martes, abril 03, 2007

UN MOTIVO DE CELEBRACIÓN

Texto leído el 31 de marzo de 2007, en Xalapa, Veracruz, durante la presentación del libro Fisuras en el continente literario de Federico Vite.


Fisuras en el continente literario.
Por Jorge Vázquez Ángeles

Su fuerza está en
no hablar de más
Y en ser poeta.
Ángel de fuego.
Ely Guerra.



Abolido en 1966 por el Papa Paulo VI, el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, fue durante cuatrocientos siete años muestra fehaciente de que la iglesia católica está erigida sobre una piedra indestructible y hueca. A pesar de que esa lista negra ya no existe, libros como El Código d’Vinci o la saga de Harry Potter han sido señalados como peligrosos. Desde los púlpitos, decenas de sacerdotes en todo el mundo amenazan con excomulgar a aquellos fieles que caigan en la tentación y cometan el acto ominoso de asomarse a sus páginas.

En México, Aura, de Carlos Fuentes, cobró relevancia gracias a los esfuerzo del ex secretario de gobernación, Carlos Abascal, ferviente guadalupano y católico de cepa, quien encontró ofensivo que su “pequeña” hija de dieciséis años se deleitara con las cochinadas de Consuelo Llorente y del joven historiador Felipe Montero.


La situación de México como colonia durante exactamente trescientos años —la caída de México-Tenochtitlán ocurrió en 1521 y la independencia se consiguió hasta 1821—, complicó la distribución de libros, estuvieran prohibidos o no. El recién fallecido José Luís Martínez en su libro Cruzar el Atlántico, dedica algunos párrafos a describir las tretas y artimañas de los libreros europeos para esconder en los navíos decenas de textos que terminaban en las manos de un hereje valeroso.
En el año 2005, la American Library Association, se propuso sacar de los estantes los libros prohibidos de nuestra época, ofreciéndolos al público en la gran mayoría de las bibliotecas de Estados Unidos. Se trata de libros señalados por agrupaciones políticas o religiosas, cuyos contenidos ponen en duda o atacan frontalmente instituciones o valores que dichos grupos han decidido mantener a cualquier precio. Entre estos libros destacan El guardián en el centeno, de Sallinger, American Psycho, de Bret Easton Ellis, o La casa de los espíritus de Isabel Allende.


En México pocas veces se oye hablar de temas prohibidos en el ámbito literario. Porque, si se publican libros que denuncian con pelos y señales a pederastas nacionales y extranjeros, que operan gracias a la complicidad de funcionarios públicos, o los abusos y corruptelas del clan Sahagún-Fox, ¿podría existir una novela o un libro de cuentos que se censure por considerar su contenido escandaloso, obsceno, o que ponga en peligro la seguridad nacional?


No lo creo. Los tiempos ya no están para eso.


Veamos el caso de una película aburridísima como El crimen del padre Amaro, donde ocurren situaciones que ya todos sabemos, y cuyo éxito taquillero se debió al escándalo de la iglesia católica y de algunos sectores conservadores, incluido el ex secretario de gobernación antes mencionado. La película ocupa hoy el puesto de la película mexicana más vista, por encima de Sexo, pudor y lágrimas.


La literatura es un camino paralelo a la realidad donde todo se permite, las reglas de ese universo las establece el autor en complicidad con los lectores. En alguna ocasión le pregunté a Enrique Serna si El miedo a los animales le había causado dificultades o enemistades por los personajes de carne y hueso que satiriza en la novela. Me dijo que no, y agregó que los periodistas que denuncian narcotraficantes literalmente se juegan la vida en cada cuartilla redactada, no los literatos, plácidamente sentados detrás del teclado.


Lo mismo debe ocurrir con Fisuras en el continente literario, libro de Federico Vite. Si hemos de aceptar por bien de la literatura que lo planteado en una novela sólo pertenece a ese mundo, perfectamente ensamblado y que gira alrededor de la mente del autor, que a Octavio Paz lo secuestren para que revise y corrija la novela de un agente de la policía judicial, de ninguna manera implica que se quiera ridiculizar su figura, como tampoco el hecho de que el autor de Piedra de sol decida adoptar la novela del comandante Ojeda y presentarla como propia, lo convierte en un "ladrón poco versado" (como me dice Rebeka Lembo).


Si todos los días se publican cartones donde el “presidente” Calderón aparece vestido como Beto el recluta, o el secretario de hacienda Carstens es objeto de burlas por su voluminosa humanidad (por no mencionar que decenas de periodistas serios y responsables llamaron a Fox ignorante, chismoso y hasta pendejo), no veo las razones por las que Fisuras en el continente literario se gane un sitio en las bodegas de textos abandonados o dejados de la mano de Dios. Si a la lista de instituciones intocables, afortunadamente en vías de extinción (la virgencita de Guadalupe, el presidente y el ejército), hay que agregarle la figura de la vaca sagrada más relevante del siglo pasado en materia literaria, entonces habremos regresado al principio del camino, después de caminar en círculos. En el país de la burla y el apodo automático, cualquier tema se vuelve posibilidad para el juego de albures y gracejadas, donde lo mismo hay chistes del terremoto o sobre los quemados de san juanico, no hay sitio ya para solemnidades ni voces afectadas. Se vuelve sano y necesario quitarle el cobre a las estatuas y espantar a las palomas con un trapo.


Lo bello de Fisuras en el continente literario es que resume el trasfondo de la literatura: como si de construir una ciudad se tratara, el mundo de las letras es un trabajo compartido, que se realiza todos los días sin horarios establecidos, y donde resulta delicado precisar la paternidad de las ideas: los ladrillos, el cemento y las varillas están al alcance de todos; de cada quien depende la forma de emplearlos. Por eso, cuando se toma la decisión de plagiar el trabajo del otro, por más capas de pintura que se aplique para disimularlo, los trazos generales apuntan hacia el autor verdadero.


“La literatura”, dice Federico Vite en la primera página del libro, “es un asunto de muchísimas personas”.


En el país de la desconfianza perenne, es normal que exista la duda de si un libro como el de Federico Vite tenga cabida en los estantes de las librerías. Es una buena señal que Tierra Adentro lo haya publicado. Según se ha comprobado, en este momento no resulta fácil encontrar la novela, espero no pecar de ingenuo, pero supongo que se debe al cambio de administración, cuya burocrática ceremonia entorpece las labores de los recién llegados, retrasando los trabajos que caracterizan a Tierra Adentro: las presentaciones en todo el país y la distribución del fondo editorial.


No sería insólito que empezaran a trascender rumores sobre la intención de sepultar el libro y condenarlo a la oscuridad, o leyendas urbanas en las que Federico Vite aparezca como un joven escritor grosero e insolente, desubicado y de tendencias sexuales poco claras, que despotrica barbaridades contra Octavio Paz y su figura imprescindible. Recuerden que México, además de petróleo, gas y niños, es prolífico en mitos, historias y tradiciones. Tampoco hagan caso si escuchan el comentario de un hombre jura y perjura, en una cantina o en los baños de CONACULTA, que se prepara un complot para evitar a toda costa que Federico termine de escribir una novela, en la que Carlos Fuentes y Fernando del Paso luchan para apoderarse de los poemas de un joven taxista.


Si existen indicios de censura será deber de todos nosotros exigir que el libro de Federico Vite aparezca en las librerías, no por la amistad que nos une a él, sino porque en el continente literario no hay cabida para secretos o silencios impuestos de facto. Si esta novela genera una ola gigantesca que raye en el escándalo, que el impulso de esas aguas violentas funcione como mecanismo que le permita a Fisuras en el continente literario llegar a un público más extenso, que sea de ese modo como otras personas se acerquen a los demás libros de Federico Vite, voces inéditas que pronto estarán en las manos de algún lector que recordará, con una sonrisa franca en el rostro, la imagen de Octavio Paz maniatado, con una máscara de Bart Simpson ocultando su rostro.



domingo, marzo 18, 2007

¡PERIODICAZO!

Escritora cataloga a presunto “novelista” como un “unversed thief”.
Efe, Ap, Notimex.
Juan Alberto Medina


El plagio de materiales literarios es práctica común en México. Cientos de miles de blogs son saqueados todos los días por bandas de piratas cibernéticos y advenedizos de poca monta, que utilizan los textos ahí presentados para ostentarse como “intelectuales de altos horizontes” o escritores prolíficos. Prueba de ello es el reciente descubrimiento de Escritora, joven ensayista y dramaturga, que en defensa de sus más elementales derechos, ha desenmascarado a un presunto “novelista” que le plagió de forma descarada una frase, misma que empleó en un texto que aparece en conocida página web.

“Entré a la página y descubrí el robo”, afirma Escritora, indignada por el plagio.

Con este nuevo episodio, Escritora se une a la amplia lista de personajes afectados por la mezquindad del presunto “novelista”, entre quienes destacan miembros prominentes de la ínsula literaria.

En un comunicado leído por el agente literario del presunto “novelista”, quien se negó a dar la cara y permanece oculto en su casona del rumbo de Santa fe, en la ciudad de México, éste acepta que el párrafo escrito en un texto de su autoría que aparece en la página web de marras, fue escrito por Escritora, y que lo usó “indebidamente”. Aclara, de manera poco convincente, que él jamás se adjudico la paternidad de la frase, puesto que confesó a varios de sus compañeros que se veía obligado a “fusilarse” la creación de Escritora porque “no le dio tiempo de escribir un texto decente” y esa frase en especial “le gustó mucho y venía a cuento con que lo que estaba haciendo”. Además, afirma, que no estaba al tanto de que dicho texto sería usado en esa página web, ni mucho menos “como semblanza representativa de mi trabajo”. Por otro lado, en el mismo documento afirma que “como el tiempo ha pasado me olvidé por completo de solicitar que el texto se diera de baja o bien, que se agregara el crédito correspondiente a Escritora”.

Ante un nutrido grupo de reporteros, el agente literario se negó a dar más respuestas, y se limitó a decir que el presunto “novelista” “se siente profundamente afectado por lo ocurrido, y que en la medida de sus posibilidades, muy limitadas por cierto, tratará de enmendar la terrible falta, aunque el daño ya está hecho”.

Trascendió que al presunto “novelista” lo asaltan pesadillas donde Sócrates le da a beber la cicuta, Shakespeare lo asusta con un cráneo que sostiene sobre la palma de la mano, Kafka lo amenaza con traerle a su papá, Mozart lo lleva de la mano a la fosa común, Nietzche lo introduce con mujeres de dudosa reputación para que le de sífilis, Vivaldi lo pone a rezar (el presunto “novelista” se ha declarado ateo), Huxley le receta LSD adulterado, y siente los precisos golpes del cincel en todo el cuerpo, mientras Miguel Ángel lo convierte en el David. Del resto de los personajes que aparecen en la frase plagiada, el agente literario prefirió no seguir mencionando las tormentosas pesadillas que acometen al presunto “novelista”.

