domingo, noviembre 29, 2009

Delegación Iztapalapa.

El remake del Chiquihuitazo 2002 se ha estrenado en versión para teatro guiñol. El popular Juanito, aquel ser salido del anonimato durante un mitin donde López Obrador, jefe máximo de la Revolución (Democrática), le hizo jurar que, de ganar como delegado en Iztapalapa renunciaría a favor de Clara Brugada, tras salir vencedor de aquella contienda, juró como delgado ante la Asamblea —se arrancó la corbata, la arrojó al suelo y tildó de traidores al PRD y al PT (luego del tratamiento para ablandarlo que le propinó Marcelo Ebrard la víspera de su investidura)—, y pidió licencia por cincuenta y nueve días, dejando como “encargada de despacho” a Clara Brugada. A un día de cumplirse el final de la licencia, Juanito tomó a todos por sorpresa: se metió a la sede de la delegación bajo el cobijo de la oscuridad, selló puertas y ventanas y anunció que a partir de lunes despachará como delegado de Iztapalapa. Las cosas, obviamente, no serán tan sencillas. Clara Brugada ha llamado a Juanito “ladrón” y enfermo mental, cercó junto con sus seguidores la delegación, apoyada por miembros del SME así como por los escuadrones del Frente Popular Francisco Villa. De acuerdo a una nota de EL Universal, la Brugada demostró sus habilidades como amazona al montar un caballo afuera de la sede delegacional como parte de sus acciones de “resistencia civil”. Durante el recorrido, dice la nota, sus acompañantes gritaban “Clara Brugada, nuestra delegada” (no es chiste, véanlo aquí).
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Además de poder ja
ctarse de contarse como uno de los pocos seres políticos en haber chamaqueado a López Obrador, Juanito ha realizado otro milagro: unificó a las tribus perredistas que integran la mayoría en la Asamblea de Representantes del DF, el templo del ausentismo. Los asambleístas cerraron filas alrededor de Brugada y anunciaron que le van a quitar el puesto a Juanito, se ignora bajo qué argumentos. Juanito se envalentona y les responde que no les tiene miedo. A este respecto hay que decir que Juanito cometió un error estratégico, que cualquier burócrata de medio pelo no hubiera cometido: si el término de su licencia estaba próximo únicamente debió de enviar un oficio a Marcelo Ebrard para anunciarle de su incorporación como delegado en Iztapalapa. Así de sencillo, pues por su ingreso nocturno a la delegación podrían fincarle responsabilidades, bajo el argumento de que es un peligro para Iztapalapa o de que carece de experiencia para gobernar.
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El poder tiene sus encantos y abre hasta las puertas más inexpugnables. La mañana de este domingo Juanito entró a la casa de Marcelo Ebrard, ubicada en el número 175 de Avenida México, colonia Condesa. Se ignora si desayunó en compañía de Mariagna Pratts o si se echaron una copita mañanera, lo cierto es que más tarde Juanito salió con la frente en alto y más dispuesto que nunca a gobernar a los suyos, a pesar de que Ebrard le ofreció ni más ni menos que el Instituto del Deporte del D.F., puesto vacante desde que la velocista Ana Guevara compitiera por la delegación Miguel Hidalgo con el consabido fracaso. Se ignora el perfil requerido para ocupar la cartera del deporte capitalino, pero como Juanito posee experiencia en las ligas infantiles de futbol, (dirigía precisamente a los Juanitos, de ahí su apodo), quizá Ebrard tuvo alguna visión futurista que lo animó a aventarle este anzuelo poco suculento,
pues en términos presupuestales equivaldría a cambiar un flamante BMW por una Brasilia destartalada.
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Ante el clima hostil que guardan los alrededores de la delegación Iztapalapa, Juanito solicitó la intervención del presidente Calderón, a fin de que le enviara tropas federales para mantener el orden y la seguridad de las instalaciones. Se ignora la respuesta del mandatario.
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Habrá que esperar a mañana. Con toda seguridad Brugada y sus huestes le aplicarán a Juanito la estrategia que usaron con Calderón, el presidente espurio: no lo dejarán entrar al despacho., impidiéndole gobernar. Juanito les aplicará el remedio juarista: si él es el delegado electo por la decisión popular, donde quiera que se siente a dictar oficios y a dar las indicaciones para sacar adelante a Iztapalapa, en automático esa será su sede de gobierno y podrá, para darle mayor carácter público, colocar de una vez por todas su estatua.
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Imágenes tomada de:
http://www.letraslibres.com/blog/blogs/media/blogs/redaccion/brugada.jpg
http://mtyblog.com/wp-content/uploads/2009/11/juanti.jpg
http://www.jornada.unam.mx/2009/06/18/fotos/036n1cap-1.jpg

martes, noviembre 24, 2009

Francisco Ayala.

EL DIA DE ayer me encontré con Joaquín-Armando Chacón, amigo y maestro que jugó un importante papel en la escritura de El jardín de las delicias. Nos encontramos en el cuarto piso de la SOGEM, en la calle de José María Velasco, durante la presentación de "La consecuencia de los días", de Rubén Don, libro que ganó el Primer Premio Nacional de Narradores Jóvenes Universidad Autónoma de la Ciudad de México 2005. Fue presentado por Edgar Adrián Mora y José Luis Enciso (amigo del Luis Felipe "El Güero" Lomelí).
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Tras una breve charla, Joaquín Armando Chacón me contó algo sorprendente. El pasado 3 de noviembre, en Madrid, España, murió Francisco Ayala, a los 103 años de edad. Para muchos el nombre no les dirá mucho, como ocurrió conmigo en un principio. Se trata de un importante escritor que vivió los difíciles años de la Guerra Civil y tuvo que exiliarse por la férrea dictadura de Franco. Ganador de los Premios Príncipe de Asturias y Cervantes (1991), Ayala cultivó el ensayo (52 obras) y la narrativa (28), de 1925 hasta el año 2006. Entre sus obras destaca un libro heterogéneo, a decir de los críticos: "es un libro de recuerdos y vivencias en el que Francisco Ayala, como en el cuadro homónimo de El Bosco, aborda la dicotomía entre el amor y el dolor, la ternura y la crueldad, la vida y la muerte"1.
El libro se titula "El jardín de las delicias" (1973).
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Más allá de lo anecdótico, me sorprende el hecho de que el mismo día que yo recibí mis ejemplares, murió un hombre que hace 36 años publicó "El jardín de las delicias". Como en una extraña historia de afinidades y complicidades, me he hecho a la idea de que, de cierta manera, se ha tendido un puente entre los dos. En los extraños destinos que traza la vida, Francisco Ayala parece haberme tendido la estafeta.
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*Para documentar nuestra curiosidad, he encontrado otros tres libros titulados "El jardín de las delicas": el primero de Marco Denevi, el segundo de Ian Watson y el tercero de John Vermeulen. Hasta donde he podido averiguar, ninguno de ellos ha sido o fue demandado por "hacer una adaptación interpretada" del cuadro, como afirman los que saben.
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Notas:
Imagen tomada de:
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a2/FranciscoAyala.jpg

domingo, noviembre 22, 2009

Pishtacos.

