lunes, enero 18, 2010

Güevos.

EN UNA FAMOSA fotografía de Héctor García (1925), observamos a un muchacho, parado en el filo de la acera, es decir sobre la banqueta, que al advertir la mirada del fotógrafo le pinta “güevos” a la cámara. Quizá sin desearlo, la fotografía de García inaugura una costumbre que hasta el día de hoy sigue presente y que puede observarse tanto en las miles de fotografías que se suben a medios como Facebook, o que aparecen en la sección de cultura de los periódicos (p.e. Gabriel García Márquez o el Subcomandante Marcos).
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Una seña popular que unifica clases sociales —recurso de los desprotegidos para paliar la desesperanza y gesto intrépido de figuras encumbradas de la cultura o la política (que se acepta como un chispazo de creatividad o malicia) —, consiste en que las falanges de las manos se doblen en ángulos de noventa grados, ocho en total (desde el dedo índice hasta el meñique), y que las yemas de los dedos índice y pulgar se toquen delimitando un espacio entre ambos. De esta forma la mano se convierte en güevos, y mediante un movimiento que va de abajo hacia arriba se pintan “cremas”, “caracolitos”, o, como ya se dijo antes, “güevos”.
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¿Por qué se “pintan güevos”? ¿A qué mecanismo obedece la transformación y el movimiento de la mano que lo mismo puede expresar desacuerdo, valemadrismo o valor? Si aceptamos que la mano transmuta en testículos, las dos glándulas masculinas que producen el semen, la señal significa que el valor está siempre dispuesto, que se muestra, que se comprueba. A una mirada retadora se responde con un “güevos, puto”, es decir, qué te traes, de qué se trata, cuando quieras. Cuando se manifiesta desacuerdo ante alguna propuesta que no nos convence decimos “güevos”; cuando somos testigos de algo que nos asombra también exclamamos ¡güevos! Si la palabra chingar admite varias acepciones, “güevos”, como seña, admite también diferentes usos, de acuerdo al énfasis del gesto o de la situación dada.
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En decenas de miles de álbumes fotográficos deben de existir pruebas que registran los procesos de las borracheras, que se toman como pretexto para congelar en el tiempo señas obscenas. Los mejores ejemplos de civilidad y educación en materia de arte fotográfico son aquellos donde un padre de familia anima a su hijo, preferentemente menor de tres años y con chupón en la boca, a pintarle güevos a la cámara, cultivando, desde ese instante, la costumbre de expresar su sentir mediante la mano transformada en testículos.
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El albur como artificio del lenguaje transforma la palabra en otra cosa, en algo oculto que sólo es visible a ojos de un grupo de iniciados que comprenden el código. Lo mismo ocurre con las señas o ademanes, aunque el mantener levantado el dedo medio, es decir, erecto, parece ser un gesto universal, no así los güevos, eminentemente mexicanos.
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Fotografía de Héctor García, tomada de Historia de la Ciudad de México, Fernando Benítez, Salvat.

miércoles, enero 13, 2010

El arte del cabeceo.

HACE YA ALGUNOS años, comentando los empleos que nos gustaría tener, el gran Federico Vite afirmaba que sería de su agrado trabajar en una revista como Óoorale para escribir la nota de primera plana. Y es que cuando uno lee una cabeza resaltada en negritas como “Lin May mascaba chicle con el pedorro”, se percibe el ambiente festivo que reina en una redacción libertina como la de ese “semanario” y dan ganas de echar a volar la imaginación para ganarse unos pesos.
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Sin lugar a dudas, el mítico semanario Alarma hizo escuela en el arte del cabeceo. El célebre Violóla, Matóla y Encostalóla ejercita la economía y el “minimalismo” del lenguaje, demostrando que un verbo bien conjugado es capaz de resumir una muerte violenta.
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La frivolidad del mundillo del espectáculo ofrece grandes posibilidades para ejercer el arte del cabeceo, gracias a los excesos en que incurre el medio. Las operaciones que agrandan senos y glúteos o que afilan quijadas o pómulos pueden compararse con un delicioso dulce al que hay que brindarle un envoltorio atractivo. A la muerte de la modela argentina Solange Magnano, por ejemplo, quien falleció debido a que le inyectaron en los glúteos una sustancia que se usa para fabricar cajas para discos compactos (razón por la cual Ale Guzmán estuvo al borde de la muerte), El Universal Gráfico sentenció, sin miramientos: “Pompas fúnebres”. La muerte de Michael Jackson también propició esfuerzos editoriales que impactaron las primeras planas: El Universal gráfico destacó las piernas y zapatos de charol del “Rey del pop”, seguido de dos palabras lapidarias: “Ya bailó”.
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Hace un año, quizá un 7 de enero, día en que debía regresar a mi trabajo después de las vacaciones decembrinas, fui testigo de uno de los grandes cabeceos que un periódico mexicano ha mostrado: de nueva cuenta El Universal gráfico destacó la muerte de un mariachi de Garibaldi, quien murió acribillado por causas que desconozco. La foto cubría prácticamente toda la portada; el mariachi yacía inerte sobre la banqueta, con una manta que cubría su rostro y el tronco. Sobresalían sus piernas, enfundadas en el traje típico, y rematadas por unos botines, creo, de color café. Debajo de la foto, dos palabras de color amarillo, de sólo tres letras cada una, resumían la vida, obra y muerte del asesinado, haciendo alusión a las notas musicales con que finalizan la gran mayoría de las canciones rancheras: “Tan Tan”.
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Valdrá la pena llevar a cabo un investigación que aborde el tema de las nombres de las tiendas, cantinas y pulquerías de México, chuscas y festivas la mayoría (“Paso redoblado”, “El gran infierno”, etc.), así como de las imágenes que se pintan en las cortinas metálicas para atraer a la clientela, pues guardan una estrecha relación con el cabeceo de los periódicos y las fotografías que los complementan. En ambos casos son referentes de la “alegría funesta” de nuestra sociedad.
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Imagen tomada de: http://www.manchate.org/blog/wp-content/uploads/2009/06/elgrafico.jpg