“Se lo merece”, dice Escritora. “No es más que un “unversed thief”, sentenció.

domingo, marzo 11, 2007

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miércoles, marzo 07, 2007

lunes, febrero 12, 2007

EL JARDIN DE LAS DELICIAS (NOVELA)

Este es el "trailer" de El Jardín de las Delicias, mi primera novela, terminada el pasado 11 de febrero, luego de cinco años de trabajo.

Espero que les guste el video y dejen algún comentario o crítica, ya sea en el blog o directamente en Youtube, donde pueden calificar el video.

Esperen con paciencia los dos videos restantes de El Jardín de las Delicias.

viernes, enero 26, 2007

El cuento de la semana: THE WAR IS OVER


La visibilidad es aceptable en algunas zonas aunque se espera que la oscuridad cubra toda la zona, lo que dificultaría parcialmente las labores en el teatro de operaciones.

El sonido de la música me obliga necesariamente a gritar las órdenes y a mantener los oídos alertas para entender, si acaso la comunicación fuera cifrada, las condiciones del terreno y sus accidentes, además de los aspectos más importantes de la estrategia y la táctica para actuar en condiciones específicas.

Un danzón dedicado a la licenciada —acaba de titularse y la fiesta corre por cuenta de su papá, teniente coronel del glorioso ejército de la república— y, atrincherado, escucho el último informe de los servicios de inteligencia:

—Ya no anda con él —me dice el espía, cuyos rasgos apenas se distinguen, gracias a algunos súbitos flashazos provenientes del campo de batalla. Desde nuestra posición, debido a las luces que se prenden y apagan sin más sentido que el azar, sólo podemos ver brazos en movimiento, en todo lo alto, y aspectos generales de los rostros: un ojo, un nariz chueca, un cutis pálido, otro rojo, una boca que grita, otra más que permanece cerrada, y en medio de ese oleaje de cuerpos, el objetivo: Rocío.

—Pero por ahí anda ese pendejo —respondo, molesto porque la licenciada-anfitriona no se aseguró por sí misma que el sujeto fuera excluido de la fiesta.

Pese a la adversidad, sigo agazapado, observando a Rocío, bien quieto, a la espera del una oportunidad, una debilidad en su semblante. Mientras tanto, Rocío gira alrededor de la pista de baile al ritmo de una canción cuyo interpreto desconozco, pero ahora eso no importa.
El espía me comenta sus conclusiones: al parecer la capacidad de respuesta del enemigo es nula. “Al parecer”, chingao, ¿te imaginas que a Eisenhower le hubieran dicho la víspera del Día D: señor al parecer los nazis están dormidos? Te hubiera mandado fusilar, por pendejo, pienso y vuelvo a ubicar la posición de Rocío.

El vestido negro que usa esta noche resalta su blancura. Observo su espalda. Una telaraña de tirantes lo mantiene en su sitio. La curva de sus nalgas es un radio que se describe perfecto y que visto en perspectiva se transforma en un volumen bien formado. Su pecho, a medio descubrir, se adivina firme, y la sonrisa de dientes blancos que casi brillan en la oscuridad, emite una señal que el radar capta sin distorsiones.

La canción termina. Roció atraviesa la pista y se dirige al elevador. En la mano sostiene un teléfono celular y la pierdo de vista. Ha llegado el momento. Los tambores de guerra suenan, y la caballería se prepara a embestir al enemigo.

Me alisto, oculto en la trinchera (la trinchera es la silla donde estoy sentado, sosteniendo el fusil-vaso de tequila que el mesero se empeña en recargar cada vez que está a punto de quedar vacío; el servicio es de primera y todo por cincuenta pesos). Pasan cinco, diez, quince minutos y sospecho que sus padres han venido por ella. Una hija de las dimensiones físicas antes descritas, debe cuidarse celosamente de las garras de algún tipejo ansioso de tenderla en una cama para las escaramuzas, los escarceos, amarla un poco si le place, explorar su territorio, clavar la espada en la tierra y gritar al termino de la batalla ¡Esta tierra es mía!

De cualquier manera, vigilada o no, cuando le plazca, se tumbará sin que la obliguen en el camastro del primer hotel barato que cualquier cabrón pueda pagar, aunque huela a caño o jabón barato.

Los minutos pasan y comienzo a perder el interés en el objetivo, bajo las armas y mi atención se fija en las luces del techo o en las personas que ahora bailan twist, pero la alta responsabilidad de velar por la seguridad de las tropas, previendo un ataque sorpresa, me devuelve a la realidad de la misión.

Roció aparece. Camina rápido, agitada, quizá por el regaño de su padre quien le ha dicho “ya es hora”, o por la súplica de mamá para que regrese temprano.

La orden ha sido comunicada, suena el clarín, me levanto con gran ímpetu—la moral de las tropas en todo lo alto—, atravieso la pista con la mira puesta en el objetivo y el vestido negro, centelleante por las piedrecillas de bisutería y las luces, me guía en la oscuridad relativa. Rocío da la vuelta a una mesa, yo lo hago por el otro lado, la sigo hasta su lugar, cierro la pinza y ahí, con voz de mando, la mirada clavada en sus ojos negros y mi mejor sonrisa, le digo:

—¿Bailamos?

Me mira unos segundos, sonríe tímidamente. El ataque sorpresa ha funcionado, Rocío está desubicada y en su cabeza da vueltas la llamada de sus padres, la imagen de su ex que ahora baila con una flaca pinchísima, mi sonrisa, mi voz, mi aspecto.

Cuando el humo de la artillería y las balas se disuelve lentamente, me contesta: —Déjame ir al baño.

Quisiera suponer que fue tal la impresión que acabo de causarle a Rocío, que casi se orina por el impacto del ataque relámpago, un blietzkrig protegido por la oscuridad del salón y la música, pero no, no creo que las cosas sean así. Se me hace que fue un pinche pretexto. La canción que suena, Procura, de Chichi Peralta está a punto de terminar. Qué injusta es la vida, por eso no soy estratega, ni mariscal, ni vigía. Errores de cálculo como el que acabo de cometer han causado tragedias y arrasado ejércitos enteros, inspirando plumas avergonzadas que escriben discursos donde se asumen las responsabilidades del fracaso.

Rocío por fin sale del baño, tomo su mano fría, húmeda, qué bueno que se lavó las manos. Empezamos a movernos. Ella es ajena al baile y a la música. Su mente y sus ojos están en otro lado. Creo que busca al pendejo de su ex, para ver si le da permiso de mirarme. Rocío siente el peso de mis ojos que no se le quitan de encima, voltea temerosa y me encuentra.

Procura seducirme muy…despacio…

—¿Tú eres Rocío, verdad?

Y no reparo de todo lo que en el acto te haré…

—Sí, ¿por qué? —me responde, como burlándose.

Muevo la cabeza negando, restándole importancia. ¿No cree que sea absurdo bailar con un sujeto y no saber siquiera su nombre?

Procura coquetearme más…y no reparo de lo que te haré…

—Por si el dato es relevante, me llamo Ricardo —le digo, riéndome en su cara.

Chichi Peralta termina de cantar. Las demás parejas buscan sus asientos y sus bebidas, mientras yo le grito al diyei que ponga la canción de las luchas, la del Santo y el Cavernario. Jamás he sabido cómo se llama ni quién la canta. Pero Rocío interrumpe mi solicitud diciéndome que se va a sentar.

—¿Por qué? —le pregunto.

—Porque sí, ya me cansé.

Cuando un conflicto bélico se da por perdido, el uso de armas químicas, biológicas o nucleares está permitido, aunque sea una medida desesperada, condenable e injustificada, sobre la cual se escribirán centenares de páginas durante muchos años.

—Okay. Qué linda, eh. Nunca cambies. Vales mil. Multiplícate por cien. Te-ku-eme.

—Pinche Ricardo, cómo eres wey, eso no se dice….

—Sí, cabrón, tú lo dices aquí sentadito pero ya te quiero ver allá en el frente, con
ella.

Se escucha la trompeta de retirada. Los pocos hombres que aún quedan, corren en desbandada, huyendo hacia todas partes. La aviación enemiga se acerca. Estamos perdidos.

Y a beber, pues ya el imperio está perdido: Rocío se besa con el pendejete ese, la mitad de la flota se hunde en el canal, las olas arrojan sobre la playa los cadáveres de centenares de soldados y varios kilos de peces muertos, ahogados por la sangre en el agua.

El vaso se llena milagrosamente una y otra vez, y cuando menos me lo espero, a ritmo de Fue en un cabaret donde te encontré bailando, entre nebulosas y aros de hielo seco, una flaca pinchísima, que creo haber visto alguna vez, me besa como si el mundo se fuera a terminar.



lunes, noviembre 27, 2006

Un video para las almas tristes

Aprovechando las facilidades de YouTube, recientemente descubiertas por este aporreador de teclas, va un video para que nadie se sienta triste por el año que se va (o por la próxima investidura del señalado por muchos como espurio). Desde España para México, este blog presenta a:

"Los Fresones Rebeldes", con Al amanecer

No es que me emocione otro amanecer
es que es el primero en que me vienes a ver
es que yo ya no quiero verlo sola otra vez
es que sola no tiene gracia ni placer
1, 2, 3 y...

Cuando tus ojos se fijan en mí
vivo mil aventuras sin salir de aquí
y te miro y no puedo parar de reír
porque se que tú ves lo mismo que yo vi
pídeme lo que quieras y diré que sí
pide una tontería pero nunca...
no me faltes nunca
yo tengo derecho a ser feliz

No te vayas lejos
lejos es muy lejos para mí

¿Dónde vas? ¿volverás? dime que me llevarás
quiéreme, bésame, déjame tu huella al amanecer
Y es que si estás cerca me siento mejor
desde que te conozco soy mucho mejor
sé que puedo amarte todavía aun mejor
y quiero que me ayudes en la investigación...
Si me caigo al suelo ya no siento el dolor
si te beso y bebo no distingo el sabor.
No me faltes nunca,
Yo tengo derecho a ser feliz
no te vayas lejoslejos es muy lejos para mí
¿Dónde vas? volveras? dime que me llevarás
Quiéreme, bésame, déjame tu huella al amanecer
Cuando tus ojos se fijan en mí
vivo mil aventuras sin salir de aquí
es que yo ya no puedo parar de reír
porque sé que tu ves lo mismo que yo vi
pídeme lo que quieras y diré que sí
pide una tontería pero nunca...
no me faltes nunca yo tengo derecho a ser feliz

No te vayas lejos
lejos es muy lejos para mí
¿Dónde vas? ¿volverás?, dime que me llevarás
quiéreme, bésame, déjame tu huella al amanecer

viernes, noviembre 24, 2006

Arquitectura para la moda: los nuevos centros de las ciudades (Segunda parte y última)


Algunos ejemplos recientes.