En 1993 Mario Vargas Llosa ganó el prestigioso Premio Planeta con la novela “Lituma en los Andes”. A grandes rasgos, la historia trata sobre las investigaciones que realiza el cabo Lituma por la desaparición de tres personas mientras se construye una carretera en los Andes. El contexto de la novela gira alrededor del conflicto entre el gobierno peruano y Sendero Luminoso, narrando los excesos de ambos bandos en contra de una población civil pobre e ignorante. Vargas Llosa reviste sus historias con personajes de la mitología clásica y andina, de la que extrae al “pishtaco”, ser que mata hombres y mujeres para comérselos y sacarles la grasa. “Los Pishtacos del Huallaba”, banda de asesinos que acaba de ser capturada en Perú, pusieron en práctica esta tétrica mitología, al parecer con fines comerciales. Se dice que vendían la grasa humana a empresas productoras de cosméticos en Europa. Según el mito, el pishtaco es “extranjero”, es decir, ajeno a la comunidad que atemoriza. Se distingue ya sea por su complexión y raza, siendo significativo que posea ojos claros. Cuando la realidad rebasa a la fantasía ocurren coincidencias aterradoras: las primeras investigaciones sobre los pishtacos capturados revelan que actuaban desde hace más de 30 años en las zonas andinas como Ayacucho, Cuzco y Huancavelica, en complicidad con “dos italianos”, aún sin aprehender, responsables del comercio de la grasa humana en Europa.
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Médicos de Perú han comentado que por el método artesanal empleado para extraer la grasa, sería aventurado certificar que se utilizaba con fines comerciales, pues según ellos, la grasa extraída del cuerpo humano no sirve para nada. Por su parte, las autoridades que capturaron a la banda afirman que no es su intención crear mitologías y que sus informes reproducen lo confesado por los asesinos, quienes afirman que vendían cada litro en quince mil dólares.
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Sea o no la causa un negocio mortal emparentado con el tráfico de órganos, las sesenta personas que se estiman perdieron la vida a manos de la banda de los “Pishtacos de Huallaba”, de comprobarse demostrará lo que todos sabemos: la barbarie no conoce límites ni fronteras. Si las prácticas antropofágicas y los sacrificios humanos pueden disculparse por el escaso nivel cultural que poseyeron ciertos pueblos en sus orígenes (y por el temor manifiesto hacia los fenómenos naturales), la genética humana guarda esos ecos ancestrales que cuando retumban con fuerza crean asesinos y monstruos inigualables y fuera de serie. Si a eso se suman las nulas oportunidades en los países tercermundistas, donde la calidad de vida se parece más a una condena carcelaria plenamente escasa de trabajo, buenos salarios y educación de calidad, los resabios del pasado regresan a reclamar su espacio. Con esto no quiero afirmar que en países más avanzados no se cometen crímenes nefandos (sólo hay que pensar en los millones de judíos convertidos en jabón o almohadas), más bien trato de manifestar que el folclorismo latinoamericano puede alcanzar niveles insospechados que van más allá de los “Danzantes”, o los “Voladores de Papantla”. Es como si en la Grecia moderna se descubriera una banda que secuestra señoritas y que tras introducirlas en un intrincado laberinto, son devoradas por el jefe disfrazado de toro.

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Como los héroes, los mitos están recubiertos con una pátina que oculta o tamiza aberrantes prácticas humanas. Si han de permanecer en los libros para el disfrute de la humanidad en formato cuento, novela o épica, que así sea, pues cuando rebasan la línea que los separa de la historia, nos echan en cara el primitivismo que descansa, con los ojos casi-abierto casi-cerrados, dentro de nuestros cuerpos.
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Imagen tomada de: http://www.informador.com.mx/internacional/2009/155895/6/asesinos-y-vendedores-de-grasa-humana-operaban-desde-hace-30-anos.htm

jueves, noviembre 05, 2009

Datos yanquis.


Joe Girardi, manager de los Yanquis de Nueva York, decidió portar el número 27 por el compromiso que hizo consigo mismo de alcanzar el gallardete vigésimo séptimo del equipo más poderos y ganador de las Grandes Ligas. Ayer lo consiguió ¿Cambiará ahora al 28?


Vernon Gómez, apodado “Lefty”, fue un pitcher de origen español que jugó para los Yanquis de Nueva York de 1930 a 1942. Es famoso por haber conseguido seis victorias en las series mundiales de 1932, 1936 (2 victorias), 1937 (2 victorias) y 1938, récord que nadie, hasta hoy, ha igualado.


Miller Huggins fue el manager que llevó a los Yanquis de Nueva York a la conquista de su primer título mundial, luego de haber perdido las dos series mundiales anteriores.


En 1901 los Yanquis se llamaban Orioles de Baltimore. En 1903 se convirtieron en los New York Highlanders. Hasta 1913 fueron bautizados como Yanquis de Nueva York.


Joe McCarthhy y Casey Stengel son los managers yanquis con más títulos de Serie Mundial con un total de siete cada uno. Joe Torre es el que más títulos ha perdido: 8.


Casey Stengel es el único mánager en la historia que ha ganado cinco títulos consecutivos: 1949, 50, 51, 52 y 53.


Los yanquis también son conocidos como “Mulos de Manhattan” o “Bombarderos del Bronx”.


Los yanquis han retirado los siguientes números: 1, 3, 4, 5, 7, 8, 8, 9, 10, 15, 16, 23, 32, 37, 44, de los cuales, todos sus propietarios son miembros del salón de la fama.
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martes, noviembre 03, 2009

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.