martes, enero 12, 2010

Happiness is a warm gun

EN ALGÚN DISCURSO que por desgracia no he podido localizar, José López Portillo, el presidente que defendería el peso como un perro, llevó a cabo un ejercicio de prestidigitación que devino en realidad palpable al lanzar una sentencia fatídica que en los últimos tiempos ha cobrado una relevancia inconmensurable: “Corremos el riesgo de convertirnos en un país de cínicos”. Ante la situación que vive actualmente esta patria pobre, que ante nuestros ojos cada día se desbarata más y más, la frase de Jolopo no deja de darme vueltas en la cabeza.
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Sabemos de la corrupción sistémica de la clase gobernante y de las rémoras y parásitos que a su sombra y cobijo han crecido hasta casi devorar el árbol. Sabemos de primera fuente sobre asaltos, secuestros, extorsiones. Ante nuestros ojos se comenten arbitrariedades, abusos. La transa es moneda de cambio aceptada como si de travelers checks se tratara. La pobreza ha aumentado. Igual el desempleo. Las crisis no se han ido. Los precios aumentan. Bajan las temperaturas. Nos vamos quedando sin agua. El panorama no podía ser más desolador. Cuando se da a conocer que según el sociólogo holandés Ruut Veenhoven y su World Database of Hapiness México es el séptimo país más feliz de la tierra, algo sacude mi interior. Costa Rica es el primer lugar, seguido de Dinamarca, Islandia, Suiza, Canadá, Noruega, Finlandia, Suecia, Panamá, Luxemburgo y Colombia. Del listado anterior confieso que no conozco ninguno de esos países, por lo que me abstendré de emitir juicios sobre ellos. En lo concerniente a México ¿en realidad somos felices? ¿Podemos pensar que en este país, a pesar de las duras condiciones de sobrevivencia en que vive un alto porcentaje de la población, las tropelías del narcotráfico y de la autoridad, el grueso de las personas se considera feliz? En las películas de Pepe el Toro, él y su palomilla son dichosos porque están juntos a pesar de que han sido despojados de todas sus pertenencias en la víspera de Navidad. El cliché cinematográfico fue y es válido en ese universo melodramático pero es inaceptable para la realidad nacional. La única explicación que encuentro es que ya desde hace varios años hemos hecho del cinismo la nueva religión oficial.
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Hay que tener cuidado con lo que se dice o escribe, pues en una de esas, las sentencias que se exclaman sin ton ni son, pueden configurar peligrosamente el rumbo de un hombre o de una nación. ¡Pinche país!
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Imagen tomada de: http://www.economia.com.mx/gif/jolopo5.jpg

miércoles, diciembre 02, 2009

Casos de la vida real.

Nieta de Mussolini aparece en video porno compartiendo el lecho con líder de ultraderecha italiana.
Lo verdaderamente relevante hubiera sido que la nieta de Il Duce se acostara con un líder ecologista o de izquierda. La campaña se suma a la presunta venta de partes de su abuelo a través del portal E-bay. ¡Cerdos comunistas!







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Cristian Castro percibió olor a mota durante concierto en Chile. “Mmm, está buena”, aseguró el intérprete de Azul. ¿Fumar mota en un concierto del hijo de la Vero? Además del desperdicio de la verde, qué clase de viaje astral podría concebirse escuchando frases como:

…y es que este amor es azul como el mar azul,

como de tu mirada nació mi ilusión,

azul como una lágrima cuando hay perdón,

tan puro y tan azul que embriagó el corazón.

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Amandititita discriminada por Edith Márquez durante la grabación de “100 mexicanos dijieron”.
Lo peor será si la intérprete de la Mataviejitas compone otra “canción” para desquitar su muina.
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Iztapalapa llegó a un límite, dice Marcelo Ebrard.
En una de esas vueltas que da la vida Juanito, otrora seguidor del presidente legítimo Andrés Manuel López Obrador, será señalado como “un peligro para Iztapalapa”, y trataran de “destituirlo” (una especie de desafuero) al más puro estilo foxista, alegando que carece de experiencia para gobernar, que está loco y que es un naco.





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Si quieres paz, prepárate para la guerra.
Barack Obama, presidente de Estados Unidos y premio Nobel de la paz 2009, anuncia el envío de 30 mil soldados más para la guerra en Afganistán, en respuesta a las fallas de seguridad que permmitieron que una pareja desabrida se colara en su cena privada del pasado 24 de noviembre.













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Imágenes tomadas de: http://www.elgrafico.mx/notas/643173.html, https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjYYriu062Y5K8G7XvD9-lpniK0urMNocw_I40Vs5pWQ0KElDjalPxXtw0XhIJj3pl9w5Kkt9PtZ-nwit0-zyekeN9rOO7foyRqpMa4dfYYHcg6ji4KxkkOtkgSlMpkSY7NqTorMw/s400/christian-castro.jpg, http://images.google.com.mx/imgres?imgurl=http://news.nswap.info/wp-content/uploads/2008/04/a-mussolini.jpg&imgrefurl=http://news.nswap.info/%3Fp%3D23353%26lang%3Des&usg=__KCz6StMzHvJeCfzXEB-8PWJF0K8=&h=414&w=274&sz=13&hl=es&start=1&um=1&tbnid=su2pcnxMprPAYM:&tbnh=125&tbnw=83&prev=/images%3Fq%3Dnieta%2Bde%2Bmussolini%26hl%3Des%26safe%3Dactive%26um%3D1, http://www.lupaciudadana.com.mx/SACSCMS/XStatic/lupa/images/espanol/marcelo-ebrard.jpg, http://www.bloggerscuba.com/wp-content/uploads/2009/01/barack_obama.jpg

domingo, noviembre 29, 2009

Delegación Iztapalapa.