La creación de estos nuevas vitrinas o exhibidores urbanos, se basa en la idea de construir un anuncio tridimensional que impacte de manera más contundente que un flyer o un espectacular, porque a diferencia de estos, un edificio permanecerá en su sitio, si algún fenómeno natural no opina lo contrario, al menos un siglo, lo que equivale a unas tres generaciones.

Que tantas personas lleguen a ver un edificio-exhibidor urbano es una ventaja estratégica para cualquier campaña publicitaria. Aquí no vale ni importa ningún slogan: el edificio se vuelve la divisa de la marca, la frase distintiva. El edificio trasciende su uso y función, es y no es a la vez, puede adaptarse libremente según las necesidades del mercado pero no las del cliente potencial. Al contrario de la búsqueda propia de la arquitectura, aquí el usuario debe y puede ser manejado según los objetivos de la marca, debe actuar según el montaje escénico preparado para la época (ya sea para presentarle las colecciones de primavera o de invierno), al mismo tiempo en que su “experiencia” dentro de la tienda no es otra cosa que un bombardeo constante, similar al que es sometido Alex en A clockwok orange de Anthony Burgess, a través de monitores, espejos, vestidores, que se valen de la arquitectura para vender.

El polémico Robert Venturi dice: “Diseñar desde el exterior, lo mismo que desde el interior, crea necesariamente tensiones que ayudan a hacer arquitectura. Ya que el interior es diferente, la pared —el punto de cambio— se convierte en un suceso arquitectónico. La arquitectura nace con el encuentro de las fuerzas interiores exteriores de uso y espacio…La arquitectura como la pared entre el interior y el exterior se convierte en el registro espacial de esta resolución, y en su drama”[4].

Independientemente de las posturas de Venturi, la frase anterior es reveladora: señala una diferencia entre el interior y el exterior de los edificios, distinción que las marcas han enterrado porque para ellas cualquier espacio, por más grande o mínimo que sea, debe considerarse un espacio comercial en potencia.

Con los exhibidores urbanos pueden ocurrir dos cosas:
a) No existe diferencia alguna entre el adentro y el afuera, porque la función de la vitrina ha sido “espejeada”: funciona de la misma forma hacia adentro que hacia afuera. Su arquitectura tiene un objetivo central: debe verse desde todas las direcciones y posiciones posibles. El exhibidor urbano, además, es un vehículo para que las personas transiten de una realidad a un ideal determinado.

b) Si existe una diferencia entre el adentro y el afuera, dicha diferenciación es sociológica: divide a quienes están adentro (porque pueden estarlo, o sea, pueden comprar) de quienes están afuera y no pueden acceder al edificio por una imposibilidad económica.

Cualquiera de las opciones anteriores nos dirige a un camino posible: el impacto de las marcas en la arquitectura está transformando la percepción que tenemos hoy del espacio y del urbanismo. El valor de un espacio polifuncional, adaptable a cualquier necesidad del usuario, hoy se convierte en una mera necesidad comercial, que depende de los ánimos de los diseñadores de moda y de la temporada.

Prada Aoyama Epicenter
Localización: Minami-Aoyama, Tokyo, Japan
Proyecto: 2000-2001
Realización: 2001-2003
Autor(es): Herzog & De Meuron

En 1999, la marca italiana Prada decidió transformar el concepto “salir de compras” en una nueva experiencia. Según Prada, dicha experiencia consiste en fusionar dentro de un edificio la “compra al menudeo con la cultura”. La cultura no puede adquirirse automáticamente vía fast track, sino que necesita de otros mecanismos de su mismo nivel como convocar a grandes firmas de arquitectos. El diseño de Herzog & De Meuron es tan sofisticado y vanguardista como cualquier prenda diseñada por Prada. El edificio, un prisma rectangular cortado en diagonal a la manera de una losa inclinada, consta de siete niveles totalmente transparentes, pues, de acuerdo con su uso y función de exhibidor urbano, absolutamente todos los vestidos y accesorios deben quedar a la vista de los peatones que caminan en el exterior.

Sin embargo, Herzog & De Meuron no se conformaron con usar cualquier clase de vidrio sino que decidieron emplear piezas romboides convexas, cóncavas y planas, que dan al espectador diferentes impresiones de lo que observan a través de ellos, ya sea desde afuera o desde adentro. Queda claro que la idea es agrandar al máximo los productos Prada y achicar a los peatones o posibles compradores que transitan por la calle. En cierta manera, el ánimo de conocer la tienda tiene que ver más con el hecho de volverse grande dentro de ella gracias a la ilusión óptica de las lentes romboides, para mirar desde otra perspectiva tanto al resto de las personas como la ciudad de Tokio misma. Sea como sea, para Prada cada visitante es la confirmación de la regla: “Crear un destino”.

Es importante señalar que el edifico es un verdadero hijo de la globalización: Para este edificio japonés el vidrio de las fachadas lo produjo Saint Gobain, empresa francesa; se le dio la forma en España; el acabado en Austria y luego se montó en la fachada según un sistema patentado por una firma alemana.

Herzog & De Meuron participaron prácticamente en todos los detalles del edifico, desde la estructura hasta el mobiliario, realizado en materiales novedosos como resinas para las mesas (algunas incluyen fibra óptica que puede ser iluminada en varios tonos), silicona, cuero, madera, resina, acero, vidrio, musgo y piel de pony.

El aspecto visual es importante para el edificio: sobre sus fachadas a toda hora, son proyectadas imágenes con los accesorios y prendas de la marca, convirtiéndose por las noches en una falsa analogía de un antiguo faro, sólo que ahora, en vez de alertar a los barcos sobre la cercanía de la costa o la presencia de afiladas rocas, sus luces extravagantes hechizan, al igual que las sirenas, a todo aquel que se aproxima al edificio Prada Aoyama Epicenter.

Emporio-Armani Hong Kong
Localización: Hong Kong, China
Proyecto: 2001
Realización: 2001-2002
Autor(es): Massimiliano Fuksas

Si la posmodernidad aún no se ha marchado, el Emporio Armani Hong Kong de Massimiliano Fuksas es un claro ejemplo de sus ganas de seguir entre nosotros: “(el edificio) nace bajo la idea de que la cultura global es un territorio experimental de muchas identidades. Es el encuentro de diversas maneras de comprender el mundo” (la frase pertenece a la descripción que se hace del proyecto y puede encontrarse en la página oficial del arquitecto italiano[5]). Es decir, todos tienen la razón y a la vez no la tienen, cualquier opinión puede ser correcta e incorrecta al mismo tiempo. Ante tal demostración de complacencia, Fuksas crea un exhibidor urbano bajo las premisas de los presidentes corporativos de las marcas. Como si hubiera escuchado las palabras de Michael Wolf, presidente de Nike (“las luces, la música, el mobiliario y el elenco de empleados crean una sensación no diferente a una comedia cuyo protagonista es el comprador”), Fuksas dice respecto de la tienda de Emporio-Armani: “Cuando los elementos principales sobre el escenario como el piso, el techo, la estructura y los muros visibles desaparecen, el visitante se convierte en el verdadero actor. Vivimos una era donde todos pueden vivir sus quince minutos de fama. El Emporio Armani Hong Kong es el lugar donde cualquiera será protagonista de un espacio diseñado para él, y los objetos que encontrará estarán inmersos en una luz mágica”[6].
No cabe duda que Fuksas hace realidad los sueños de sus clientes sin escatimar ningún detalle lo que demuestra su oficio y formación. Ha asimilado convenientemente la idea básica que mantiene el negocio: que la gente se olvide de todo y se prepare para la experiencia Prada.

Según Fuksas, su edificio “rechaza cualquier formalismo arquitectónico tradicional: pone mayor atención al espacio vacío que a la forma”. Si esto fuera cierto, es poco creíble que el Emporio Armani Hong Kong se comporte, en planta y en alzado, como cualquier edificio contemporáneo del mundo, construido con mucho concreto armado y mucho vidrio. De ninguna manera impacta su entorno urbano, más que por la predilección de efectos luminosos y cambiantes que a diario se transforman, de la misma forma en que la ciudad de Hong Kong se mueve.

En este ejemplo también la circulación se maximiza y se estudia con la misma intensidad como si se tratara de erradicar la pobreza en el mundo. De ahí surge el concepto rector de la tienda y su leit motiv: una gran “cinta roja” que describe, casi de forma enfermiza, la manera en que la gente vive el espacio comercial de la tienda. Dice Fuksas: “La verdadera inspiración no es la decoración sino el flujo dentro de la tienda. Las únicas referencias posibles son los caminos invisibles de la gente moviéndose a través del espacio”[7].

En cierta manera, esa gran cinta roja puede plantearse como un hoyo negro por el que se atraviesa de un estado físico y material, hacia un mundo sin espacios ni divisiones, el mundo ideal del consumismo, un viaje de cincuenta minutos o más del que se regresa con un cambio sustantivo a nivel personal: con menos dinero y muchas ganas de devorar al mundo. La cinta roja une otros espacios del programa del edificio: la tienda Emporio, el café, la librería, la florería y la tienda de cosméticos.

El de Fuksas, ejemplifica muy bien la tendencia que pretende desaparecer la arquitectura misma, en convertirla en un mero vehículo o pretexto para el consumismo desmedido y enajenante.


Prada Flagship store
Localización: Nueva Cork, USA
Proyecto: 2000
Realización: 2000-2001
Autor(es): Rem Koolhaas

Rem Koolhaas diseña casas o grandes edificios, elabora teorías urbanas y se da tiempo hasta para crear conceptos nuevos para marcas como Prada. De esta manera afirma su condición de arquitecto posmoderno y establece una simbiosis entre una marca (Prada) y la que él mismo ha credo (OMA). Además de construir tres grandes tiendas en Estados Unidos para la firma italiana, el holandés concibe el sitio de internet de la tienda que unifica al resto en todo el mundo y teoriza sobre los nuevos tipos de tiendas, enfatizando la idea de “nueva experiencia”.