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HACE UN PAR de días, urgando entre unas cajas de archivo muerto, encontré quince cuartillas engrapadas, mecanografiadas con una máquina de escribir de muy mala calidad. Son el inicio de lo que años después se titularía El jardín de las delicias. Ideas sueltas, dedazos, mala redacción, frases rimbombantes, personajes con nombres funestos (León Braojos se llamaba ¡Madera!; Arturo F. Segovia ¡Cornelio Menchaca!). Lo que inició como una idea que hizo que mucha gente me viera raro (¿Estás escribiendo una novela?), con el tiempo me otorgó una beca y la enorme satisfacción de haber conocido gente rara como yo, personas que se desvelan mientras debaten entorno a si un libro es bueno o no, o que gastan lo poco que tiene en ejemplares de autores igual de raros. A muchas personas debo agradecer su apoyo valioso: Primero a Joaquín Armando Chacón, Bernardo Ruiz y Orlando Ortiz. A Abril Pozas, Daniela Bojórquez, Maritza Buendía, Luis Felipe Lomelí, Julián Robles, Federico Vite, Laia Jufresa, Sergio Méndez, Gabriela Aguileta, Jorge A. Sánchez, Rafael Toriz, Noé Morales, Jorge Kuri (+), Ali Calderón, Álvaro Solis, Óscar de Pablo, Jair Cortés, Germán T. González, Brenda Ríos, Ernesto Priego, Sigifredo Marín, Paola Velasco, Glafira Rocha, Elvia Navarro, Lobsang Castañeda, Alejandro Román, Vicente Alfonso, Yashodara Solano, Sergio Araujo. A Miguel Limón Rojas y a Eduardo Langagne quiero agradecer profundamente su apoyo para la publicación del libro, lo mismo que a Antonio Ramos, el editor de JUS, la única editorial que aceptó El jardín de las delicias. También a Jimena Nieto, Rosalía González (la primera lectora del texto íntegro de la última versión), Sergio Ramírez Cárdenas y Emilio Aranda (por dejarme escribir en horas de oficina). Por último, pero no menos importante, a mis padres, que soportaron estoicamente mis años de desempleo mientras trabataba de ponerle punto final a la novela, y a mi hermano.
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Para alguien como yo que no tuvo examen de titulación -algún día les contaré por qué-, El jardín de las delicias equivale a una tesis. Sólo espero que todos ustedes sean sinodales alivianados y comprensivos: uno escribe lo que puede.

lunes, noviembre 02, 2009

61*

EL PRIMERO DE octubre de 1961, Roger Maris, jardinero derecho de los Yanquis de Nueva York, se paró en la caja de bateo y vio pasar la primera bola. Era la cuarta entrada del último juego de la temporada regular, tras cumplirse el juego 163 del calendario ampliado de la Liga Americana, pues antes se jugaban 154 partidos. Precisamente durante este juego, el 154 celebrado el 20 de septiembre de 1961, Maris no pudo romper el récord de Babe Ruth, quien en 1927 se voló la barda 60 veces. Únicamente consiguió su cuadrangular 59, lo que, bajo el criterio del comisionado del beisbol Ford Frick, amigo íntimo de Babe Ruth, salvaba para siempre la mítica sombra del gran Bambino.

Ese año no había sido fácil para Roger Maris. Opacado por Mickey Mantle, el gran ídolo de los Bombarderos de Bronx, el joven jardinero derecho nacido en un pueblo de Minnesota, nunca supo cómo manejarse frente a la prensa, que lo tachaba de antipático y pueblerino. Su disciplinada actitud tanto en el terreno de juego como en su apartamento en Queens —en el cual estaba prohibida la entrada a las féminas—, lo alejaba de la imagen bohemia y desparpajada de Mantle, quien parrandeaba sin cesar, rodeado de mujeres, destrozando vehículos y habitaciones de hotel. Conforme la temporada fue avanzando y la prensa especulaba sobre la posibilidad de que alguno de los M&M boys (Maris y Mantle) rompiera el sagrado récord de Babe Ruth, las autoridades del beisbol, a imagen y semejanza de los curas que miran con recelo las investigaciones científicas que podrían poner en riesgo los dogmas de fe, afirmaron que si alguno de los dos jugadores rompía el récord, este podría no tener validez total, pues el número de juegos se había ampliado, lo que otorgaba ventajas a ambos jugadores. Por si fuera poco, la dura afición del Bronx consideraba a Maris como un advenedizo, un jugador más que no encarnaba el espíritu yanqui como Mickey Mantle. Fue tal la presión que Maris comenzó a sufrir de urticaria en todo el cuerpo y a perder el cabello. Se mostraba más agresivo con la prensa y el público desde el graderío lo insultaba sin parar. A pesar de todo, Maris día a día avanzaba hacia la meta. Todo eso debió de pensar parado en la caja de bateo, cuando el pitcher de los odiados Medias Rojas de Boston, Tracy Stallard, lanzó la segunda bola mala. Mickey Mantle sólo había logrado 54 cuadrangulares antes de enfermarse por una infección en una pierna debido a una inyección para curarle un resfriado. Con el camino libre Roger Maris, aunque nunca quiso aceptarlo, deseaba romper la marca.


Al tercer lanzamiento, Roger Maris, con el olfato que caracteriza los vuela-cercas, golpeó la pelota para depositarla en el jardín derecho del Yanqui Stadium, la casa que Babe Ruth construyó, a más de 314 pies del plato (95.7 metros). Cuando terminó de recorrer las bases se metió directo al dugout. El público veleidoso comenzó a aplaudir la hazaña. Exigía con sus palmas y gritos que el nuevo rey del cuadrangular saliera a recibir la ovación. Más que animarlo, los compañeros de Maris lo empujaron hacia el terreno, donde se quitó la gorra y agradeció al público eufórico que durante toda la temporada lo había visto como a un apestado. El nuevo récord de homeruns prevaleció durante treinta y siete años, hasta que en 1998 Marc McGwire, de los Cardenales de San Luis, conectó 70 cuadrangulares. En 2001, Barry Bonds estableció el nuevo récord, con un total de 73, aunque en ambos casos, sus marcas se han asociado al uso de sustancias prohibidas.


A pesar de todo, el récord de Roger Maris sigue vigente en la Liga Americana, sin el famoso asterisco que durante muchos años acompañó como una mancha en un doblón de oro, una de las más grandes hazañas deportivas.



Imagen tomada de: http://www.baseball-almanac.com/players/pics/roger_maris_autograph.jpg

lunes, octubre 19, 2009

Novelista sin novela.

Paperback writer, paperback writer
Dear Sir or Madam, will you read my book?
It took me years to write, will you take a look?
It's based on a novel by a man named Lear
And I need a job, so I want to be a paperback writer,
Paperback writer (paperback writer).
It's the dirty story of a dirty man
And his clinging wife doesn't understand.
His son is working for the Daily Mail,
It's a steady job but he wants to be a paperback writer,
Paperback writer.
Paperback writer (paperback writer)
It's a thousand pages, give or take a few,
I'll be writing more in a week or two.
I can make it longer if you like the style,
I can change it round and I want to be a paperback writer,
Paperback writer (paperback writer).
If you really like it you can have the rights,
It could make a million for you overnight.
If you must return it, you can send it here
But I need a break and I want to be a paperback writer,
Paperback writer.
Paperback writer, paperback writer
Paperback writer, paperback writer
Paperback writer, paperback writer.
1966, The Beatles.

martes, octubre 13, 2009

Así es mi tierra.