El remake del Chiquihuitazo 2002 se ha estrenado en versión para teatro guiñol. El popular Juanito, aquel ser salido del anonimato durante un mitin donde López Obrador, jefe máximo de la Revolución (Democrática), le hizo jurar que, de ganar como delegado en Iztapalapa renunciaría a favor de Clara Brugada, tras salir vencedor de aquella contienda, juró como delgado ante la Asamblea —se arrancó la corbata, la arrojó al suelo y tildó de traidores al PRD y al PT (luego del tratamiento para ablandarlo que le propinó Marcelo Ebrard la víspera de su investidura)—, y pidió licencia por cincuenta y nueve días, dejando como “encargada de despacho” a Clara Brugada. A un día de cumplirse el final de la licencia, Juanito tomó a todos por sorpresa: se metió a la sede de la delegación bajo el cobijo de la oscuridad, selló puertas y ventanas y anunció que a partir de lunes despachará como delegado de Iztapalapa. Las cosas, obviamente, no serán tan sencillas. Clara Brugada ha llamado a Juanito “ladrón” y enfermo mental, cercó junto con sus seguidores la delegación, apoyada por miembros del SME así como por los escuadrones del Frente Popular Francisco Villa. De acuerdo a una nota de EL Universal, la Brugada demostró sus habilidades como amazona al montar un caballo afuera de la sede delegacional como parte de sus acciones de “resistencia civil”. Durante el recorrido, dice la nota, sus acompañantes gritaban “Clara Brugada, nuestra delegada” (no es chiste, véanlo aquí).
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Además de poder ja
ctarse de contarse como uno de los pocos seres políticos en haber chamaqueado a López Obrador, Juanito ha realizado otro milagro: unificó a las tribus perredistas que integran la mayoría en la Asamblea de Representantes del DF, el templo del ausentismo. Los asambleístas cerraron filas alrededor de Brugada y anunciaron que le van a quitar el puesto a Juanito, se ignora bajo qué argumentos. Juanito se envalentona y les responde que no les tiene miedo. A este respecto hay que decir que Juanito cometió un error estratégico, que cualquier burócrata de medio pelo no hubiera cometido: si el término de su licencia estaba próximo únicamente debió de enviar un oficio a Marcelo Ebrard para anunciarle de su incorporación como delegado en Iztapalapa. Así de sencillo, pues por su ingreso nocturno a la delegación podrían fincarle responsabilidades, bajo el argumento de que es un peligro para Iztapalapa o de que carece de experiencia para gobernar.
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El poder tiene sus encantos y abre hasta las puertas más inexpugnables. La mañana de este domingo Juanito entró a la casa de Marcelo Ebrard, ubicada en el número 175 de Avenida México, colonia Condesa. Se ignora si desayunó en compañía de Mariagna Pratts o si se echaron una copita mañanera, lo cierto es que más tarde Juanito salió con la frente en alto y más dispuesto que nunca a gobernar a los suyos, a pesar de que Ebrard le ofreció ni más ni menos que el Instituto del Deporte del D.F., puesto vacante desde que la velocista Ana Guevara compitiera por la delegación Miguel Hidalgo con el consabido fracaso. Se ignora el perfil requerido para ocupar la cartera del deporte capitalino, pero como Juanito posee experiencia en las ligas infantiles de futbol, (dirigía precisamente a los Juanitos, de ahí su apodo), quizá Ebrard tuvo alguna visión futurista que lo animó a aventarle este anzuelo poco suculento,
pues en términos presupuestales equivaldría a cambiar un flamante BMW por una Brasilia destartalada.
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Ante el clima hostil que guardan los alrededores de la delegación Iztapalapa, Juanito solicitó la intervención del presidente Calderón, a fin de que le enviara tropas federales para mantener el orden y la seguridad de las instalaciones. Se ignora la respuesta del mandatario.
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Habrá que esperar a mañana. Con toda seguridad Brugada y sus huestes le aplicarán a Juanito la estrategia que usaron con Calderón, el presidente espurio: no lo dejarán entrar al despacho., impidiéndole gobernar. Juanito les aplicará el remedio juarista: si él es el delegado electo por la decisión popular, donde quiera que se siente a dictar oficios y a dar las indicaciones para sacar adelante a Iztapalapa, en automático esa será su sede de gobierno y podrá, para darle mayor carácter público, colocar de una vez por todas su estatua.
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Imágenes tomada de:
http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/brugada.jpg
http://mtyblog.com/wp-content/uploads/2009/11/juanti.jpg
http://www.jornada.unam.mx/2009/06/18/fotos/036n1cap-1.jpg

martes, noviembre 24, 2009

Francisco Ayala.

EL DIA DE ayer me encontré con Joaquín-Armando Chacón, amigo y maestro que jugó un importante papel en la escritura de El jardín de las delicias. Nos encontramos en el cuarto piso de la SOGEM, en la calle de José María Velasco, durante la presentación de "La consecuencia de los días", de Rubén Don, libro que ganó el Primer Premio Nacional de Narradores Jóvenes Universidad Autónoma de la Ciudad de México 2005. Fue presentado por Edgar Adrián Mora y José Luis Enciso (amigo del Luis Felipe "El Güero" Lomelí).
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Tras una breve charla, Joaquín Armando Chacón me contó algo sorprendente. El pasado 3 de noviembre, en Madrid, España, murió Francisco Ayala, a los 103 años de edad. Para muchos el nombre no les dirá mucho, como ocurrió conmigo en un principio. Se trata de un importante escritor que vivió los difíciles años de la Guerra Civil y tuvo que exiliarse por la férrea dictadura de Franco. Ganador de los Premios Príncipe de Asturias y Cervantes (1991), Ayala cultivó el ensayo (52 obras) y la narrativa (28), de 1925 hasta el año 2006. Entre sus obras destaca un libro heterogéneo, a decir de los críticos: "es un libro de recuerdos y vivencias en el que Francisco Ayala, como en el cuadro homónimo de El Bosco, aborda la dicotomía entre el amor y el dolor, la ternura y la crueldad, la vida y la muerte"1.
El libro se titula "El jardín de las delicias" (1973).
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Más allá de lo anecdótico, me sorprende el hecho de que el mismo día que yo recibí mis ejemplares, murió un hombre que hace 36 años publicó "El jardín de las delicias". Como en una extraña historia de afinidades y complicidades, me he hecho a la idea de que, de cierta manera, se ha tendido un puente entre los dos. En los extraños destinos que traza la vida, Francisco Ayala parece haberme tendido la estafeta.
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*Para documentar nuestra curiosidad, he encontrado otros tres libros titulados "El jardín de las delicas": el primero de Marco Denevi, el segundo de Ian Watson y el tercero de John Vermeulen. Hasta donde he podido averiguar, ninguno de ellos ha sido o fue demandado por "hacer una adaptación interpretada" del cuadro, como afirman los que saben.
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Notas:
Imagen tomada de:
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a2/FranciscoAyala.jpg

domingo, noviembre 22, 2009

Pishtacos.