La función comercial, dice Koolhaas, “está recubierta por una serie de tipologías espaciales y experimentales” que asemejan la tienda más a un museo. Aunque Koolhaas declare que no deseaba construir una tienda genérica, es decir, igual al resto, lo cierto es que las tiendas Prada que ha diseñado sirven para lo mismo, sólo que incorpora más actividades que configuran la nueva experiencia que más parece un deseo maniático por ocupar el enorme terreno que le fue asignado. Todas las tiendas Prada cuentan con: Clínica, un medio o hábitat con servicio y atención personalizada; Archivo, un inventario de las colecciones del presenta y del pasado; Piso comercial, sitio para conocer la nueva tecnología, sus aplicaciones y comercio a través de internet; Biblioteca, donde pueden encontrarse archivos sobre la evolución de la moda; y La Calle, lugar para múltiples actividades pero sobre todo, dice Koolhass para “liberar las presiones que produce el acto de comprar”.

Como acto de buena voluntad, Koolhaas dice que su nuevo concepto es una manera de liberar el espacio público, invadido recientemente por la indiscriminada actividad comercial y la invasión de las marcas. De esta manera, continúa, es posible que el espacio público reclame los sitios que le fueron arrebatados. Sin embargo, Koolhaas crea sitios que, en su carácter de nuevos museos, aglutinan demasiadas actividades y se vuelven destinos irrenunciables para turistas o compradores, provocando el abandono del espacio público y favoreciendo la separación entre los de adentro, aquellos que pueden pagar, y el resto de la gente.

La tienda ubicada en el barrio de Soho, le costó a Prada 40 millones de dólares, a pesar de que la compañía posee una deuda cercana a los 780 millones. Superior a los 2,000 metros cuadrados de superficie, esta súper-tienda ocupa el espacio antiguo de una tienda Guggenheim y se desarrolla tanto en la planta de acceso (ubicada al nivel de la calle) como en el sótano. El arriba y el abajo se conectan a través de una descomunal escalera de madera de “cebra”. Dicha escalera sirve para probarse zapatos o accesorios y se convierte en un foro para lecturas, ver películas o presenciar algún performance. Además, la escalera configura una transición interesante: los asistentes a la tienda, al momento de descender por ella y situarse de manera casi accidental en la parte que corresponde al escenario, transita de espectador a protagonista de su propia obra. Este movimiento suave como una ola del mar, ejemplifica la experiencia Prada, el camino hacia el estrellato, los quince minutos de fama que “todos perseguimos”.

Por si fuera poco, un sistema de rieles mecánicos transporta por todos los rincones de la tienda cajas metálicas con mercancía adentro: el cielo de Prada New York literalmente hace flotar decenas de nubes con sueños adentro. Para cumplirlos sólo hace falta mirar hacia arriba, aguzar la vista y extraer la cartera: cualquier empleado puede llevarnos las nubes hasta nuestras manos.

Ningún rincón de la tienda queda desaprovechado: el gran elevador de cristal es además un stand donde pueden adquirirse bolsas o accesorios. Es irónico que para una tienda de dos niveles se instale un elevador cuyo uso no es necesario más que para fomentar en el usuario la percepción de que todo está a la venta.
Prada Epicenter by Rem Koolhaas, es un souvenir arquitectónico, un diseño supeditado al capricho de las marcas.

A manera de conclusiones

Los exhibidores urbanos, como hemos visto en los ejemplos anteriores, poseen características similares a pesar de las diferencias formales y estilísticas de los arquitectos que los diseñaron. Por un lado, no desaprovechan ninguna de las circulaciones y llevan a cabo un estudio profundo para determinar cuál es el comportamiento “tipo” o “genérico” de los posibles compradores. Fuksas lleva hasta el límite dichos estudios y genera en la tienda Emporio-Armani Hong Kong, una gran cinta roja de fiberglass, que como un trazo a mano alzada, reproduce el tránsito de un anaquel a una mesa o de los racks hacia los vestidores.

Aun y cuando las tiendas de Herzog & De Meuron y Koolhaas, no poseen una gran cinta roja que une los diferentes espacios, el mobiliario está colocado de tal manera que aunque no este ahí la gran cinta roja de Fuksas, el resultado es el mismo: conducir a través de la tienda al espectador.
En los ejemplos anteriores, los mismos arquitectos han reconocido que su trabajo consistió en desarrollar un espacio inexistente, libre de obstáculos y que quedara oculto detrás de las colecciones de ropa así como de los mecanismos electrónicos que bombardean al espectador, como pantallas, proyectores, luces de colores y computadoras. El uso de la más avanzada tecnología es otro factor decisivo en el diseño de estas tiendas, puesto que las marcas aprovechan todos los medios posibles para recrearse una y otra vez, apareciendo en un desfile interminable de imágenes nítidas que seducen a quienes las observan.

También en los proyectos anteriores hay un ánimo de configurar un espacio teatral. La escena perfecta se inventa a través de una transición espacial que consiste en llevar al posible comprador de un estado material o físico hacia uno etéreo o ideal. La preocupación es la de transformar a este comprador en un actor que vive su propia comedia (o tragedia si el dinero no le es suficiente), situándolo, como en el caso de Prada de Rem Koolhaas, en el centro de un escenario que no existe y hacerle creer que de cierta forma está recibiendo una ovación desde la gran escalera auditorio, aunque él no escuche ningún aplauso. En el reino de la simulación o en la tierra de las aproximaciones lejanas, vender quince minutos de fama equivale a asegurarse un siglo de permanencia en el gusto del público.

A nivel urbano, dichas tiendas están trasformando el espacio público al asumir las mismas funciones de las plazas tradicionales. Como un consuelo, independientemente de los objetivos de dichas construcciones, es bueno que arquitectos importantes se hagan cargo de estos trabajaos pues, al menos, no levantaran gigantescas bodegas ni grotescos galerones forrados de tablaroca simulando que son otros materiales como ocurre con cientos de centros comerciales alrededor del mundo.

En el caso de una ciudad como Celebration, la idea de construir la ciudad ideal ha sido no de los grandes anhelos de la humanidad. Desde Tomás Moro hasta Le Corbusier los intentos han sido infructuosos pues, considerar que las actividades humanas pueden conducirse como los cauces de un río a través de una presa, es ignorar que la conducta humana no puede circunscribirse a comer, dormir y trabajar. Es un trabajo complejo e interminable que atañe más al sociólogo que al arquitecto y cuyas respuestas difícilmente puedan graficarse para crear un estándar o un tipo. Celebration es, en conclusión, una ilusión similar al cuento de la Cenicienta o Blancanieves, cuyo final es predecible y que, en un tiempo no muy lejano, por más esfuerzos que Disney haga para seguir controlando a la ciudad y a la gente, claudicará en sus intentos por conformar la comunidad perfecta.

Los exhibidores urbanos, son, en conclusión, el nuevo símbolo de las ciudades, los ejes que marcan los latidos de una sociedad y su sentir. Es responsabilidad de los arquitectos no renunciar a su oficio por la búsqueda del espacio perfecto que genere mayores ventas ni actuar bajo la premisa de que el arquitecto, a través del espacio, puede provocar cierta conducta fomentar el consumismo de una sociedad que no ha terminado de resolver las terribles desigualdades que aquejan al mundo.
La lucha por el espacio público se libra todos los días en todas las ciudades. La cuestión está en quién ganará el enfrentamiento: ¿la sociedad o las marcas?

[4] Tomado de: Arnheim, Rudolph. La forma visual de la arquitectura. 1978, Gustavo Gili. Página 87.
[5] http://www.fuksas.it/html/entrada.html
[6] Ibíd.
[7] Ibíd.
Fotografía: Prada Tokyo (2003). Herzog & De Meuron

jueves, noviembre 23, 2006

Arquitectura para la moda: los nuevos centros de las ciudades (primera parte)


¿Quién necesita anuncios en calles y en revistas cuando
las tiendas son anuncios tridimensionales del enfoque
ético y ecológico de los cosméticos?
No Logo. Naomi Klein

Todo tiene marca. Verdad indiscutible y demostrable. Basta abrir los ojos y recorrer cualquier pared, transporte o edificio de esta “aldea global” para encontrar que hasta la nomenclatura de las calles está patrocinada por alguna empresa trasnacional. Lo que en el siglo XIX surgió como una forma de dar a conocer al público los productos fabricados o los objetos de reciente aparición (como el fonógrafo o la bombilla eléctrica), es decir, la publicidad, hoy en día es una carrera desbocada y ambiciosa donde las nuevas empresas ya no producen objetos para el consumo, sino que fabrican imágenes, modelos y actitudes.

Pongamos por caso a Tommy Hilfiger. ¿Dónde está la fábrica de ropa de este polémico diseñador? En ninguna parte del mundo, porque Hilfiger no produce absolutamente nada. Su trabajo consiste en pegar una etiqueta parecida a una bandera, en tonos azul marino, blanco y rojo, y mediante esa sencilla operación de alta costura consigue que dicha prenda, ya sea un pantalón o una camisa, valga una buena cantidad de dólares, los suficientes para adquirir no un guardarropa sino un “estilo que verdaderamente se ajusta a nuestro modo de vida” como reza la página web de Tommy Hilfiger. Además, mediante este sistema de subcontratación, Tommy se evita la molestia de lidiar con trabajadores o sindicatos, ni necesita contadores que calculen cuánto deberá desembolsar por el concepto de pensiones.

Empresas como Nike, The Gap o Disney tampoco producen nada, pero sus nombres son sinónimo de altas ventas, productividad y cuantiosas inversiones. Están en todo el planeta y su visión del mundo va más allá de vender tenis o playeras, o de entretener a los niños: el anhelo de Nike, por ejemplo, es convertirse en un tiempo no muy lejano en la palabra que encarne el significado de lo que hoy definimos como deporte. Y las marcas lo están logrando porque ya no compramos tenis sino Converse o Nike, ni hamburguesas sino McDonalds.

De la misma forma en que las marcas sustituyen a las palabras, en el ámbito urbano ocurre algo parecido: las antiguas plazas o alamedas de las ciudades han quedado abandonadas, a merced de la especulación inmobiliaria, debido al creciente número de malls o centros comerciales que se han erigido como sustitutos y receptores de las actividades humanas en el espacio público. El centro comercial es ahora el punto de reunión o encuentro, el hito urbano que sirve como referencia en cualquier ciudad que se respete. Sin embargo, las mismas marcas han encontrado lo inconveniente de permanecer estáticas dentro de estos nuevos palacios o castillos, bien delimitados por la superficie que abarcan y las murallas que los contienen, ya que si por alguna razón la gente (entendida aquí como una nueva “corte” que actúa según algunas reglas muy claras y precisas de comportamiento dentro del mall) no entra al centro comercial, no hay interacción con la marca ni se produce esa extraña química de amor a primera vista a través de las vitrinas iluminadas. Pero existe otra cosa peor todavía: las marcas “conviven” bajo el mismo techo, cara a cara contra sus férreos competidores. Una tras otra, divididas tan sólo por un muro o una mampara, se soportan mutuamente al tiempo que dependerán de la suerte para que el cliente perfecto se fije en cualquiera de sus productos.