En “Así es mi tierra”, Cantinflas interpreta a "El Tejón”, un peón pícaro que ha evitado sumarse a la bola revolucionaria, pero que inteligentemente se hace de los favores del “General”, líder que vuelve a su tierra para descansar de los avatares de la guerra. En una escena memorable que involucra a Cantinflas y a Manuel Medel, quien hace el papel de “Procopio”, fiel escudero del General, ambos pelean por el amor de una joven llamada Cholita, quien en su aparente ingenuidad campirana, sabe bien cómo jugar con los dos hombres. Procopio se ofrece para llevarle un cántaro rebosante de agua; El Tejón interviene y trata de arrebatárselo; Procopio no se lo permite, el forcejeo se hace tan intenso que Procopio, desesperado, arroja el cántaro al suelo. Cholita llora la pérdida y ambos sujetos se retan a un duelo tauromáquico. Algo similar le ocurrió al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), que el sábado pasado contempló la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, paraestatal mexicana campeona en ineficiencia, corrupción y dispendio, que gozó durante decenas de años de contratos colectivos basados no el la búsqueda del bienestar del trabajador y en el crecimiento de la empresa, sino en las prebendas que se obtienen cuando los intereses gremiales se supeditan al poder político. Aprovechando el fraude en las elecciones internas del sindicato donde se disputaron el control Martin Esparza y Alejandro Muñoz, el gobierno decretó la desaparición de la empresa, un cántaro quebrado.

El voto corporativista no ha podido ser erradicado en México. Izquierdas o derechas, cuando son oposición, señalan sus espadas flamígeras a los sindicatos charros y sus dirigencias vendidas al mejor postor, pero cuando acceden al poder se dan cuenta que manteniendo el control de esos gremios, aseguran la supervivencia de su sistema corrompiendo aún más al más corrupto. No son pocas las historias de usuarios que literalmente son asaltados cuando les llega el recibo de la luz, y de las cínicas propuestas de los trabajadores de Luz y Fuerza para solucionar del mejor modo el adeudo. Se había vuelto común observar a una cuadrilla de ocho sujetos de los cuales sólo dos cavaban un hoyo a la búsqueda del registro correspondiente, así como los malos tratos en las sucursales, donde hasta hace poco tiempo se incorporaron computadoras para hacer más eficiente el trabajo, debido a la obtusa visión del sindicato que veía esas máquinas como reemplazo de personal humano, lo que implicaba menos plazas, menos cuotas quincenales a percibir y menos personal para enviar a mítines, marchas y protestas a favor del tlatoani en funciones. Una empresa de más de cuarenta mil empleados y cerca de veinte mil pensionados sangraba las ya de por sí modestas arcas nacionales, implicando un costo anual de más de cuarenta mil millones de pesos. La mexicana cultura de la desconfianza indica que, aunque se liquidó un muy mal negocio, el bien nacional dista mucho de ser le pretexto para llevar a cabo esta acción. Se especula que el fondo del problema es la instalación de la red de fibra óptica en los territorios que controlaba Luz y Fuerza, y que, como ocurre en estos casos, implica un negocio millonario cuyas rebanadas ya están repartidas. De acuerdo con Ricardo Alemán, columnista de El Universal, otro posible motivo es quitarle recursos a Andrés Manuel López Obrador, por la cercanía y apoyo del del SME al movimiento de AMLO. La conveniencia es un capelo que cubre defectos e imperfecciones: a López Obrador parece importarle poco que Esparza ganó de manera fraudulenta la elección del SME (que no fue reconocida por la Secretaria del Trabajo), y no se sabe que le haya exigido un voto por voto, casilla por casilla.

Lo terrible es que, como en el caso de la película Así es mi tierra, en este conflicto que aún no termina, nosotros, la sociedad, únicamente somos testigos de los ajustes de cuentas que se dan en las cúpulas del poder. En la absurda lógica del inconformismo ante cualquier decisión tomada, habrá que esperar el final de este sexenio de pesadilla para descubrir quiénes fueron, si se da el caso, los verdaderos favorecidos con la desaparición de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro.



Imagen tomada de: http://www.eluniversal.com.mx/primera/33762.html (Lucía Godínez)
http://www.diariocritico.com/imagenesPieza/7(3632).jpg

lunes, octubre 12, 2009

Otra del Témoc.

En “Gladiador”, película de Ridley Scott, Russell Crowe interpreta a un general romano llamado Maximus, quien, tras combatir y liquidar los últimos focos de resistencia de los aguerridos germanos, a la muerte de Marco Aurelio, su jefe, es traicionado por el hijo de este, el brutal y codicioso Cómodo (Maquiavelo, en “El Príncipe”, habla sobre las excentricidades de este personaje —que sí existió—, entre las que destacaba su gusto por bajar a la arena del Coliseo para enfrentarse a muerte con los gladiadores. Más tarde fue asesinado por la guardia pretoriana cansada de sus payasadas). Maximus escapa de la sentencia de muerte del déspota. Malherido, es encontrado por unos mercaderes que lo venden en una árida región parecida a África para trabajar como gladiador-esclavo. Su nuevo trabajo lo convierte en un héroe de barrio, en parte por su trato descortés hacia el público, quien, como hechizado, espera sus groserías y desaires para vitorearlo aún más. Como en las ligas profesionales, Maximus va escalando posiciones en el ranking hasta que cumple su sueño de luchar en la arena del Coliseo romano, donde, finalmente se venga de Cómodo y le da muerte. Algo similar ocurre con Cuauhtémoc Blanco, quien a sus 36 años de edad, es el líder indiscutible de la selección nacional. A pesar de su carácter hosco y arrebatado, cada vez que se enfunda la casaca del Tri, el público olvida sus orígenes ornitológicos (el equipo de sus amores fue el América) y se rinde a sus encantos materializados en su perfecto toque de balón, con el que consigue fabricar pases precisos de más de cuarenta metros, goles cantados o soberbias anotaciones, siendo el más famoso aquel que le anotó a Bélgica en el mundial de Francia 1998.
Aunque es medio enjuto y su físico no es el de un Adonis, Cuauhtémoc Blanco posee las aptitudes necesarias de los cracks, que consisten en una picardía a prueba de esquemas y en la cuestionable manufactura de trampas y marrullerías en detrimento del rival. Comparte con los ídolos del boxeo mexicano, el origen pobre de su cuna, aunque se desmarca de ellos porque no se sabe de francachelas escandalosas o de antología. Oriundo del barrio bravo de Tepito, el Témoc, se fue forjando primero en la calle y después en los llanos, donde fue descubierto y enviado al América. Su nivel futbolístico fue mejorando lo mismo que sus gustos por el sexo opuesto, pues desde el divorcio de su primera esposa, jamás se le ha relacionado sentimentalmente con una mujer fea.

De nueva cuenta, el sábado pasado, además de volver a erigirse como el jugador que marca el ritmo del partido y por cuyos pies circulan todos los balones que podrían terminar en el fondo de las redes, anotó el segundo gol que aseguró la victoria y el pase al Mundial de Sudáfrica, frente al modesto equipo de El Salvador. Jugó lesionado, por lo que, minutos después, salió del campo, recibiendo una ovación digna de una estrella de rock. A pesar de sus desaires a la prensa, de las groserías protagonizadas en el terreno de juego y de la monumental bronca que originó durante el encuentro de la Copa Libertadores entre el Sao Caetano de Brasil y el América en 2004, quedó claro que número 10 de la selección nacional es el alma y motor del equipo. Esa tarde se vendieron playeras con la imagen del ídolo de Tepito vestido como santo: el respetable ha decidido canonizar a uno de los últimos héroes nacionales de esta patria abandonada.