En 1993 Mario Vargas Llosa ganó el prestigioso Premio Planeta con la novela “Lituma en los Andes”. A grandes rasgos, la historia trata sobre las investigaciones que realiza el cabo Lituma por la desaparición de tres personas mientras se construye una carretera en los Andes. El contexto de la novela gira alrededor del conflicto entre el gobierno peruano y Sendero Luminoso, narrando los excesos de ambos bandos en contra de una población civil pobre e ignorante. Vargas Llosa reviste sus historias con personajes de la mitología clásica y andina, de la que extrae al “pishtaco”, ser que mata hombres y mujeres para comérselos y sacarles la grasa. “Los Pishtacos del Huallaba”, banda de asesinos que acaba de ser capturada en Perú, pusieron en práctica esta tétrica mitología, al parecer con fines comerciales. Se dice que vendían la grasa humana a empresas productoras de cosméticos en Europa. Según el mito, el pishtaco es “extranjero”, es decir, ajeno a la comunidad que atemoriza. Se distingue ya sea por su complexión y raza, siendo significativo que posea ojos claros. Cuando la realidad rebasa a la fantasía ocurren coincidencias aterradoras: las primeras investigaciones sobre los pishtacos capturados revelan que actuaban desde hace más de 30 años en las zonas andinas como Ayacucho, Cuzco y Huancavelica, en complicidad con “dos italianos”, aún sin aprehender, responsables del comercio de la grasa humana en Europa.
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Médicos de Perú han comentado que por el método artesanal empleado para extraer la grasa, sería aventurado certificar que se utilizaba con fines comerciales, pues según ellos, la grasa extraída del cuerpo humano no sirve para nada. Por su parte, las autoridades que capturaron a la banda afirman que no es su intención crear mitologías y que sus informes reproducen lo confesado por los asesinos, quienes afirman que vendían cada litro en quince mil dólares.
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Sea o no la causa un negocio mortal emparentado con el tráfico de órganos, las sesenta personas que se estiman perdieron la vida a manos de la banda de los “Pishtacos de Huallaba”, de comprobarse demostrará lo que todos sabemos: la barbarie no conoce límites ni fronteras. Si las prácticas antropofágicas y los sacrificios humanos pueden disculparse por el escaso nivel cultural que poseyeron ciertos pueblos en sus orígenes (y por el temor manifiesto hacia los fenómenos naturales), la genética humana guarda esos ecos ancestrales que cuando retumban con fuerza crean asesinos y monstruos inigualables y fuera de serie. Si a eso se suman las nulas oportunidades en los países tercermundistas, donde la calidad de vida se parece más a una condena carcelaria plenamente escasa de trabajo, buenos salarios y educación de calidad, los resabios del pasado regresan a reclamar su espacio. Con esto no quiero afirmar que en países más avanzados no se cometen crímenes nefandos (sólo hay que pensar en los millones de judíos convertidos en jabón o almohadas), más bien trato de manifestar que el folclorismo latinoamericano puede alcanzar niveles insospechados que van más allá de los “Danzantes”, o los “Voladores de Papantla”. Es como si en la Grecia moderna se descubriera una banda que secuestra señoritas y que tras introducirlas en un intrincado laberinto, son devoradas por el jefe disfrazado de toro.

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Como los héroes, los mitos están recubiertos con una pátina que oculta o tamiza aberrantes prácticas humanas. Si han de permanecer en los libros para el disfrute de la humanidad en formato cuento, novela o épica, que así sea, pues cuando rebasan la línea que los separa de la historia, nos echan en cara el primitivismo que descansa, con los ojos casi-abierto casi-cerrados, dentro de nuestros cuerpos.
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Imagen tomada de: http://www.informador.com.mx/internacional/2009/155895/6/asesinos-y-vendedores-de-grasa-humana-operaban-desde-hace-30-anos.htm

jueves, noviembre 05, 2009

Datos yanquis.


Joe Girardi, manager de los Yanquis de Nueva York, decidió portar el número 27 por el compromiso que hizo consigo mismo de alcanzar el gallardete vigésimo séptimo del equipo más poderos y ganador de las Grandes Ligas. Ayer lo consiguió ¿Cambiará ahora al 28?


Vernon Gómez, apodado “Lefty”, fue un pitcher de origen español que jugó para los Yanquis de Nueva York de 1930 a 1942. Es famoso por haber conseguido seis victorias en las series mundiales de 1932, 1936 (2 victorias), 1937 (2 victorias) y 1938, récord que nadie, hasta hoy, ha igualado.


Miller Huggins fue el manager que llevó a los Yanquis de Nueva York a la conquista de su primer título mundial, luego de haber perdido las dos series mundiales anteriores.


En 1901 los Yanquis se llamaban Orioles de Baltimore. En 1903 se convirtieron en los New York Highlanders. Hasta 1913 fueron bautizados como Yanquis de Nueva York.


Joe McCarthhy y Casey Stengel son los managers yanquis con más títulos de Serie Mundial con un total de siete cada uno. Joe Torre es el que más títulos ha perdido: 8.


Casey Stengel es el único mánager en la historia que ha ganado cinco títulos consecutivos: 1949, 50, 51, 52 y 53.


Los yanquis también son conocidos como “Mulos de Manhattan” o “Bombarderos del Bronx”.


Los yanquis han retirado los siguientes números: 1, 3, 4, 5, 7, 8, 8, 9, 10, 15, 16, 23, 32, 37, 44, de los cuales, todos sus propietarios son miembros del salón de la fama.
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martes, noviembre 03, 2009

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.

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HACE UN PAR de días, urgando entre unas cajas de archivo muerto, encontré quince cuartillas engrapadas, mecanografiadas con una máquina de escribir de muy mala calidad. Son el inicio de lo que años después se titularía El jardín de las delicias. Ideas sueltas, dedazos, mala redacción, frases rimbombantes, personajes con nombres funestos (León Braojos se llamaba ¡Madera!; Arturo F. Segovia ¡Cornelio Menchaca!). Lo que inició como una idea que hizo que mucha gente me viera raro (¿Estás escribiendo una novela?), con el tiempo me otorgó una beca y la enorme satisfacción de haber conocido gente rara como yo, personas que se desvelan mientras debaten entorno a si un libro es bueno o no, o que gastan lo poco que tiene en ejemplares de autores igual de raros. A muchas personas debo agradecer su apoyo valioso: Primero a Joaquín Armando Chacón, Bernardo Ruiz y Orlando Ortiz. A Abril Pozas, Daniela Bojórquez, Maritza Buendía, Luis Felipe Lomelí, Julián Robles, Federico Vite, Laia Jufresa, Sergio Méndez, Gabriela Aguileta, Jorge A. Sánchez, Rafael Toriz, Noé Morales, Jorge Kuri (+), Ali Calderón, Álvaro Solis, Óscar de Pablo, Jair Cortés, Germán T. González, Brenda Ríos, Ernesto Priego, Sigifredo Marín, Paola Velasco, Glafira Rocha, Elvia Navarro, Lobsang Castañeda, Alejandro Román, Vicente Alfonso, Yashodara Solano, Sergio Araujo. A Miguel Limón Rojas y a Eduardo Langagne quiero agradecer profundamente su apoyo para la publicación del libro, lo mismo que a Antonio Ramos, el editor de JUS, la única editorial que aceptó El jardín de las delicias. También a Jimena Nieto, Rosalía González (la primera lectora del texto íntegro de la última versión), Sergio Ramírez Cárdenas y Emilio Aranda (por dejarme escribir en horas de oficina). Por último, pero no menos importante, a mis padres, que soportaron estoicamente mis años de desempleo mientras trabataba de ponerle punto final a la novela, y a mi hermano.
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Para alguien como yo que no tuvo examen de titulación -algún día les contaré por qué-, El jardín de las delicias equivale a una tesis. Sólo espero que todos ustedes sean sinodales alivianados y comprensivos: uno escribe lo que puede.

lunes, noviembre 02, 2009

61*

EL PRIMERO DE octubre de 1961, Roger Maris, jardinero derecho de los Yanquis de Nueva York, se paró en la caja de bateo y vio pasar la primera bola. Era la cuarta entrada del último juego de la temporada regular, tras cumplirse el juego 163 del calendario ampliado de la Liga Americana, pues antes se jugaban 154 partidos. Precisamente durante este juego, el 154 celebrado el 20 de septiembre de 1961, Maris no pudo romper el récord de Babe Ruth, quien en 1927 se voló la barda 60 veces. Únicamente consiguió su cuadrangular 59, lo que, bajo el criterio del comisionado del beisbol Ford Frick, amigo íntimo de Babe Ruth, salvaba para siempre la mítica sombra del gran Bambino.

