaba fijando en mí. Esa tarde fui a verla. Ella iba de salida para arreglar en la Salle lo respectivo a la beca que estaba tramitando para estudiar Administración. Con ingenuidad, le dije que no entendía plenamente los comentarios de su carta. Ella repitió lo mismo: Santiago, si quieres ser mi amigo, eres mi amigo, si quieres otra cosa, sólo dímelo. Con tal claridad cualquiera entiende, hasta yo.

¿Quieres ser mi novia? Claro, pensé que nunca me lo ibas a decir.

El camino hacia la Salle ni siquiera lo noté. La vida no era tan ingrata después de todo. Ya Beatriz podría pudrirse en el fondo del infierno o del desagüe. Veía las cosas de otro modo, los colores eran más nítidos, la mano de Sandra estrechaba la mía con fuerza. Tenía que besarla. Ya no le pedí permiso, para qué, la detuve con cuidado y ella interpretó perfectamente la señal. Sentí su lengua pequeña enroscarse con la mía y pedía al cielo no volver a hacer aquel ruido de gato. Por fortuna no hice ninguna tarugada. Los senos de Sandra se estrujaban en mi pecho mientras que la erección se levantaba con rapidez.

Por desgracia, los problemas empezaron en ese momento.

Sandra visitaba subrepticiamente a su padre, y a veces cuidaba a su media hermana, que era igualita a ella. En un momento dado, la madre se enteró de las visitas y la corrió de la casa por ingrata. Para acabarla de chingar, los fines de semana ella trabajaba en funciones de teatro guiñol y su jefe inmediato se quería pasar de vivo con ella. Renunció por el acoso quedándose muy pronto sin dinero y sin casa.

El papá no tuvo problema en aceptarla en su casota de San Pedro de los Pinos, una construcción muy vieja y descuidada, llena de cuartos gigantescos. A Sandra le asignó un cuarto pequeñito, al que se llegaba subiendo una escalera estrecha.

Cuando conocí a su papá le caí muy bien, cosa rara en el según Sandra porque era muy celoso. Me preguntó que quería estudiar. Arquitectura, señor, le respondí. Como el era ingeniero civil hizo todo lo posible para convencerme de que lo mejor era estudiar ingeniería como él pues la arquitectura, además de que era para jotos, la administración de obras se convertía en el piedra clave del asunto, dejando el diseño de lado.

Esa tarde, el señor se fue con su mujer y su hija y nos dejó solos en la casa. Según Sandra, era algo inédito. Su padre nunca la hubiera dejado con nadie y mucho menos con un hombre. Pero como yo le di confianza y él ignoraba que andábamos, se marchó en paz. La malicia comenzaba a brotarme lentamente así que no perdí tiempo ni ella tampoco. Me pidió que le ayudara a arreglar su recámara. Subimos por la escalerita y, hasta más tarde caí en cuenta del detalle, la recámara estaba ordenada perfectamente.

Me senté en la cama y comenzamos platicar hasta que se me acercó y empezamos a besarnos. La lucha de nuestras lenguas era encarnizada, ninguna cedía terreno. De inmediato, la erección me hizo a acomodarme con disimulo el pantalón porque la punta del pene rozaba en la mezclilla. No sabía si irme sobre ella despacio para que fuera tendiéndose en la cama. En eso, ella comenzó a jadear despacito, sudaba profusamente, y a decir verdad, yo también sentía un calor espantoso. Sus pezones de plastilina se volvieron roca y al rozar sus enormes senos descubrí que su consistencia no tenía nada que ver con la gelatina. Estaban duros, lo cual me sorprendió bastante.

Yo no traía condones. Jamás había tenido uno en la mano ni me había puesto uno. Solo faltaba que le desabrochara el pantalón y avanzara inexorablemente hacia el objetivo cuando sonó el timbre. ¡Mi papá! Puta madre. ¡Ponte el suéter, vete a la sala, péinate! Tienes la boca hinchada. ¡Cállate y hazme caso!

Cuando cumplimos el primer mes, no tenía dinero (qué raro). Sólo pude llamarle por teléfono. Le propuse que por lo menos nos viéramos la cara pero ella tenía que salir con su papá. Iban a visitar la madre de su madrastra. “Bueno pero no tienes que ir” “Lo siento, me llevan a fuerzas”. Ni modo. Con esta iban tres veces que no salía conmigo por ir de visita con su papá. Me empecé a preocupar.