Con Cuauhtémoc ocurre algo similar que con Ana Guevara: no se vislumbra a sus espaldas un personaje de su talento. Sembrado como una especia exótica en un país ávido de ídolos y vistorias, Blanco podrá presumir cuando por fin le llegue la hora de abandonar los campos de futbol, de haber vendido más playeras que David Beckham en la liga profesional de Estados Unidos.

Hay algo de encantador en los personajes que además de poseer alguna característica que los hace especiales, destacan por geniudos, arrogantes o irreverentes. ¿La popularidad del Témoc sería la misma si poseyera un físico de ensueño, un rostro de actor de cine o los modales de un refinado conde? Me atrevo a pensar que no, porque con su limitada belleza física se convertiría en un modelo inalcanzable para las masas. La aspiración del “querer ser como el héroe” no consiste tanto en sus dotes inalcanzables, sino en las similitudes de pensamiento, palabra y acción. La ventaja de los defectos físicos es que están al alcance de todos.

Con la mira puesta en Sudáfrica, Cuauhtémoc Blanco no llegará como el jugador más veterano a un mundial (el puesto es del camerunés Roger Milla, 42 años, en Estado Unidos 1990), pero sí como el único jugador mexicano que puede conseguir el inalcanzable, difícil, traumático paso hacia el anhelado quinto partido.


jueves, octubre 08, 2009

Mazinger Z.

LO PRIMERO QUE compré con los diez mil pesos de la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas fue un juguete. Meses antes del fallo que me confirió una de las becas de Narrativa, vivía desempleado, aún mantenido por mis padres, mientras repartía currículos en cuanto despacho de arquitectura encontraba en las listas de la Sección Amarilla. Jamás me llamaron de ninguno, a pesar de que el currículum era una linda animación realizada en Flash, contenida en un mini cedé, quesque para demostrar creatividad (pues los arquitectos son bien creativos). La vida no me llevaba por ese camino y agradezco haber tomada la desviación de las letras. De haber seguido por el camino de la arquitectura me habría convertido en un ser humano triste y frustrado. La tristeza puede borrarse con dinero, alcohol o mujeres; la frustración jamás.

El aviso de la FLM me llegó por correo electrónico. De momento lo que más me alegró fue que por al menos un año libraría las fauces del desempleo, y podría comprarme el juguete que se exhibía en una tienda de cómics frente al Palacio de Hiero Durango, Nostromo se llamaba en ese momento. Era un juguete caro, de esos que ningún padre de familia en su sano juicio sería capaz de comprar para su hijo de cinco años, ni siquiera para uno de quince. No. Se trataba de una pieza de colección, traída desde China y cuyo precio, si mal no recuerdo pues he perdido la factura, rondaba los dos mil pesos, cifra que aún hoy hiela la sangre. Las cosas tampoco fueron sencillas. El primer depósito de la beca tardó algunos días más, debido a que había que recopilar los datos de los veintiún becarios y abrir las cuentas en el banco que cobrara las comisiones más baratas. Una vez con el dinero en la mano fui a la tienda. Ya lo habían vendido. El vendedor se ofreció a conseguir otro de inmediato y cumplió su palabra días después. La pieza podrá parecer de un precio excesivo para muchos, pero su manufactura ha sorprendido a más de uno. Construido de acero inoxidable, todas sus partes son movibles y está provisto de todas las características que de niño observé en la televisión. Cada pequeña pieza se ensambla a la perfección en el orificio que le corresponde, el resorte lanza disparado el misil con que destruyó a decenas de enemigos. Su altura ronda los veinticinco centímetros y puesto sobre la base negra incluida en la caja, luce imponente, como debería lucir un robot de más de cien metros de altura. Se llama Mazinger Z, y fue, quizá, uno de los éxitos televisivos más recordados por quienes vivimos la década de los ochenta y su moderno primitivismo (Atari, Intelevision, videocaseteras Beta); época gris para la música (no existió un género musical dominante); grotesco para la moda (se popularizó la mezclilla deslavada). En una frase: nuestros años maravillosos.

Mazinger Z debe su existencia a la inteligencia del Doctor Kabuto, quien luego de una a visita arqueológica a una isla del mar Egeo, encuentra un ejército de robots que defendían la isla de las invasiones. Sin embargo, otro científico de la expedición, el doctor Hell, que ya desde el apellido y ayudado por sus facciones malandrinescas, se da cuenta que con un ejército como ese podría, ya lo saben, conquistar el mundo (que se compone únicamente de Japón). De alguna manera Hell se hace del control de los robots de la isla y mata a los demás científicos, con excepción del Dr. Kabuto, quien al regresar a Japón descubre en las faldas del Monte Fuji el Japonium, un nuevo elemento más resistente que el concreto e igualmente maleable que el acero. A sabiendas de que el doctor Hell atacará tarde o temprano, Kabuto construye un robot, literalmente, en el sótano de su casa, sin que nadie se dé cuenta. Durante un feroz ataque de Hell para liquidar a Kabuto, la casa es bombardeada, el doctor Kabuto resulta gravemente herido pero antes de morir debajo de los escombros, consigue informarle a su nieto Koji Kabuto sobre lo que guarda en el sótano y su deber de impedir los malévolos planes del doctor Hell.

Ayudado por el doctor Yumi, colaborador de Kabuto en el Instituto de Investigaciones Fotoatómicas, y su hija Zayaka que maneja a Afrodita, robot que lanza los senos para defenderse, el bravucón de Koyi aprende a conducir el enorme robot, para así enfrentar a las máquinas del Doctor Hell, comandadas por el Barón Ashler, caricaturesco Vizconde Demediado, versión hermafrodita que siempre, en el último momento, pierde los combates.


Creado por Go Nagai, dibujante japonés, en México sólo se conoció la primera versión, Mazinger Z, pues posteriormente, nuevas versiones del robot suplieron al vetusto Z. A diferencia de otras caricaturas japonesas, construidas como novelas animadas con introducción, desarrollo y desenlace, Mazinger Z consiste en episodios donde aparecen robots que destruyen ciudades, ponen a Mazinger en apuros, que son vencidos al último momento.

Alguna vez leí en un artículo de la desaparecida revista Arcana que un viajero adquiría un shampoo en cada pueblo que visitaba. Una vez en casa, cuando deseaba rememorar sus vivencias, se bañaba con el shampoo de la ciudad elegida, y el olor lo transportaba hacia esa ciudad lejana. Sin bañarme, sólo necesito sacar a Mazinger Z de su caja para recordar mi infancia y la Fundación para las Letras Mexicanas, sitio al que le debo ser un hombre completo, feliz.