Sin embargo, este problema espacial y de convivencia forzada ya fue solucionado: las marcas han creado sus propias tiendas, abriéndose paso a través de los gruesos muros de los malls y apoderándose de terrenos completos que han convertido en exhibidores gigantescos, monumentos del consumismo desmedido. Es importante hacer una corrección: no se han apoderado sólo de terrenos, sino de manzanas enteras; incluso de territorios lo suficientemente grandes como para establecer ciudades debidamente calculadas y efectistas. Porque las marcas no se conforman con colocar un anuncio espectacular arriba de las casas o forrando edificios enteros (acciones que en la ciudad de México han generado una gran polémica y un debate sobre la situación del espacio público y sus límites, así como de las formas de apropiarse de un bien común, inasible), siempre están un paso adelante de cualquier legislación o freno social. Es interesante que durante la época del adelgazamiento de los gobiernos, años conocidos bajo el nombre de neoliberalismo, las marcas tuvieran un gran auge. Su éxito se explica en gran medida porque al recortarse los presupuestos para las áreas culturales, entiéndase escuelas, museos o bibliotecas, dichas instituciones tuvieron que buscar financiamiento de alguna manera, ya que los nuevos programas de gobierno dependían menos del endeudamiento y del déficit fiscal, además de que la mayoría de los gobernantes o representantes sociales siempre han pensado que invertir en cultura es tirar el dinero a la basura.

Así fue como en un principio, de manera inocente y desinteresada, algunas marcas patrocinaron muchas actividades culturales porque de esta manera conseguían brillo o reconocimiento social. Era bueno para su imagen contribuir a la difusión de las artes y del conocimiento. Posteriormente patrocinarían torneos deportivos, ya fuera colocando sus logos en lugares muy visibles o en los podiums de premiación. Mientras recorrían este camino se dieron cuneta de algo importante: las marcas, por sí mismas, también podían y debían ser cultura. Así fue como siguieron patrocinando actividades culturales y deportivas pero el tamaño de sus logos fue creciendo hasta abarcarlo todo, convirtiéndose en el centro de la actividad que fomentaban. Organizaron, tiempo después, otros torneos deportivos ajenos a los primeros que patrocinaban, bautizándolos con sus propios nombres y estableciendo que quienes ganaban las medallas no eran los atletas sino las marcas.

A tal grado llegarían que en el caso de los museos, impondrían su imagen para convertirse en el objeto principal de la muestra o exposición. Además, los museos se han aproximado recientemente a los lugares de consumo para mantener sus colecciones y sus nóminas. Por ejemplo, un casino de las Vegas, The Venetian, inauguró un museo Ermitage-Guggenheim (cabe mencionar que los museos Guggenheim se han vuelto una marca comercial con presencia en ciudades importantes alrededor del mundo y su nombre, por sí sólo, es sinónimo de arte o cultura) diseñado por Rem Koolhaas. Se trata de una gran caja vertical y polifuncional para exposiciones temporales de la franquicia Guggenheim y una galería horizontal y convencional para piezas maestras procedentes del Ermitage de San Petersburgo. En definitiva, se trata de un montaje que, como si fuera una tienda comercial, puede desmontarse cuando se crea conveniente, reconvirtiendo los espacios antes dedicados a museo en salas para el hotel y el casino, en una ciudad, Las Vegas, cuya esencia consiste en demostrar que todo está a la venta.

No sólo Koolhaas diseña museos-franquicia, sino también tiendas Prada, al igual que Herzog & De Meuron, mientras que Massimiliano Fuksas es contratado para construir tiendas Emporio-Armani.

“Crear un destino” es la frase clave de los constructores de supertiendas o de los responsables del marketing de Nike, Hilfiger, Armani o Prada. Las tiendas son sólo el comienzo, la primera fase que va desde la “experiencia” de la compra hasta la “experiencia” íntegramente dirigida por la marca. Dice Michael Wolf, presidente de Nike, que en una supertienda “las luces, la música, el mobiliario y el elenco de empleados crean una sensación no diferente a una comedia cuyo protagonista es el comprador”[1].

Ya sea una comedia o una tragedia, la construcción de estas tiendas temáticas o exclusivas de una marca posee una característica primordial para su funcionamiento: potencializan las circulaciones a lo largo y ancho de la tienda. En gran medida, gracias al éxito obtenido por la franquicia Guggenheim, estas grandes vitrinas urbanas se aproximan al funcionamiento museográfico de una exposición pues muestran sus productos como si se trataran de piezas únicas e irrepetibles. La diferencia es importante: los habitantes de la “aldea global” pueden adquirir estos exclusivos productos, con tan sólo unos cuantos miles de dólares, y pueden utilizarlos, al contrario de las piezas de museo, reafirmando de esta forma su posición social: Dime cómo te vistes y sabré cuánto ganas.

Así, como las marcas se asumen ya como parte de la cultura, o bien, son cultura, deben contar con espacios destinados a la exhibición de dichos productos para estar al alcance de todos. Del diseño del gran mall cerrado y delimitado por sus muros ciegos, al exhibidor urbano o “nuevo museo” donde se resguardan los productos de la posmodernidad, aquellos que brindan estatus e indican exactamente quiénes somos, se vuelven sitios de peregrinación obligada, destinos naturales para el turista ávido de adquirir los mismos productos que puede encontrar en su país pero con una diferencia sustancial: la mayoría de dichas tiendas están siendo diseñadas por arquitectos de fama internacional. Porque de la misma forma en que los césares romanos, los zares rusos, los Medici y el propio Salomon R. Guggenheim contrataron a grandes arquitectos para diseñar espacios espectaculares y audaces para conservar sus colecciones de arte, las marcas necesitan de los servicios de arquitectos reconocidos para dotar a sus productos de un valor agregado, quizá invisible a simple vista, pero necesario para seguir elevando su nombre a la esfera que las relacione con la cultura.

Contar con un recinto diseñado ex profeso para los fines que persiguen, les permiten prescindir de los espacios impersonales del local de un mall, y configuran los nuevos espacios públicos donde la gente se reúne, pues, aunque no todos compren (ya sea por qué no pueden o no quieren), el objetivo se ha cumplido: impactar la ciudad y reunir bajo sus brazos la mayor cantidad de personas posibles, como sucedería con la inauguración de alguna muestra en un museo importante.

Un ejemplo revelador: en la apertura de la Seattle Public Library, otra obra de Rem Koolhaas, se agotaron las tarjetas para el préstamo a domicilio pues las autoridades de la biblioteca jamás hubieran pensado que más de tres mil personas asistirían para conocer las nuevas instalaciones. La mayoría de ellas sólo acudieron para recorrer el espacio diseñado por el holandés pero, ya entrados en gastos, aprovecharon para llevarse como recuerdo dichas tarjetas. Estas noticias no sólo impactan el campo de la arquitectura ni pasan desapercibidas para las marcas: si es tal el impacto que suscita la inauguración de un edificio diseñado por un arquitecto de moda (lo mismo que pasa con el Guggenheim de Ghery en Bilbao) entonces llamen a los mejores arquitectos y manos a la obra aunque la inversión no siempre se recupere.

Al final, el dinero es lo de menos, lo importante es crear ciudad, volverse parte del entorno y la mente, como ocurre con los puestos de periódicos o las farmacias: la gente acude ahí porque necesita algo, aunque sea para soñar o afirmar el mundo al que pertenece.

Anteriormente señalé que las marcas han llegado al grado de crear ciudades nuevas basadas en esquemas donde curiosamente no existe ninguna marca visible, pues la marca se vuelve la vida misma. Celebration es una ciudad muy cerca de Orlando, Florida, fundada por el imperio Disney. Según la historia, uno de los sueños más recurrentes de Walt era el de construir una ciudad del futuro, muy avanzada de acuerdo a las ideas desarrolladas durante la década de los cincuenta, aunque muy semejante a la imagen de los Jetsons o Supersónicos. El creador de Mickey Mouse jamás vio concretado su sueño, y la mayoría de sus ideas fueron agrupadas en el Epcot Center de Disneylandia. Fue hasta 1996 que los emprendedores ejecutivos de Disney Company convirtieron en realidad el sueño del fundador bajo el nombre de Celebration, un paraíso donde, según reza un anuncio de la página web oficial: “Por la mañana, tomar café en el porche; en la tarde, un paseo por la calle comercial; noches familiares en el parque del vecindario. Bienvenido a casa”. Arquitectos como Robert Venturi, Phillip Glass y Cesar Pelli participaron en su diseño y construcción, principalmente en las obras del downtown de Celebration.

Para el área residencial existen cuatro tipos generales de viviendas, cuyo estilo es más próximo al siglo XIX (Retro podríamos decir) contraponiéndose a la idea original de Walt Disney: cottage, bungalow, townhome, y condominius. Es ilustrativo el hecho de que las townhome o casas unifamiliares se subdividen a su vez en cinco tipos de viviendas, cuyos nombres son más que sugerentes: Barnsley, Morris, Ruskind, Olmstead y Wright. Disneylandia, el reino de la fantasía, pone a disposición de sus clientes, aunque sólo sea de nombre, “copias” o “casas que no son pero aspiran a ser”, aproximaciones demasiado lejanas a las obras de arquitectos destacados como Frank Lloyd Wright.

El ambiente de Celebration es semejante al entorno de la película Truman Show, donde Jim Carrie, interpreta a un ingenuo hombre que ha vivido toda su vida en un ambiente cálido, humanamente utópico, donde delincuencia y contaminación son imágenes extrañas, y la vida sigue un guión estricto y cuyo incumplimiento conlleva a la expulsión de este paraíso de cartón y piedras. En Celebration todo parece calculado: los ancianos remando en el lago límpido, una niña pasea en su bicicleta a través de las calles tranquilas del suburbio, mientras que a cada paso, ya sea por las áreas de oficinas (diseñadas por Aldo Rossi) o comerciales, un empleado de Disney tiene anuncios y respuestas para todos: “Bienvenido a casa, estás en Celebration”.

Lo más sorprendente y llamativo de Celebration, si la comparamos con el resto de las ciudades norteamericanas, es la gran abundancia de espacios públicos con que cuenta: jardines, parques, plazas y edificios comunitarios. Sin embargo, hasta las calles están controladas por Disney, son espacios privados que fingen ser públicos. Así, Celebration es “un bunker de “autenticidad” recreado conscientemente por el fundador de la ilusión”[2].