Ese año no había sido fácil para Roger Maris. Opacado por Mickey Mantle, el gran ídolo de los Bombarderos de Bronx, el joven jardinero derecho nacido en un pueblo de Minnesota, nunca supo cómo manejarse frente a la prensa, que lo tachaba de antipático y pueblerino. Su disciplinada actitud tanto en el terreno de juego como en su apartamento en Queens —en el cual estaba prohibida la entrada a las féminas—, lo alejaba de la imagen bohemia y desparpajada de Mantle, quien parrandeaba sin cesar, rodeado de mujeres, destrozando vehículos y habitaciones de hotel. Conforme la temporada fue avanzando y la prensa especulaba sobre la posibilidad de que alguno de los M&M boys (Maris y Mantle) rompiera el sagrado récord de Babe Ruth, las autoridades del beisbol, a imagen y semejanza de los curas que miran con recelo las investigaciones científicas que podrían poner en riesgo los dogmas de fe, afirmaron que si alguno de los dos jugadores rompía el récord, este podría no tener validez total, pues el número de juegos se había ampliado, lo que otorgaba ventajas a ambos jugadores. Por si fuera poco, la dura afición del Bronx consideraba a Maris como un advenedizo, un jugador más que no encarnaba el espíritu yanqui como Mickey Mantle. Fue tal la presión que Maris comenzó a sufrir de urticaria en todo el cuerpo y a perder el cabello. Se mostraba más agresivo con la prensa y el público desde el graderío lo insultaba sin parar. A pesar de todo, Maris día a día avanzaba hacia la meta. Todo eso debió de pensar parado en la caja de bateo, cuando el pitcher de los odiados Medias Rojas de Boston, Tracy Stallard, lanzó la segunda bola mala. Mickey Mantle sólo había logrado 54 cuadrangulares antes de enfermarse por una infección en una pierna debido a una inyección para curarle un resfriado. Con el camino libre Roger Maris, aunque nunca quiso aceptarlo, deseaba romper la marca.


Al tercer lanzamiento, Roger Maris, con el olfato que caracteriza los vuela-cercas, golpeó la pelota para depositarla en el jardín derecho del Yanqui Stadium, la casa que Babe Ruth construyó, a más de 314 pies del plato (95.7 metros). Cuando terminó de recorrer las bases se metió directo al dugout. El público veleidoso comenzó a aplaudir la hazaña. Exigía con sus palmas y gritos que el nuevo rey del cuadrangular saliera a recibir la ovación. Más que animarlo, los compañeros de Maris lo empujaron hacia el terreno, donde se quitó la gorra y agradeció al público eufórico que durante toda la temporada lo había visto como a un apestado. El nuevo récord de homeruns prevaleció durante treinta y siete años, hasta que en 1998 Marc McGwire, de los Cardenales de San Luis, conectó 70 cuadrangulares. En 2001, Barry Bonds estableció el nuevo récord, con un total de 73, aunque en ambos casos, sus marcas se han asociado al uso de sustancias prohibidas.


A pesar de todo, el récord de Roger Maris sigue vigente en la Liga Americana, sin el famoso asterisco que durante muchos años acompañó como una mancha en un doblón de oro, una de las más grandes hazañas deportivas.



Imagen tomada de: http://www.baseball-almanac.com/players/pics/roger_maris_autograph.jpg

lunes, octubre 19, 2009

Novelista sin novela.

Paperback writer, paperback writer
Dear Sir or Madam, will you read my book?
It took me years to write, will you take a look?
It's based on a novel by a man named Lear
And I need a job, so I want to be a paperback writer,
Paperback writer (paperback writer).
It's the dirty story of a dirty man
And his clinging wife doesn't understand.
His son is working for the Daily Mail,
It's a steady job but he wants to be a paperback writer,
Paperback writer.
Paperback writer (paperback writer)
It's a thousand pages, give or take a few,
I'll be writing more in a week or two.
I can make it longer if you like the style,
I can change it round and I want to be a paperback writer,
Paperback writer (paperback writer).
If you really like it you can have the rights,
It could make a million for you overnight.
If you must return it, you can send it here
But I need a break and I want to be a paperback writer,
Paperback writer.
Paperback writer, paperback writer
Paperback writer, paperback writer
Paperback writer, paperback writer.
1966, The Beatles.

martes, octubre 13, 2009

Así es mi tierra.

En “Así es mi tierra”, Cantinflas interpreta a "El Tejón”, un peón pícaro que ha evitado sumarse a la bola revolucionaria, pero que inteligentemente se hace de los favores del “General”, líder que vuelve a su tierra para descansar de los avatares de la guerra. En una escena memorable que involucra a Cantinflas y a Manuel Medel, quien hace el papel de “Procopio”, fiel escudero del General, ambos pelean por el amor de una joven llamada Cholita, quien en su aparente ingenuidad campirana, sabe bien cómo jugar con los dos hombres. Procopio se ofrece para llevarle un cántaro rebosante de agua; El Tejón interviene y trata de arrebatárselo; Procopio no se lo permite, el forcejeo se hace tan intenso que Procopio, desesperado, arroja el cántaro al suelo. Cholita llora la pérdida y ambos sujetos se retan a un duelo tauromáquico. Algo similar le ocurrió al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), que el sábado pasado contempló la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, paraestatal mexicana campeona en ineficiencia, corrupción y dispendio, que gozó durante decenas de años de contratos colectivos basados no el la búsqueda del bienestar del trabajador y en el crecimiento de la empresa, sino en las prebendas que se obtienen cuando los intereses gremiales se supeditan al poder político. Aprovechando el fraude en las elecciones internas del sindicato donde se disputaron el control Martin Esparza y Alejandro Muñoz, el gobierno decretó la desaparición de la empresa, un cántaro quebrado.