Imagen tomada de: http://3.bp.blogspot.com/_ri7-UZyO74k/Rvq10liMiPI/AAAAAAAAA2U/qS5KgqGB7g0/s400/mazinger+z+2.bmp:

miércoles, octubre 07, 2009

La hora del vampiro.

Recientemente, durante unos de esos despertares lúcidos en que, como chispazos, llegan a la mente imágenes de la infancia, recordé una vieja serie televisiva que trataba sobre un pueblo en Estados Unidos donde ocurren desapariciones misteriosas, debidas a un goloso vampiro. Me fue imposible recordar por mí mismo el nombre de la serie. El único recuerdo vívido que poseía era la imagen de un hombre que salta dentro de una fosa donde descansa un ataúd que acaba de ser enterrado. El hombre abre la tapa y el muerto (que no está muerto) se incorpora y le chupa la sangre.

Cuando llegué a la oficina, por medio de Google hallé el título, tras teclear: “Serie vampiros años ochenta canal 5”. No fue necesario buscar mucho. Bastó con fijarme en una de las páginas sugeridas por el buscador y hallé el título, lo que me dio la certeza de que la serie si había existido: “La noche del vampiro” (1979). El título original en inglés es “Salem’s Lot”. Se trata de la segunda novela de Stephen King —para algunos un mal escritor que vende millones de libros al año, para otros un genio incomprendido—, que si bien es casi imposible encontrarla en alguna librería en México, la serie televisiva puede verse completa en Youtube. De niños todo nos parece demasiado largo; los espacios nos resultan amplios, altos. Ocurre lo mismo con los recuerdos. Salem’s lot fue producida como una miniserie de sólo dos capítulos. Yo la recordaba más extensa, como Don Gato y su Pandilla, caricatura que me pareció eterna. En Youtube bastan poco menos de dos horas para atestiguar el fino manejo del terror en el universo de Stephen King, a quien, es bien sabido, los finales no le salen (basta recordar el fina chafa de Eso (It, 1990) .

El look setentero de Salem´s lot —patillas, solapas anchas, pantalones acampanados— si bien resulta de un humorismo involuntario, no demerita la trama y el manejo del suspenso. Según el propio King antes de escribir la novela se planteó la idea de qué pasaría si el conde Drácula viajara desde Transilvania y se instalara en un pequeño pueblo norteamericano. Entonces interviene el bueno de la serie, un novelista llamado Ben Mears (David Soul), que a la búsqueda de la inspiración regresa al terruño. En el pueblo hay una vieja casona tenebrosa, que desde niño había influenciado al novelista. Su primera impresión al ver de nuevo la casa de sus miedos infantiles, no dista mucho del terror que se encubre por medio del respeto a lo desconocido. En la casa vive un excéntrico anciano italiano que se dedica al negocio de las antigüedades. Una noche, el misterioso hombre que siempre viste trajes oscuros, recibe una entrega especial: una enorme caja que es depositada en el amplio y sucio sótano de la casa. Dentro viene el ataúd del vampiro. Desde ese momento empiezan a ocurrir una serie de desapariciones inexplicables, mientras que otras personas, por las noches, reciben la visita de vampiros que flotan como globos. Ben Mears recuerda que cuando niño ocurrieron sucesos semejantes relacionados con la vieja casa, pero obviamente todos lo tildan de loco, incluida una chica a la que se liga gracias a su charm de literato (siempre usa sacos de coderas y viaja en un Jeep “Renegado”), y que en la primera cita sugiere terminar la velada en “el lago”, que en la muy peculiar cultura norteamericana quiere decir "vamos a follar".

Las desapariciones aumentan así como el miedo de Ben Mears de que su novia pueda caer en las garras de la pandilla de vampiros, cosa que, de acuerdo con las características del género, ocurre durante una visita a la casa tenebrosa. Sin más remedio, Ben Mears entra en la casa y justo al anochecer, sorprende al vampiro en su ataúd y lo liquida clavándole una estaca en el corazón. Un incendio devora la casa y a los vampiros del sótano. La historia no acaba ahí, sino dos años después, en Guatemala. No revelaré el final. Además de malo, será mejor que cada quien se siente frente a la computadora y aprecie La hora del vampiro. Les apuesto que se llevarán algunos buenos sustos.
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lunes, octubre 05, 2009

Calidad en el servicio

A la baja productividad de las empresas mexicanas hay que sumarle el pésimo servicio al cliente. Parece que la vida tomó la decisión de poner a trabajar en el área más delicada de una empresa, el servicio directo al cliente, a quienes la filosa espada de la mala suerte atacó por la espalda o a aquellos que debido a una inexplicable e inexpugnable predisposición genética carecen del sentido básico de la educación. Aunado a que ganan el salario mínimo y que sus patrones les recuerdan diariamente que les hacen el favor de mantenerlos en la nómina, se vuelve un estilo de vida demostrar su inconformidad hacia el miserable sistema capitalista mediante la exhibición de una cátedra de malos modales contra el motor principal del consumo, la razón de ser de todas las empresas: el cliente.

Ya sea en la tienda de la esquina, en una cantina inmunda o dentro de una oficina bien iluminada y distribuida, el trato hacia el cliente es deplorable en México. Como un impuesto que se aplica sin miramientos, la descortesía y la frialdad con que se le trata recuerdan la filosofía patibularia del celador o del verdugo: “Trabajo para vigilarte o matarte. De cualquier manera sales perdiendo”.

La solicitud de un libro o de un disco se atiende con flojera o rezongos. Nada más molesto que la respuesta monosilábica, más parecida a los gruñidos del animal agonizante que se desplaza con la celeridad de un caracol anciano. Hay quienes para no sentirse ofendidos o enojarse de manera innecesaria y gratuita, prefieren buscar por sí mismo en los desordenados anaqueles de las librerías, o entre las interminables producciones de discos compactos, que toparse con esta especie de cancerberos, siempre mal encarados y molestos, para quienes ni todo el oro de Eneas ni las dulces notas de Orfeo serían suficientes para hacerlos modificar su comportamiento. Más bien, y siguiendo esta línea mitológica, hace falta un Hércules que los haga ver la luz o, al menos, que los ponga en su sitio. Del mismo modo en que el asesino llora y suplica cuando tiene encima la mano de la ley, esta nueva casta que conforma el penúltimo pero no menos importante eslabón de las cadenas productivas, sabe con quién meterse. En un frío análisis que elaboran con la precisión de un matemático, determinan a quién pueden tratar como trapeador sin resultar heridos en el ejercicio. Un gafete o una simple playera de cuello tipo chemise parecen otorgarles licencia para maltratar sin miramientos a quien se le ocurra solicitarles un libro, una prenda o lo que se exhiba y sea necesaria la intervención de un vendedor.