En cuestiones educativas, Celebration ofrece un modelo educativo distinto al que se aplica en otras ciudades de Estados Unidos: en los niveles de estudios primarios, no sólo el maestro es responsable de educar a los niños sino que los padres participan activamente en su formación. De esta manera, padres y maestros comparten la difícil tarea de desarrollar la mente y aptitudes de los niños. En este punto hay que reconocer que Celebration inaugura un novedoso sistema educativo.

En México, podemos mencionar un interesante sistema de formación denominado Ciudad de los Niños, ubicado en el Centro Comercial Santa Fe, donde el objetivo principal es que los niños se desenvuelvan como si fueran mayores en un simulador de “la vida diaria”. Los niños pueden escoger entre 75 diferentes profesiones pero lo más importante es ir de compras, pagar ya sea en efectivo o con tarjeta de crédito, para que vayan acostumbrándose a reconocer, convivir y utilizar las marcas que patrocinan dicha “ciudad”, como Ponds, Gillette, Wal-Mart o Liverpool. Recientemente, la empresa Telcel de telefonía celular en México, ha puesto a la venta el llamado “Tu primer celular”, indispensable, sin duda, para niños menores de doce años.
Como las vacunas, las marcas aspiran a volverse parte inseparable de la médula de los huesos, células indispensables para el correcto funcionamiento del organismo, sobre todo de los potencialísimos compradores del mañana.

Los ejemplos anteriores dan cuenta de los niveles hasta donde las marcas son capaces de llegar y como sin importar las denuncias que cargan sobre sus coloridos logos, sobre todo en cuestiones de explotación laboral, incumplimiento de contratos y enajenación del género humano, continúan avanzando en pos de su ideal: convertir al mundo en una gigantesca marca o, al menos en una fabulosa aldea global de marcas.

Anteriormente, transcribí una declaración de Michael Wolf, presidente de Nike, que dijo en alguna ocasión respecto de las tiendas: “las luces, la música, el mobiliario y el elenco de empleados crean una sensación no diferente a una comedia cuyo protagonista es el comprador”.
Para recrear efectivamente esta comedia, es necesario un montaje estupendo, cuidado hasta en los más mínimos detalles. Esta responsabilidad de escenógrafo recae directamente sobre los arquitectos, quienes se encargarán de que toda la escena funcione según las indicaciones del guión escrito puntualmente por las marcas. Para tales fines, no pueden contratarse a figuras cualesquiera, sino a nombres reconocidos, destacados, aquellos quienes, obviamente, puedan equipararse a una marca. Si Nike contrató y promovió la imagen de Michael Jordan hasta convertirla en un icono o sinónimo de deporte (una marca, a final de cuentas denominada Air Jordan), las marcas fijaron sus miras en despachos importantes, cuyas construcciones estuvieran revolucionando el mundo de la arquitectura aunque fuera sólo en el papel, gracias a los medios como los libros y las revistas. Dichos despachos, además, podrían aspirar en un momento dado, a convertirse en marcas también, creándose una relación simbiótica muy interesante.

Si bien es cierto que la tendencia de contratar a arquitectos de reconocida trayectoria no es un fenómeno reciente, sí lo es el hecho de que las marcas pretenden impactar de manera contundente el espacio público a través de sus grandes tiendas. De los almacenes Carson, Pirie & Scout diseñados Louis Sullivan en Chicago en 1899, hasta la Big Donut Shop de Henry J. Goodwin (1954), la mayoría de los centros comerciales en muchas ciudades del mundo, casi nunca contaron con la intervención de arquitectos destacados; más bien siempre eran diseñados por personas que buscaban, antes que otra cosa, obtener el mayor beneficio económico posible, según la relación entre metros cuadrados construidos y el costo total de la obra, por lo que siempre eran elegidos aquellos arquitectos o ingenieros que hicieran más a bajo costo. Malentendieron la máxima de Mies van der Rohe: “Menos es más”.

La nueva tendencia de crear gigantescos exhibidores urbanos, que son al mismo tiempo hitos (referencias exteriores para un observador) así como verdaderos nodos urbanos, puesto que según la definición de Kevin Lynch se trata de “focos estratégicos a los que puede entrar el observador”[3] y donde confluyen en ellos sendas o concentraciones de determinadas características, puede llegar a transformar el urbanismo de los siguientes años, pues, podría darse el caso de que la calle se convierta en una arteria cuya única función sea la de transportar o conducir directamente a estos grandes nodos eminentemente comerciales.

El abandono de las plazas públicas se debe, quizá, a que el ritmo de vida en las grandes ciudades las ha convertido en grandes espacios que guardan recuerdos de épocas gloriosas, antiguas, pasadas de moda, como fotografías en tonos sepia, saturadas de romanticismo, incapaces de adaptarse a los nuevos estilos de vida. Sin embargo, grandes sectores de población, sobre todo en los países “emergentes” antes llamados en “vías de desarrollo”, continúan acudiendo a las plazas, parques o alamedas públicas (o cualquier otro espacio público en general), puesto que no les alcanza, la mayor de las veces, ni siquiera para beberse un refresco en un centro comercial. Otro factor que juega en contra de los espacios públicos es la delincuencia. Muchas personas que acuden a los centros comerciales, donde pueden comprar todos aquellos productos indispensables para vivir, afirman que se sienten más seguros dentro de las grandes murallas y alambradas que separan los malls del resto de la tierra, que en cualquier otro supermercado. La contaminación ambiental también participa en este peligroso círculo: más vale guarecerse en un espacio cerrado que ofrezca confort, seguridad y miles de metros cuadrados de tiendas.
¿Qué más se puede pedir?



[1] Klein, Naomi. No Logo. 1999, Paidós. Pagina 190.
[2] Klien, Naomi. No logo. 1999. Paidós. Pag. 193.
[3] Lynch, Kevin. La imagen de la ciudad. 1984, Gustavo Gili. Página 91.
(Fotografía: Prada, Los Angeles. Rem Koolhaas)

lunes, noviembre 20, 2006

Swiss Army


Swiss army

Aun y cuando no poseen un ejército regular, se dice que los suizos son valientes y osados. Su fama de invencibles data de la edad media, pues enfrentaban a los regimientos de caballería con grandes lanzas; derribaban de sus monturas a los jinetes de bruñidas armaduras y haciendo caso omiso de las reglas de combate que claramente indicaban que a un caído debía permitírsele ponerse en pie, los remataban como cucarachas boca arriba.

Quizá por ello, es la Guardia Suiza quien cuida las espaldas del Papa, y no pocas veces ha demostrado en el campo de batalla su fiereza y lealtad al santo padre. Durante el saqueo de Roma en mayo de 1527, ciento cincuenta suizos, provenientes de los cantones de Zurich, Uri, Unterwalden y Lucerna, enfrentaron a las tropas de Carlos V, conformadas por un millar de españoles y alemanes que después de arrasar Roma pretendían asesinar al papa Clemente VII. La superioridad numérica hizo retroceder a los suizos hasta las mismas puertas de la basílica de San Pedro. Contra todo pronóstico, tras un combate desigual y feroz, los suizos liquidaron a más de ochocientos enemigos. Los cuarenta y dos guardias que sobrevivieron formaron un círculo alrededor del Papa y huyeron por un callejón hasta el castillo de Sant Angelo, donde Clemente VII se refugió.

Ni siquiera Hitler invadió Suiza. Prefirió, en cambio, guardar el oro de los nazis en los inexpugnables bancos helvéticos.

Del diccionario de "Manualidades Prohibidas" (Tancredo&Somoza, 1898)

Felación: Dícese del acto réprobo de llevarse un falo a la boca y saborearlo.

lunes, octubre 09, 2006

Dínamo de Kiev.

Hay equipos que literalmente se juegan la vida en la cancha y aún ganando, pierden. El Dínamo de Kiev, célebre equipo de Ucrania, participó en uno de los partidos más dramáticos de la historia. Luego de la intempestiva invasión alemana a la Unión Soviética, en 1942 los jugadores del Dínamo se enfrentaron a una selección alemana que el mismo Hitler se encargó de formar. Los jugadores ucranianos habían sufrido hambre y penurias; habían visto como la Luftwaffe destruía sus hogares, y contemplaron, aterrados, como las tropas del ejército rojo mataban a quienes se negaban a combatir a los nazis.

Antes del silbatazo inicial los alemanes pusieron en claro las condiciones del partido: si acaso ganaban, morirían. A pesar de su terrible situación y del miedo, los jugadores del Dínamo, a sabiendas de que su destino no sería promisorio dentro de las barracas de algún campo de concentración en Polonia, hicieron lo que más les gustaba en la vida: jugaron futbol con la dignidad que distingue a los grandes equipos y derrotaron a los alemanes.

Esa misma tarde el equipo entero fue fusilado. Todos los jugadores llevaban puestas sus playeras del Dínamo.

lunes, octubre 02, 2006

CATÁLOGO DE MUJERES III

Sandra

Sandra era el tipo de mujer que, cuando les dices a tus amigos tus amigos “ella fue mi novia” no lo pueden creer. El salto cualitativo de Beatriz a Sandra fue abismal, como el de Bob Beamon en el 68. Pelo enchinado castaño claro, tez blanca, boca pequeña, suculenta. Senos perfectos, firmes y dignos, cuyos pezones resaltaban como bolitas de plastilina debajo de la playera del uniforme o de los bodies que usaba regularmente. Lo único que no me gustaba era su nariz (un poco chueca) y sus piernas: demasiado flacas, como popotitos. Pero comúnmente usaba pantalones de mezclilla así que ni se notaba la pobreza de sus piernitas. En cambio, la curva de su trasero, resplandecía por sí sola.

Conocerla fue un hecho casual. Algo que me causaba muchos conflictos, pues el azar se había encargado de definir muchas cosas en mi vida, menos aquellas que deseaba con fervor.
Caminaba todas las mañanas para llegar a la preparatoria, cruzaba Revolución, andaba una cuadra por Progreso, daba vuelta en Zetina y de ahí derecho hasta La Salle. Y todos los días me encontraba a Sandra, que hacía el recorrido en sentido opuesto al mío sobre Progreso, daba vuelta en Zetina hasta Franklin, atravesaba Revolución, luego seguía por Vicente Eguía y entraba al Hispano Inglés. Todos los días durante cuatro meses la misma escena: la niña vestida de uniforme azul, mochila al hombro, pelo húmedo, y su mirada contra la mía. La odiaba en serio porque me parecía una pinche mamona. Altiva, presumida, engreída, todo eso pensaba cuando me la encontraba de frente sobre la acera opuesta de Zetina.

Al paso de los días, el encuentro se hizo rutinario y ya no me interesaba.