El voto corporativista no ha podido ser erradicado en México. Izquierdas o derechas, cuando son oposición, señalan sus espadas flamígeras a los sindicatos charros y sus dirigencias vendidas al mejor postor, pero cuando acceden al poder se dan cuenta que manteniendo el control de esos gremios, aseguran la supervivencia de su sistema corrompiendo aún más al más corrupto. No son pocas las historias de usuarios que literalmente son asaltados cuando les llega el recibo de la luz, y de las cínicas propuestas de los trabajadores de Luz y Fuerza para solucionar del mejor modo el adeudo. Se había vuelto común observar a una cuadrilla de ocho sujetos de los cuales sólo dos cavaban un hoyo a la búsqueda del registro correspondiente, así como los malos tratos en las sucursales, donde hasta hace poco tiempo se incorporaron computadoras para hacer más eficiente el trabajo, debido a la obtusa visión del sindicato que veía esas máquinas como reemplazo de personal humano, lo que implicaba menos plazas, menos cuotas quincenales a percibir y menos personal para enviar a mítines, marchas y protestas a favor del tlatoani en funciones. Una empresa de más de cuarenta mil empleados y cerca de veinte mil pensionados sangraba las ya de por sí modestas arcas nacionales, implicando un costo anual de más de cuarenta mil millones de pesos. La mexicana cultura de la desconfianza indica que, aunque se liquidó un muy mal negocio, el bien nacional dista mucho de ser le pretexto para llevar a cabo esta acción. Se especula que el fondo del problema es la instalación de la red de fibra óptica en los territorios que controlaba Luz y Fuerza, y que, como ocurre en estos casos, implica un negocio millonario cuyas rebanadas ya están repartidas. De acuerdo con Ricardo Alemán, columnista de El Universal, otro posible motivo es quitarle recursos a Andrés Manuel López Obrador, por la cercanía y apoyo del del SME al movimiento de AMLO. La conveniencia es un capelo que cubre defectos e imperfecciones: a López Obrador parece importarle poco que Esparza ganó de manera fraudulenta la elección del SME (que no fue reconocida por la Secretaria del Trabajo), y no se sabe que le haya exigido un voto por voto, casilla por casilla.

Lo terrible es que, como en el caso de la película Así es mi tierra, en este conflicto que aún no termina, nosotros, la sociedad, únicamente somos testigos de los ajustes de cuentas que se dan en las cúpulas del poder. En la absurda lógica del inconformismo ante cualquier decisión tomada, habrá que esperar el final de este sexenio de pesadilla para descubrir quiénes fueron, si se da el caso, los verdaderos favorecidos con la desaparición de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro.



Imagen tomada de: http://www.eluniversal.com.mx/primera/33762.html (Lucía Godínez)
http://www.diariocritico.com/imagenesPieza/7(3632).jpg

lunes, octubre 12, 2009

Otra del Témoc.

En “Gladiador”, película de Ridley Scott, Russell Crowe interpreta a un general romano llamado Maximus, quien, tras combatir y liquidar los últimos focos de resistencia de los aguerridos germanos, a la muerte de Marco Aurelio, su jefe, es traicionado por el hijo de este, el brutal y codicioso Cómodo (Maquiavelo, en “El Príncipe”, habla sobre las excentricidades de este personaje —que sí existió—, entre las que destacaba su gusto por bajar a la arena del Coliseo para enfrentarse a muerte con los gladiadores. Más tarde fue asesinado por la guardia pretoriana cansada de sus payasadas). Maximus escapa de la sentencia de muerte del déspota. Malherido, es encontrado por unos mercaderes que lo venden en una árida región parecida a África para trabajar como gladiador-esclavo. Su nuevo trabajo lo convierte en un héroe de barrio, en parte por su trato descortés hacia el público, quien, como hechizado, espera sus groserías y desaires para vitorearlo aún más. Como en las ligas profesionales, Maximus va escalando posiciones en el ranking hasta que cumple su sueño de luchar en la arena del Coliseo romano, donde, finalmente se venga de Cómodo y le da muerte. Algo similar ocurre con Cuauhtémoc Blanco, quien a sus 36 años de edad, es el líder indiscutible de la selección nacional. A pesar de su carácter hosco y arrebatado, cada vez que se enfunda la casaca del Tri, el público olvida sus orígenes ornitológicos (el equipo de sus amores fue el América) y se rinde a sus encantos materializados en su perfecto toque de balón, con el que consigue fabricar pases precisos de más de cuarenta metros, goles cantados o soberbias anotaciones, siendo el más famoso aquel que le anotó a Bélgica en el mundial de Francia 1998.
Aunque es medio enjuto y su físico no es el de un Adonis, Cuauhtémoc Blanco posee las aptitudes necesarias de los cracks, que consisten en una picardía a prueba de esquemas y en la cuestionable manufactura de trampas y marrullerías en detrimento del rival. Comparte con los ídolos del boxeo mexicano, el origen pobre de su cuna, aunque se desmarca de ellos porque no se sabe de francachelas escandalosas o de antología. Oriundo del barrio bravo de Tepito, el Témoc, se fue forjando primero en la calle y después en los llanos, donde fue descubierto y enviado al América. Su nivel futbolístico fue mejorando lo mismo que sus gustos por el sexo opuesto, pues desde el divorcio de su primera esposa, jamás se le ha relacionado sentimentalmente con una mujer fea.

De nueva cuenta, el sábado pasado, además de volver a erigirse como el jugador que marca el ritmo del partido y por cuyos pies circulan todos los balones que podrían terminar en el fondo de las redes, anotó el segundo gol que aseguró la victoria y el pase al Mundial de Sudáfrica, frente al modesto equipo de El Salvador. Jugó lesionado, por lo que, minutos después, salió del campo, recibiendo una ovación digna de una estrella de rock. A pesar de sus desaires a la prensa, de las groserías protagonizadas en el terreno de juego y de la monumental bronca que originó durante el encuentro de la Copa Libertadores entre el Sao Caetano de Brasil y el América en 2004, quedó claro que número 10 de la selección nacional es el alma y motor del equipo. Esa tarde se vendieron playeras con la imagen del ídolo de Tepito vestido como santo: el respetable ha decidido canonizar a uno de los últimos héroes nacionales de esta patria abandonada.

Con Cuauhtémoc ocurre algo similar que con Ana Guevara: no se vislumbra a sus espaldas un personaje de su talento. Sembrado como una especia exótica en un país ávido de ídolos y vistorias, Blanco podrá presumir cuando por fin le llegue la hora de abandonar los campos de futbol, de haber vendido más playeras que David Beckham en la liga profesional de Estados Unidos.

Hay algo de encantador en los personajes que además de poseer alguna característica que los hace especiales, destacan por geniudos, arrogantes o irreverentes. ¿La popularidad del Témoc sería la misma si poseyera un físico de ensueño, un rostro de actor de cine o los modales de un refinado conde? Me atrevo a pensar que no, porque con su limitada belleza física se convertiría en un modelo inalcanzable para las masas. La aspiración del “querer ser como el héroe” no consiste tanto en sus dotes inalcanzables, sino en las similitudes de pensamiento, palabra y acción. La ventaja de los defectos físicos es que están al alcance de todos.