Cerca de mi casa, una oficina del Monte de Piedad me hizo pensar cómo obtener dinero para salir con mi novia. Revolví los casetes que ya no escuchaba mi papá y me los llevé. Se los vendí a los Coyotes a buen precio, el suficiente para celebrar en el Kentucky. Como quería darle la sorpresa, caí en su casa sin avisarle al día siguiente. Pasé primero al mercado Mixcoac y le compré unas flores.

“Mi amor, feliz aniversario”. Ella se emocionó y pasé a la estancia. “¿Y tú papá?” “Ahorita regresa”. “Vamos al Kentucky a comer”. “No puedo, vamos a salir”. Focos rojos. Problemas cerca. Dile lo que sientes, Santiago, la verdad ante todo.”Pero amor, hace mucho que no nos vemos”. “Santiago, no puedo hacer otra cosa” “Sandra, en serio, esta situación no creo aguantarla” Ella se pone roja, está enfadada. La hice enojar. “Pues no puedo hacer otra cosa, Santiago. Si no aceptas mi vida como está, lo siento”.

Ese día llovió y regresé caminando a casa. Completamente mojado, odié la lluvia por su tino. “En buen momento llueve. Mi novia está furiosa y ya valió madres”.

Los perdedores como yo no deben tener novia en tiempo de lluvias. El agua acaba con la relación más firme.

La llamé al día siguiente y como era muy orgullosa, seguía ofendida por lo que dije. “Pensé que estabas conmigo, pero sólo te interesa que salgamos” “No, amor las cosas no son así. Ponte en mí lugar” “Santiago, no tengo escuela, mi mamá no me habla, mi papá no tiene trabajo, no tengo tiempo para pensar en otras cosas”

Tómala, esto se acabó.

Días después, Sandra terminaba la preparatoria. Su futuro era negro. Yo terminé el segundo años de la prepa con buenas calificaciones. Para premiar el esfuerzo de Sandra y sus amigas, el Hispano organizó un viaje de graduación. Otro suplicio. Ella no podía asistir por falta de dinero. De buenas a primeras, quien sabe cómo le hizo, de algún lugar sacó dinero y se fue en avión con sus amigas. Las cosas seguían mal entre nosotros pero la relación se sostenía. Cuando nos despedimos por teléfono me dijo: En cuanto regrese te llamó. Será una semana y platicamos de lo nuestro. Estuve de acuerdo, la distancia nos sentaría bien para reflexionar sobre nuestros errores. Pasó la semana y su llamada nunca llegó. Como no quería insistir ni verme tan desesperado, esperé a que cumpliera con lo pactado. Una semana después de que supuestamente había regresado, su llamado no llegaba y la verdad, como me pareció que yo no había hecho nada malo, sino exigirle seriedad en nuestra relación, el orgullo me salió y no le hablé más.

Un mes después, sabiendo que ya nuestra relación se había terminado, me llamó para reclamarme. ¿Por qué no me llamaste tú? En eso no quedamos. Claro, en eso no quedamos. Ya pensaste que tal vez pudo pasarme algo. Sí, Sandra, pero no te pasó nada. No cumpliste tú promesa. Así de simple. Mira la verdad es que no puedo tener una relación estable en este momento tan difícil. Tengo que trabajar para pagar el financiamiento que me dieron en la Salle.
Colgó y ahí terminó todo, pero meses después, ya en el último año de la Prepa, me enteraría por Arturo —él la conocía porque estudió dos años en el Hispano— que durante el viaje de graduación a Zihuatanejo, Sandra se enredó con un cabrón que creo que yo conocía, por lo menos de vista.

Pinche vieja, me puso el cuerno y todavía llamó para reclamarme, que se vaya a la chingada.
Meses después, Sandra abandonó la universidad para siempre. La beca que la Salle le dio no era tal sino un financiamiento que la obligaba a pagar mucho dinero cuando ella terminara de estudiar. Las razones por las que no aceptó el apoyo, las ignoro. Lo último que supe fue que trabaja en Price Club y que poco a poco había ascendido en el escalafón gracias al apoyo de una jefa justa. Supongo que, a estas alturas del camino, debe estar casada y con hijos.

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