Sergio, un compañero de la preparatoria me invitó a una fiesta que organizaba su hermana. Él vivía como a dos cuadras de mi casa y la noche de la fiesta llegué puntual, para ver si pescaba algo, porque no quería perder mi agilidad con la lengua, prácticamente entumecida después de dos meses sin acción. Como la hermana de Sergio era más grande, sus amigas también lo eran y ninguna estaba interesada en hacerle caso a unos pinches prepos. En un momento dado, sonó la campana (porque la casa de Sergio es como un rancho, con patio en medio, pozo, muchos animales y no tiene timbre) y cuando su hermana regresó a la casa con una nueva invitada me quedé sorprendido al ver a Rosita Fresita, que era como apodaba a Sandra. Me la presentaron, porque además de todo, la niña era popular: la mamá de Sergio se desvivía por atenderla.
A diferencia de otras fiestas, las mujeres eran mayoría así que no fue difícil platicar con ella tomando en cuenta que teníamos algo en común.

—Tú y yo nos conocemos, ¿verdad?
—Sí, todos los días nos encontramos en Progreso.
—Yo soy Santiago, mucho gusto
—Igualmente, yo soy Sandra.

Cuando vino a comer a mi casa, semanas después, mis papás quedaron encantados con ella. Qué simpática tu amiga, me decía mamá. Venía muy seguido a jugar póquer o lotería y casi siempre nos limpiaba el dinero de las apuestas. Nuestra amistad se fue consolidando y así empecé a conocer los problemas familiares que enfrentaba. Sus padres se habían separado hacía muchos años. Ahora, su papá trataba de reconstruir su vida. Ya tenía una hija con otra mujer y vivía en San Pedro de los Pinos. Ingeniero de profesión, las malas decisiones lo hicieron perder su fortuna. La mamá de Sandra había sido educada para ser una dama. De origen francés, estaba acostumbrada a contar con servidumbre, viajar cada vez que podía y gastar sin límites: una vida de reina. El padre de Sandra, ya arruinado, no quiso o no pudo sujetar a su mujer y hacerle ver que las cosas no podían ser como antes. Así comenzaron los pleitos hasta que el padre se fue.
Sandra era una buena alumna, y su preocupación era que al terminar la prepa no podía pagar una universidad privada. Todavía faltaba tiempo para eso pero cada día que pasaba la presión era insostenible. De ahí que Sandra prefiriera la compañía de mi familia para no estar en su casa discutiendo con su mamá.

En uno de los torneos de póquer en mi casa, salimos a comprar unos refrescos. Ese día andaba mal vestido, pues mi aspecto personal me había dejado de interesar desde que corté con Beatriz. Despeinado, sin importarme, Sandra me regañó: “¿Por qué no te peinas? Para qué si no tiene caso, a nadie le importa. No te creas, no te creas a alguien si le interesa. ¡Sopas! Como yo siempre he sido muy pendejo para entender indirectas, no le di mucha importancia al cometario sino hasta después, cuando la fui a llevar a su casa (su casa estaba en la calle de Murguía, por lo que caminábamos un tramo de Progreso, la misma calle donde vivía Beatriz pero cuadras más adelante). De regreso, trataba de entender lo que Sandra había dicho. ¿Era a ella a quién le importaba que me peinara y que me viera bien arreglado? Quizá lo dijo porque es mi amiga y le interesa que no ande como un vago. Una niña como ella no se fijaría en mi, conoce chavos más grandes, con coche, dinero…

Pero Sandra daría otro paso, porque cuando una mujer se decide por alguien, nada la detiene. A los pocos días, volvimos a vernos y me dio una carta. Fue necesario que el contenido de la misma lo analizara con un cuate de la preparatoria para saber qué quería decirme en realidad. La carta, que perdí por desgracia al dejarla dentro de un libro que vendí en un bazar, decía algo así como que ella quería estar conmigo como amiga o como lo que yo quisiera. La verdad no podía creerlo. Sandra era una mujer hermosa y se estaba fijando en mí. Esa tarde fui a verla. Ella iba de salida para arreglar en la Salle lo respectivo a la beca que estaba tramitando para estudiar Administración. Con ingenuidad, le dije que no entendía plenamente los comentarios de su carta. Ella repitió lo mismo: Santiago, si quieres ser mi amigo, eres mi amigo, si quieres otra cosa, sólo dímelo. Con tal claridad cualquiera entiende, hasta yo.

¿Quieres ser mi novia? Claro, pensé que nunca me lo ibas a decir.

El camino hacia la Salle ni siquiera lo noté. La vida no era tan ingrata después de todo. Ya Beatriz podría pudrirse en el fondo del infierno o del desagüe. Veía las cosas de otro modo, los colores eran más nítidos, la mano de Sandra estrechaba la mía con fuerza. Tenía que besarla. Ya no le pedí permiso, para qué, la detuve con cuidado y ella interpretó perfectamente la señal. Sentí su lengua pequeña enroscarse con la mía y pedía al cielo no volver a hacer aquel ruido de gato. Por fortuna no hice ninguna tarugada. Los senos de Sandra se estrujaban en mi pecho mientras que la erección se levantaba con rapidez.

Por desgracia, los problemas empezaron en ese momento.

Sandra visitaba subrepticiamente a su padre, y a veces cuidaba a su media hermana, que era igualita a ella. En un momento dado, la madre se enteró de las visitas y la corrió de la casa por ingrata. Para acabarla de chingar, los fines de semana ella trabajaba en funciones de teatro guiñol y su jefe inmediato se quería pasar de vivo con ella. Renunció por el acoso quedándose muy pronto sin dinero y sin casa.

El papá no tuvo problema en aceptarla en su casota de San Pedro de los Pinos, una construcción muy vieja y descuidada, llena de cuartos gigantescos. A Sandra le asignó un cuarto pequeñito, al que se llegaba subiendo una escalera estrecha.

Cuando conocí a su papá le caí muy bien, cosa rara en el según Sandra porque era muy celoso. Me preguntó que quería estudiar. Arquitectura, señor, le respondí. Como el era ingeniero civil hizo todo lo posible para convencerme de que lo mejor era estudiar ingeniería como él pues la arquitectura, además de que era para jotos, la administración de obras se convertía en el piedra clave del asunto, dejando el diseño de lado.

Esa tarde, el señor se fue con su mujer y su hija y nos dejó solos en la casa. Según Sandra, era algo inédito. Su padre nunca la hubiera dejado con nadie y mucho menos con un hombre. Pero como yo le di confianza y él ignoraba que andábamos, se marchó en paz. La malicia comenzaba a brotarme lentamente así que no perdí tiempo ni ella tampoco. Me pidió que le ayudara a arreglar su recámara. Subimos por la escalerita y, hasta más tarde caí en cuenta del detalle, la recámara estaba ordenada perfectamente.

Me senté en la cama y comenzamos platicar hasta que se me acercó y empezamos a besarnos. La lucha de nuestras lenguas era encarnizada, ninguna cedía terreno. De inmediato, la erección me hizo a acomodarme con disimulo el pantalón porque la punta del pene rozaba en la mezclilla. No sabía si irme sobre ella despacio para que fuera tendiéndose en la cama. En eso, ella comenzó a jadear despacito, sudaba profusamente, y a decir verdad, yo también sentía un calor espantoso. Sus pezones de plastilina se volvieron roca y al rozar sus enormes senos descubrí que su consistencia no tenía nada que ver con la gelatina. Estaban duros, lo cual me sorprendió bastante.

Yo no traía condones. Jamás había tenido uno en la mano ni me había puesto uno. Solo faltaba que le desabrochara el pantalón y avanzara inexorablemente hacia el objetivo cuando sonó el timbre. ¡Mi papá! Puta madre. ¡Ponte el suéter, vete a la sala, péinate! Tienes la boca hinchada. ¡Cállate y hazme caso!

Cuando cumplimos el primer mes, no tenía dinero (qué raro). Sólo pude llamarle por teléfono. Le propuse que por lo menos nos viéramos la cara pero ella tenía que salir con su papá. Iban a visitar la madre de su madrastra. “Bueno pero no tienes que ir” “Lo siento, me llevan a fuerzas”. Ni modo. Con esta iban tres veces que no salía conmigo por ir de visita con su papá. Me empecé a preocupar.

Cerca de mi casa, una oficina del Monte de Piedad me hizo pensar cómo obtener dinero para salir con mi novia. Revolví los casetes que ya no escuchaba mi papá y me los llevé. Se los vendí a los Coyotes a buen precio, el suficiente para celebrar en el Kentucky. Como quería darle la sorpresa, caí en su casa sin avisarle al día siguiente. Pasé primero al mercado Mixcoac y le compré unas flores.

“Mi amor, feliz aniversario”. Ella se emocionó y pasé a la estancia. “¿Y tú papá?” “Ahorita regresa”. “Vamos al Kentucky a comer”. “No puedo, vamos a salir”. Focos rojos. Problemas cerca. Dile lo que sientes, Santiago, la verdad ante todo.”Pero amor, hace mucho que no nos vemos”. “Santiago, no puedo hacer otra cosa” “Sandra, en serio, esta situación no creo aguantarla” Ella se pone roja, está enfadada. La hice enojar. “Pues no puedo hacer otra cosa, Santiago. Si no aceptas mi vida como está, lo siento”.

Ese día llovió y regresé caminando a casa. Completamente mojado, odié la lluvia por su tino. “En buen momento llueve. Mi novia está furiosa y ya valió madres”.

Los perdedores como yo no deben tener novia en tiempo de lluvias. El agua acaba con la relación más firme.

La llamé al día siguiente y como era muy orgullosa, seguía ofendida por lo que dije. “Pensé que estabas conmigo, pero sólo te interesa que salgamos” “No, amor las cosas no son así. Ponte en mí lugar” “Santiago, no tengo escuela, mi mamá no me habla, mi papá no tiene trabajo, no tengo tiempo para pensar en otras cosas”

Tómala, esto se acabó.

Días después, Sandra terminaba la preparatoria. Su futuro era negro. Yo terminé el segundo años de la prepa con buenas calificaciones. Para premiar el esfuerzo de Sandra y sus amigas, el Hispano organizó un viaje de graduación. Otro suplicio. Ella no podía asistir por falta de dinero. De buenas a primeras, quien sabe cómo le hizo, de algún lugar sacó dinero y se fue en avión con sus amigas. Las cosas seguían mal entre nosotros pero la relación se sostenía. Cuando nos despedimos por teléfono me dijo: En cuanto regrese te llamó. Será una semana y platicamos de lo nuestro. Estuve de acuerdo, la distancia nos sentaría bien para reflexionar sobre nuestros errores. Pasó la semana y su llamada nunca llegó. Como no quería insistir ni verme tan desesperado, esperé a que cumpliera con lo pactado. Una semana después de que supuestamente había regresado, su llamado no llegaba y la verdad, como me pareció que yo no había hecho nada malo, sino exigirle seriedad en nuestra relación, el orgullo me salió y no le hablé más.