Con la mira puesta en Sudáfrica, Cuauhtémoc Blanco no llegará como el jugador más veterano a un mundial (el puesto es del camerunés Roger Milla, 42 años, en Estado Unidos 1990), pero sí como el único jugador mexicano que puede conseguir el inalcanzable, difícil, traumático paso hacia el anhelado quinto partido.


jueves, octubre 08, 2009

Mazinger Z.

LO PRIMERO QUE compré con los diez mil pesos de la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas fue un juguete. Meses antes del fallo que me confirió una de las becas de Narrativa, vivía desempleado, aún mantenido por mis padres, mientras repartía currículos en cuanto despacho de arquitectura encontraba en las listas de la Sección Amarilla. Jamás me llamaron de ninguno, a pesar de que el currículum era una linda animación realizada en Flash, contenida en un mini cedé, quesque para demostrar creatividad (pues los arquitectos son bien creativos). La vida no me llevaba por ese camino y agradezco haber tomada la desviación de las letras. De haber seguido por el camino de la arquitectura me habría convertido en un ser humano triste y frustrado. La tristeza puede borrarse con dinero, alcohol o mujeres; la frustración jamás.

El aviso de la FLM me llegó por correo electrónico. De momento lo que más me alegró fue que por al menos un año libraría las fauces del desempleo, y podría comprarme el juguete que se exhibía en una tienda de cómics frente al Palacio de Hiero Durango, Nostromo se llamaba en ese momento. Era un juguete caro, de esos que ningún padre de familia en su sano juicio sería capaz de comprar para su hijo de cinco años, ni siquiera para uno de quince. No. Se trataba de una pieza de colección, traída desde China y cuyo precio, si mal no recuerdo pues he perdido la factura, rondaba los dos mil pesos, cifra que aún hoy hiela la sangre. Las cosas tampoco fueron sencillas. El primer depósito de la beca tardó algunos días más, debido a que había que recopilar los datos de los veintiún becarios y abrir las cuentas en el banco que cobrara las comisiones más baratas. Una vez con el dinero en la mano fui a la tienda. Ya lo habían vendido. El vendedor se ofreció a conseguir otro de inmediato y cumplió su palabra días después. La pieza podrá parecer de un precio excesivo para muchos, pero su manufactura ha sorprendido a más de uno. Construido de acero inoxidable, todas sus partes son movibles y está provisto de todas las características que de niño observé en la televisión. Cada pequeña pieza se ensambla a la perfección en el orificio que le corresponde, el resorte lanza disparado el misil con que destruyó a decenas de enemigos. Su altura ronda los veinticinco centímetros y puesto sobre la base negra incluida en la caja, luce imponente, como debería lucir un robot de más de cien metros de altura. Se llama Mazinger Z, y fue, quizá, uno de los éxitos televisivos más recordados por quienes vivimos la década de los ochenta y su moderno primitivismo (Atari, Intelevision, videocaseteras Beta); época gris para la música (no existió un género musical dominante); grotesco para la moda (se popularizó la mezclilla deslavada). En una frase: nuestros años maravillosos.

Mazinger Z debe su existencia a la inteligencia del Doctor Kabuto, quien luego de una a visita arqueológica a una isla del mar Egeo, encuentra un ejército de robots que defendían la isla de las invasiones. Sin embargo, otro científico de la expedición, el doctor Hell, que ya desde el apellido y ayudado por sus facciones malandrinescas, se da cuenta que con un ejército como ese podría, ya lo saben, conquistar el mundo (que se compone únicamente de Japón). De alguna manera Hell se hace del control de los robots de la isla y mata a los demás científicos, con excepción del Dr. Kabuto, quien al regresar a Japón descubre en las faldas del Monte Fuji el Japonium, un nuevo elemento más resistente que el concreto e igualmente maleable que el acero. A sabiendas de que el doctor Hell atacará tarde o temprano, Kabuto construye un robot, literalmente, en el sótano de su casa, sin que nadie se dé cuenta. Durante un feroz ataque de Hell para liquidar a Kabuto, la casa es bombardeada, el doctor Kabuto resulta gravemente herido pero antes de morir debajo de los escombros, consigue informarle a su nieto Koji Kabuto sobre lo que guarda en el sótano y su deber de impedir los malévolos planes del doctor Hell.

Ayudado por el doctor Yumi, colaborador de Kabuto en el Instituto de Investigaciones Fotoatómicas, y su hija Zayaka que maneja a Afrodita, robot que lanza los senos para defenderse, el bravucón de Koyi aprende a conducir el enorme robot, para así enfrentar a las máquinas del Doctor Hell, comandadas por el Barón Ashler, caricaturesco Vizconde Demediado, versión hermafrodita que siempre, en el último momento, pierde los combates.


Creado por Go Nagai, dibujante japonés, en México sólo se conoció la primera versión, Mazinger Z, pues posteriormente, nuevas versiones del robot suplieron al vetusto Z. A diferencia de otras caricaturas japonesas, construidas como novelas animadas con introducción, desarrollo y desenlace, Mazinger Z consiste en episodios donde aparecen robots que destruyen ciudades, ponen a Mazinger en apuros, que son vencidos al último momento.

Alguna vez leí en un artículo de la desaparecida revista Arcana que un viajero adquiría un shampoo en cada pueblo que visitaba. Una vez en casa, cuando deseaba rememorar sus vivencias, se bañaba con el shampoo de la ciudad elegida, y el olor lo transportaba hacia esa ciudad lejana. Sin bañarme, sólo necesito sacar a Mazinger Z de su caja para recordar mi infancia y la Fundación para las Letras Mexicanas, sitio al que le debo ser un hombre completo, feliz.



Imagen tomada de: http://3.bp.blogspot.com/_ri7-UZyO74k/Rvq10liMiPI/AAAAAAAAA2U/qS5KgqGB7g0/s400/mazinger+z+2.bmp:

miércoles, octubre 07, 2009

La hora del vampiro.

Recientemente, durante unos de esos despertares lúcidos en que, como chispazos, llegan a la mente imágenes de la infancia, recordé una vieja serie televisiva que trataba sobre un pueblo en Estados Unidos donde ocurren desapariciones misteriosas, debidas a un goloso vampiro. Me fue imposible recordar por mí mismo el nombre de la serie. El único recuerdo vívido que poseía era la imagen de un hombre que salta dentro de una fosa donde descansa un ataúd que acaba de ser enterrado. El hombre abre la tapa y el muerto (que no está muerto) se incorpora y le chupa la sangre.