La ventaja es que en el país de las llaves y las contra-llaves existe un mecanismo que aplicado a tiempo y con firmeza sobre el empleado de medio pelo, remueve algo en su turbia conciencia y lo vuelve dócil como un cordero. Se llama desprecio. Una mirada clavada sobre sus ojos, un ademán que más que solicitar ordena y una voz un tanto elevada con una pronunciación que saborea cada vocal, estos tres pasos fulminan por completo los intenciones del empleado que harto de su situación de paria, descontento por el trato amargo que le prodiga la productora de sus quincenas, se desquita con el cliente, a quien debiera, si no idolatrar, sí tratarlo respetuosamente, pues de él y sólo de él, depende el bienestar de la empresa y por consiguiente de la conservación del empleo.

La respuesta a esta arraigada cultura de la descortesía no está en la vieja máxima que reza “Si no te gusta tu trabajo, renuncia”, sino en una transformación del concepto mismo de trabajo, que empieza, necesariamente, en el reconocimiento de que los bajos sueldos generan bajas expectativas, ganancias mediocres y empleados tristes y sombríos.

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martes, septiembre 29, 2009

Apuntes para un concierto sinfónico.

El pasado 20 de septiembre se llevó a cabo en la Iglesia de San Juan Bautista de Coyoacán, el Concierto de Gala de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de México, integrada por 180 músicos, y por más de 400 coristas. El presente texto intenta ser una crónica de lo vivido el último día de labores de un Jefe de logística.


UNA SOCIEDAD POBRE y desprotegida que entiende el concepto de éxito como la acumulación de objetos, encuentra válido apoderarse de aquello que se le pone a la mano y negarse a devolverlo por la simple razón de que ese objeto se ha vuelto suyo porque lo vio o llegó primero. De medios caprichosos y anárquicos se vale Fortuna para elegir a sus agraciados; prima hermana de la Justicia porque también es ciega, sus designios inapelables pueden provocar desgracias heterogéneas como estampidas mortales o linchamientos inverosímiles. La imagen no miente: Quique, uno de los técnicos de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, se ha detenido en el pasillo central de la iglesia de San Juan Bautista en Coyoacán cargando tres sillas plegables que pretende acomodar para que la muchedumbre que se apelotona en los distintos altares del templo se mueva y se siente, de pronto se ve rodeado por personas que pretenden arrebatarle las sillas. El fenómeno tan enigmático como universal de la masa que surge de repente allí donde antes no había nada, como afirmó Elías Canetti en su célebre Masa y Poder, se manifiesta frente a los ojos de la Guadalupana, que contempla la escena desde su altar, y de varios integrantes de la orden franciscana, incluido el párroco de San Juan Bautista. La separación Iglesia-Estado llevada a cabo por Benito Juárez en el siglo XIX es aplicada a rajatabla por un cura que no mete las manos en los asuntos de una orquesta perteneciente al estado mexicano. Una palabra suya bastaría para hacer retroceder a la gente que se ha acomodado en los bancos de los contrabajistas, y que ha ocupado una banca de primera fila desoyendo peticiones de las arpistas, quienes explican que en su majestuosa y aparente estabilidad, el arpa es un instrumento que se inclina dependiendo de las notas a ejecutar. En una metamorfosis que se antoja imposible, el párroco franciscano de San Juan Bautista ha resultado más juarista que Juárez.

Las peticiones que amablemente expresa el equipo técnico, al que pertenecí hasta el día de ayer, no son escuchadas. Por más razonable que sea explicar que un pasillo se ha diseñado para que las personas circulen y no para que se apretujen, el público no da su brazo a torcer. Del diálogo de sordos a la confrontación hay un paso. Si una multitud es capaz de llegar a los golpes con tal de escuchar un Te Deum sinfónico, una de dos: o hemos llegado a niveles culturales que ni siquiera los países escandinavos poseen, o la gente se ha equivocado de espectáculo. Un hombre inmerso entre la masa grita y con ello me responde: “¡Que no haya concierto, queremos oír misa!”.

Desde el micrófono donde se solicita a la gente que se dé la mano en señal de paz, el principal responsable del concierto lanza amenazas: “Si la gente no retrocede se cancelará el concierto”. Una sociedad acostumbrada al ultimátum gubernamental como mecanismo para sacar adelante las reformas que el país necesita, no se traga un cuento tan burdo. El mensaje, más que asustarlos o hacerlos entrar en razón, funciona como un atizador gigante que aviva aún más las llamas de un bosque desbordado y seco. En estas épocas, únicamente el virus de la influenza AH1N1 sería capaz de convencerlos. Cuando el público se escuda en el pretexto que el origen de todos los males es la desorganización de los organizadores, lo mejor es retirarse a distancia prudente para no sufrir agresiones.

Las admiradoras de Los Temerarios o de Alejandro Fernández son capaces de pasar varias horas de pie, debajo de los rayos de un inclemente sol o soportando el diluvio universal, con tal de observar el tiempo que dura un suspiro, al icono de su desenfreno. La Orquesta Carlos Chávez se caracteriza, entre otras cosas, además de su bien ganada mala fama, por el escaso público que acude a sus presentaciones los fines de semana en el Auditorio Blas Galindo. Algo extraño ocurre cuando familias enteras se han apoderado de las bancas disponibles con tal de escuchar la composición de un romántico francés de nombre Héctor Berlioz, que en 1849 compuso Te Deum, obra que la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil interpretará a las 19:30hrs.

Tras bambalinas las cosas no son mejores. Con la orquesta desperdigada en los rincones de Coyoacán se sabe que habrá problemas. Si el cura ha decidido no hacer nada en beneficio del concierto, tampoco sus subordinados. El baño, por ejemplo, ha sido clausurado por su guardiana: una anciana chimuela y de mal carácter, que bajo el pretexto de que no hay agua envía a todo el mundo a orinar al Sanborns. La verdad reluce minutos después: como los integrantes de la orquesta y el coro no le dejan ni un centavo de propina, la anciana se desquita en los riñones ajenos.

El sacristán que algunos llaman Sergio y otros Alberto (el sujeto revela ante una pregunta directa que se llama Sergio Alberto) posee el único juego de llaves que abre la puerta del coro así como de la reja de acceso al claustro. En término logísticos se está ante un problema serio que la repentina tormenta agudiza: la reja de acceso al claustro se llena de músicos y coristas que a las 19:20 exigen entrar para alistarse. Sergio Alberto no aparece por ningún lado. Los técnicos de la orquesta lo buscan, gritan su nombre en la sacristía. Nada. No aparece. A las 19:30, la multitud, en un alarde de civilidad, exige puntualidad haciendo sonar sus palmas. Alguien ha localizado al sacristán y abre el candado de la reja. En previsión de que más gente llegue tarde, yo mismo le pido que me entregue el candado, y le aseguro que cerraré la reja en cuanto los artistas entren al concierto. “No puedo”, me responde, “así se me han perdido muchos”. Le digo que no tiene de qué preocuparse. Yo mismo no deseo que la gente se cuele. “No quiero una tragedia ahí dentro.” Desconfiado, el sacristán me entrega el candado con la mirada de quién toda su vida ha sido defraudado, incluso dentro de la iglesia.