Un mes después, sabiendo que ya nuestra relación se había terminado, me llamó para reclamarme. ¿Por qué no me llamaste tú? En eso no quedamos. Claro, en eso no quedamos. Ya pensaste que tal vez pudo pasarme algo. Sí, Sandra, pero no te pasó nada. No cumpliste tú promesa. Así de simple. Mira la verdad es que no puedo tener una relación estable en este momento tan difícil. Tengo que trabajar para pagar el financiamiento que me dieron en la Salle.
Colgó y ahí terminó todo, pero meses después, ya en el último año de la Prepa, me enteraría por Arturo —él la conocía porque estudió dos años en el Hispano— que durante el viaje de graduación a Zihuatanejo, Sandra se enredó con un cabrón que creo que yo conocía, por lo menos de vista.

Pinche vieja, me puso el cuerno y todavía llamó para reclamarme, que se vaya a la chingada.
Meses después, Sandra abandonó la universidad para siempre. La beca que la Salle le dio no era tal sino un financiamiento que la obligaba a pagar mucho dinero cuando ella terminara de estudiar. Las razones por las que no aceptó el apoyo, las ignoro. Lo último que supe fue que trabaja en Price Club y que poco a poco había ascendido en el escalafón gracias al apoyo de una jefa justa. Supongo que, a estas alturas del camino, debe estar casada y con hijos.

miércoles, septiembre 27, 2006

Para todos aquellos que han escrito al autor de estas líneas pidiendo que se publique una foto real para saber quién es el grosero que habla de enanos violadores y de mujeres con bigote y zapatos sucios, aquí se presenta la siguiente placa sin retoques ni fotomontajes. ¡Así soy, pues!

sábado, septiembre 23, 2006

Nuestra querida sección: Cuéntame un cuento.

Sólo salida

Existe una salida del metro Centro Médico que claramente dice Sólo salida. Si alguien se atreve a desobedecer la regla escrita en el anuncio luminoso, un enano, oculto entre las sombras de esta salida lóbrega y sucia por el desuso, castiga a todo aquel que por cansancio o valemadrismo decide bajar por ahí aun y cuando, como ya se mencionó, está prohibido. El enano, con un palo grande forrado de terciopelo rojo, semejante a un bat de béisbol, propina un golpe en los güevos al desordenado. Algunas víctimas caen al suelo donde se revuelcan de dolor, otras se recargan contra la pared al tiempo que sus manos, tardíamente, se juntan en las ingles para proteger las denominadas partes nobles. En cualquier caso, las víctimas, que inútilmente tratan de distinguir en la oscuridad al atacante, comprueban en carne propia que la leyenda del enano rompe-güevos es verazmente dolorosa.

Lo peor no es eso. Se dice que otro enano, con una verga gigantesca que le arrastra cuando camina, ronda a veces por ahí, buscando a otro desordenado. Con paciencia, aguarda a que su colega rompe-güevos haga su trabajo, y entonces, cuando la víctima yace en el piso o busca consuelo en algún rincón, el enano de la verga gigantesca le arranca los pantalones y con su carne maltratada, sangrante a veces por las costras que le provoca la fricción contra el suelo, lo viola sin piedad. Por eso dice el anuncio, bien claro: Sólo salida.


jueves, septiembre 21, 2006

No se pierda los relatos de: "CATÁLOGO DE MUJERES"

Eva
En el principio, la información. Hay que estar enterado de los problemas que agitan al país y a este mundo donde nos tocó vivir, formarse una opinión, por lo menos para tener plática en una fiesta y con suerte (con mucha suerte), impresionar a una chavita.

Después de levantarme —no sin muchos trabajos—, salgo del departamento a comprar La Tribuna. Las zapaterías levantan sus cortinas y tiro por viaje la dueña del puesto de periódicos discute con las empleadas de El gallo de León cuando inundan la zapatería y la acera con una marejada de agua y jabón que humedece las revistas y las hace invendibles.

Poco a poco la avenida va llenándose de coches y claxonazos como respuesta a la incapacidad vial de algunos conductores; a ambos lados de la calle, decenas de personas se dirigen al metro. Mientras la doña me da el cambio, leo la primera plana pero un chiflido me interrumpe. En un momento dado, mi pensamiento deduce, en un mecanismo que no puedo explicar, que el chiflido se parece al de ayer y también al de anteayer. ¡Basta de casualidades! Estoy harto de suponer que la vida es una cadena de coincidencias. Otra vez el silbido, semejante al que lanzan los hombres cuando una mujer de no malos bigotes se pasea por ahí. Vuelvo mi rostro hacia la zapatería de Armando, el libanés, El gallo de León. Una de las empleadas, en plena faena de limpieza, se ríe justo cuando la observo. A su lado, otra empleada vuelve su cabeza rápidamente hacia el suelo mientras exprime un trapeador. Las dos ríen, y algo murmuran entre sí. Sin dar importancia al detalle, regreso a casa para leer el periódico y seguir disfrutando de las vacaciones.

Al día siguiente, la rutina indica que al levantarme debo ir al baño, orinar con escándalo y espuma, echarme agua en la cara, eliminar la saliva seca de la boca si es que existen rastros, desalojar de los ojos, con los dedos índices, las legañas del sueño y utilizar el agua para aplacar el cabello. Las buenas conciencias dicen que lo primero que uno debe hacer al levantarse es cepillarse los dientes. Yo lo hago después de desayunar, de preferencia cuando estoy en la regadera.

Un chicle de hierbabuena me quita el sabor a centavo en la boca. Quiero saber si Marcos y sus huestes, han traspasado de nuevo el cerco del ejército, allá en Chiapas. En la calle, el barrendero junta los desperdicios del fin de semana mientras la barredora eléctrica humedece la calle al tiempo que sus escobas giratorias atrapan algunos papeles.

La señora del puesto, con sus bigotes de aguamielero, me ve a la distancia, antes de cruzar la calle de Maceo, y busca el diario que guarda dentro del puesto. “Si no se lo aparto, lo vendo, joven”, me dice mientras observo sus plastas de maquillaje que la hacen parecer artesanía del mercado de San Juan. El chiflido aparece casi de inmediato. No hay duda: proviene de la zapatería. Alguna de las dos empleadas silba cuando me ve. Es un piropo hacia mí.

La señora del puesto, divertida con lo que sucede, ríe y me pregunta: “¿Quieres que te presente a la Eva?”

“La Eva” repito yo, con sarcasmo. A mí que me importa la empleada de una zapatería, pienso. Camino rápido a casa antes que “la Eva” venga a conocerme.

Pero la emoción es inocultable. A una admiradora no se le hace el feo y como quiera que sea se siente bonito. ¿Será en serio o sólo la hace para molestarme? Pues a averiguarlo de una vez, la cochina duda me mata e interrumpe mis pensamientos. Pero primero un regaderazo, no voy a caminar por ahí con el pelo revuelto y la ropa que me puse ayer.

Ya de regreso a la zona de los chiflidos, camino despacio, con seguridad. Me puse mi camisa nueva. La bigotona debe estar dentro del puesto, ya que no la veo estorbando con su gran volumen el paso entre la zapatería y el tugurio donde se gana la vida. Paso por la entrada del Gallo y disimuladamente, por el rabillo del ojo, busco a la tal Eva. No se ve recargada en la vitrina esperando un posible comprador. Debe estar en la bodega guardando zapatos. Ni modo. Pero falta el regreso. Voy por un mazapán, a la tienda de Antonio, así hago tiempo y espero a que salga de la bodega. Ahora sí, al fondo, está “la Eva”. La miro unos segundos, se da cuenta que la observo, se lleva los dedos índice y medio a la boca y chifla como arriero, con fuerza, lastimando el tímpano de su compañera, que celebra la acción con una risotada. Bueno, de algo estoy seguro: me chifla a mí, pero está muy pinche fea.

Eva es delgada, de piel más pálida que blanca, pantorrillas delgadas, casi pegadas a los huesos (raquíticas diría yo). De sus encantos mejor no hablo. El color de sus ojos es extraño: a veces parece de color violeta y luego gris. No usa pupilentes, eso está claro. Pelo oscuro, hasta los hombros. No es mala onda, pero no puedo platicar de nada con ella. Terminó la secundaria con trabajos, según me platicó el otro día. He notado que sus zapatos piden un relevo con urgencia —y eso que trabaja en una zapatería— al igual que el resto de su ropa roída por todas partes. Pero que puede hacer: le pagan el mínimo.

Hace tres días me dio su número telefónico e insiste con que le hable por la noche. Estoy llevando muy lejos este jueguito. Yo tengo la culpa por llevarle mazapanes cada que pasó por ahí, como si no tuviera cosas qué hacer. Mis caminatas acostumbradas en busca de chavitas por las cercanías del barrio las he modificado: vaya a donde vaya, tengo que pasar por la zapatería. La Eva cree que ahora la cosa va en serio. ¿Para que la llamo si yo no quiero nada con ella? Pues ahora le hablas, cabrón, por andar dándole alas, me digo.

Por la noche a eso de las nueve, marco el número. ¿Dónde vives? En Puerta Grande. Puta madre, zona residencial. ¿Y qué haces? Toy viendo la novela. Qué padre. ¿Tienes hermanos? Sí, un hermano más grande. Es taxista. Estupendo. El cuñado perfecto. Sale, Eva, hasta mañana. Hasta mañana.
Así no se puede, de veras.

Los siguientes meses, me levantaba cada vez más tarde, por lo que mi mamá iba por el periódico. Dejé de ver a Eva como dos meses. Un día me levanté temprano y fui por La Tribuna. Cuando llegué al puesto, busqué a Eva trapeando la zapatería pero no estaba. Ni siquiera la otra que se reía con ella por los chiflidos. Dos empleadas que no conocía, trapeaban. ¿Oiga señora, y la Eva?, le preguntó a la bigotona. “Ya no trabaja aquí, joven, quesque se iba a poner a estudiar para no ser una zapatera”.

La Eva se fue y no me despedí de ella. Mejor. Las clases sociales no pueden mezclarse por más que se quiera.

Meses más tarde, como a las nueve de la noche, regresaba a mi casa y me la encontré. Iba abrazada de un tipo de aspecto temible. Me dio temor. Creí que, buscando venganza por haberle hecho de chivo los tamales, azuzaría al tipejo ese para que me golpeara. No pasó nada pero cuando sus ojos me miraron fijamente, creí que iba a valer madres.
Ilustración: Adán y Eva de Ángel Zárraga (1904).