Cuando llegué a la oficina, por medio de Google hallé el título, tras teclear: “Serie vampiros años ochenta canal 5”. No fue necesario buscar mucho. Bastó con fijarme en una de las páginas sugeridas por el buscador y hallé el título, lo que me dio la certeza de que la serie si había existido: “La noche del vampiro” (1979). El título original en inglés es “Salem’s Lot”. Se trata de la segunda novela de Stephen King —para algunos un mal escritor que vende millones de libros al año, para otros un genio incomprendido—, que si bien es casi imposible encontrarla en alguna librería en México, la serie televisiva puede verse completa en Youtube. De niños todo nos parece demasiado largo; los espacios nos resultan amplios, altos. Ocurre lo mismo con los recuerdos. Salem’s lot fue producida como una miniserie de sólo dos capítulos. Yo la recordaba más extensa, como Don Gato y su Pandilla, caricatura que me pareció eterna. En Youtube bastan poco menos de dos horas para atestiguar el fino manejo del terror en el universo de Stephen King, a quien, es bien sabido, los finales no le salen (basta recordar el fina chafa de Eso (It, 1990) .

El look setentero de Salem´s lot —patillas, solapas anchas, pantalones acampanados— si bien resulta de un humorismo involuntario, no demerita la trama y el manejo del suspenso. Según el propio King antes de escribir la novela se planteó la idea de qué pasaría si el conde Drácula viajara desde Transilvania y se instalara en un pequeño pueblo norteamericano. Entonces interviene el bueno de la serie, un novelista llamado Ben Mears (David Soul), que a la búsqueda de la inspiración regresa al terruño. En el pueblo hay una vieja casona tenebrosa, que desde niño había influenciado al novelista. Su primera impresión al ver de nuevo la casa de sus miedos infantiles, no dista mucho del terror que se encubre por medio del respeto a lo desconocido. En la casa vive un excéntrico anciano italiano que se dedica al negocio de las antigüedades. Una noche, el misterioso hombre que siempre viste trajes oscuros, recibe una entrega especial: una enorme caja que es depositada en el amplio y sucio sótano de la casa. Dentro viene el ataúd del vampiro. Desde ese momento empiezan a ocurrir una serie de desapariciones inexplicables, mientras que otras personas, por las noches, reciben la visita de vampiros que flotan como globos. Ben Mears recuerda que cuando niño ocurrieron sucesos semejantes relacionados con la vieja casa, pero obviamente todos lo tildan de loco, incluida una chica a la que se liga gracias a su charm de literato (siempre usa sacos de coderas y viaja en un Jeep “Renegado”), y que en la primera cita sugiere terminar la velada en “el lago”, que en la muy peculiar cultura norteamericana quiere decir "vamos a follar".

Las desapariciones aumentan así como el miedo de Ben Mears de que su novia pueda caer en las garras de la pandilla de vampiros, cosa que, de acuerdo con las características del género, ocurre durante una visita a la casa tenebrosa. Sin más remedio, Ben Mears entra en la casa y justo al anochecer, sorprende al vampiro en su ataúd y lo liquida clavándole una estaca en el corazón. Un incendio devora la casa y a los vampiros del sótano. La historia no acaba ahí, sino dos años después, en Guatemala. No revelaré el final. Además de malo, será mejor que cada quien se siente frente a la computadora y aprecie La hora del vampiro. Les apuesto que se llevarán algunos buenos sustos.
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lunes, octubre 05, 2009

Calidad en el servicio

A la baja productividad de las empresas mexicanas hay que sumarle el pésimo servicio al cliente. Parece que la vida tomó la decisión de poner a trabajar en el área más delicada de una empresa, el servicio directo al cliente, a quienes la filosa espada de la mala suerte atacó por la espalda o a aquellos que debido a una inexplicable e inexpugnable predisposición genética carecen del sentido básico de la educación. Aunado a que ganan el salario mínimo y que sus patrones les recuerdan diariamente que les hacen el favor de mantenerlos en la nómina, se vuelve un estilo de vida demostrar su inconformidad hacia el miserable sistema capitalista mediante la exhibición de una cátedra de malos modales contra el motor principal del consumo, la razón de ser de todas las empresas: el cliente.

Ya sea en la tienda de la esquina, en una cantina inmunda o dentro de una oficina bien iluminada y distribuida, el trato hacia el cliente es deplorable en México. Como un impuesto que se aplica sin miramientos, la descortesía y la frialdad con que se le trata recuerdan la filosofía patibularia del celador o del verdugo: “Trabajo para vigilarte o matarte. De cualquier manera sales perdiendo”.

La solicitud de un libro o de un disco se atiende con flojera o rezongos. Nada más molesto que la respuesta monosilábica, más parecida a los gruñidos del animal agonizante que se desplaza con la celeridad de un caracol anciano. Hay quienes para no sentirse ofendidos o enojarse de manera innecesaria y gratuita, prefieren buscar por sí mismo en los desordenados anaqueles de las librerías, o entre las interminables producciones de discos compactos, que toparse con esta especie de cancerberos, siempre mal encarados y molestos, para quienes ni todo el oro de Eneas ni las dulces notas de Orfeo serían suficientes para hacerlos modificar su comportamiento. Más bien, y siguiendo esta línea mitológica, hace falta un Hércules que los haga ver la luz o, al menos, que los ponga en su sitio. Del mismo modo en que el asesino llora y suplica cuando tiene encima la mano de la ley, esta nueva casta que conforma el penúltimo pero no menos importante eslabón de las cadenas productivas, sabe con quién meterse. En un frío análisis que elaboran con la precisión de un matemático, determinan a quién pueden tratar como trapeador sin resultar heridos en el ejercicio. Un gafete o una simple playera de cuello tipo chemise parecen otorgarles licencia para maltratar sin miramientos a quien se le ocurra solicitarles un libro, una prenda o lo que se exhiba y sea necesaria la intervención de un vendedor.

La ventaja es que en el país de las llaves y las contra-llaves existe un mecanismo que aplicado a tiempo y con firmeza sobre el empleado de medio pelo, remueve algo en su turbia conciencia y lo vuelve dócil como un cordero. Se llama desprecio. Una mirada clavada sobre sus ojos, un ademán que más que solicitar ordena y una voz un tanto elevada con una pronunciación que saborea cada vocal, estos tres pasos fulminan por completo los intenciones del empleado que harto de su situación de paria, descontento por el trato amargo que le prodiga la productora de sus quincenas, se desquita con el cliente, a quien debiera, si no idolatrar, sí tratarlo respetuosamente, pues de él y sólo de él, depende el bienestar de la empresa y por consiguiente de la conservación del empleo.

La respuesta a esta arraigada cultura de la descortesía no está en la vieja máxima que reza “Si no te gusta tu trabajo, renuncia”, sino en una transformación del concepto mismo de trabajo, que empieza, necesariamente, en el reconocimiento de que los bajos sueldos generan bajas expectativas, ganancias mediocres y empleados tristes y sombríos.

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