Al veinte para las ocho el responsable del concierto agradece desde el altar, franqueado por los más de 400 coristas, la presencia de todos y le cede la palabra al cura franciscano, el juarista de clóset, quien se toma más de diez minutos en un extraño sermón, que no atina a agradecer las bondades del señor ni los beneficios culturales de la música sinfónica. Cuando ambos descienden del altar, el cura se dirige a su asiento de primera fila. Detrás de la orquesta se saludan el director, el tenor y el cura. Los tres se dan ánimos. El tenor le pide al cura que camine a través del pasillo que se abre, en esta ocasión entre los contrabajos y las violas, porque según el protocolo el solista y el director deben entrar juntos para que el público les aplauda. En un arrebato humorístico, el cura se niega e invita al solista a que pase primero. Sus más de ciento veinte kilos de peso son el pretexto suficiente para que el franciscano, con una sonrisa pícara en el rostro le diga: “Usted primero para que me abra cancha”.

El concierto arranca y los ánimos se serenan. Todo parece ir saliendo de acuerdo a lo previsto. Las potentes luces par 64 iluminan por igual las partes de los músicos y de los coristas. Transcurridos más de media hora, en una pequeña capilla ubicada a la izquierda del altar, un olor a quemado evidencia la antigüedad de los dimers que se supone evitan que se sobrecaliente la instalación que nutre a las seis torres de luminarias. De inmediato pienso en la posibilidad de un incendio. Escapar por la iglesia es imposible, lo mismo que por el claustro, pues yo mismo cerré el candado que la reja. Las grandes tragedias no son sino la acumulación de pequeños errores u omisiones. Un leve temblor provocaría una estampida humana destinada al fracaso. Los responsables de la luces tratan de bajar la temperatura con un potente ventilador industrial, pero es inútil. Lo único que separa al concierto de una desgracia es la disminución de la intensidad de las luces. El olor desaparece y a todos nos vuelve el color.

Finalmente, sobrevienen los agradecimientos a los directores de los coros, al solista, al director, a los músicos. Después de la fiesta los técnicos se quedan hasta más tarde para levantar el tiradero. Seguramente terminarán de cargar todo en la mudanza y de depositar los instrumentos en sus bodegas, pasadas las doce de la noche. No he comido. Para ser el último concierto al que asisto como Jefe de logística debo de aceptar que era imposible irme sin una despedida digna que incluyera desorden, caos, peligro y una pizca de sufrimiento.

El Borrego Viudo me aguarda con una ración de diez tacos al pastor, salsa aparte.




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lunes, septiembre 28, 2009

San Juditas Tadeo.

San Judas Tadeo es el santo de moda. Por circunstancias poco claras, dicho personaje no posee una iglesia propia. El sitio de congregación donde miles de devotos se reúnen para darle las gracias o solicitar su intervención (sobre todo para conseguir trabajo), está dedicada a San Hipólito, uno de tantos miembros de la extensa enciclopedia hagiográfica que debiera rogarle al mismísimo San Judas por un poco de público cautivo. Como buen chilango, San Judas encontró acomodo en casa ajena hasta apoderarse de ella.

La fiesta patronal en forma se realiza el día 28 de octubre. Y digo “en forma” porque todos los días 28 de los once meses restantes también se cierra la avenida Hidalgo y la lateral de Reforma entre las calles de Zarco y , lo que desquicia los alrededores de la populosa colonia Guerrero. Desde temprano, un conjunto de vallas metálicas (familiares de las vallas que resguardan a perpetuidad la embajada norteamericana y los alrededores de Los Pinos) se disponen afuera de la iglesia para contener a las mayorías que abarrotan el pequeño templo del primer patrono de la Nueva España, San Hipólito. Decenas de policías agilizan el tránsito y cuidan que ninguno de los fieles devotos que acuden en masa resulte atropellado por un desquiciado automovilista.

Llama la atención la cantidad de adolescentes que caminan presurosos para rendirle honores a San Judas. Con las muñecas repletas de bandas blanco y verde (los colores oficiales del santo), escapularios alrededor del cuello, y portando playeras estampadas con las mil y un imágenes del santo, parecen más asistentes a un concierto de rock. Su popularidad entre los jóvenes es inexplicable sobre todo si tomamos en cuenta que a esos años, la asistencia a cualquier iglesia en un incómodo compromiso que se hace bajo los órdenes dictatoriales de la madre o de la abuelita. Verlos en grupos de tres o cuatro, repartiendo paletas o bombones debido al pago de una manda, hace pensar que estos jóvenes han perdido la fe en la educación o la ciencia y prefieren que mediante una petición fervorosa, San Judas les resuelva la vida.

Después de las autoridades eclesiásticas, los comerciantes son los más beneficiados. El cierre de la calle de Zarco les permite instalar puestos de pan, garnachas, bisutería religiosa, playeras y figuras de San Judas, cuyo tamaño fluctúa entre los dos centímetros y el metro con sesenta (tamaño natural). Los feligreses más devotos presumen de su fuerza física cargando pesadas estatuas del santo, que transportan en el metro o en motonetas, en un acto que revela el nivel al que se han comprometido.

Así como la menstruación de las mujeres ocurre cada veintiocho días, las veteranas prostitutas que se ganan la vida sentadas en las rejas de San Hipólito se ven obligadas a descansar o buscar el sustento en otro sitio, irónicamente, debido a la llegada del día 28, cuando la mayoría de ellas debe transitar el páramo de la menopausia.

El éxito de San Judas Tadeo únicamente es eclipsado por las ganancias que se obtienen en un templo cuatro veces más grande: la basílica de Guadalupe. Sin embargo, cuando llega el día 29, el pequeño templo de San Hipólito recibe la visita de otro grupo de fieles armados hasta los dientes, herméticos, quienes dentro de un camión de valores, depositan en la bóveda de algún banco las ganancias del fervor por San Judas Tadeo.

Sin negar su arraigo chilango, San Judas encarna el deseo imposible del mexicano promedio: la celebración mensual de su cumpleaños, con la excesiva y ardiente concurrencia de centenares de invitados, sonrientes y provistos de regalos.




sábado, septiembre 19, 2009

19 de septiembre de 1985.

En 1985 yo tenía ocho años y cursaba el tercero o cuarto grado de primaria. Entraba a la escuela a las ocho de la mañana. No recuerdo si en esa época todavía acostumbraba bañarme por las noches para no enfermarme por la frescura de las mañanas. Debió ser así porque a las 7:19 de la mañana mi madre me estaba peinando frente al espejo de su recámara. Supongo que mi hermano de cuatro años esperaba sentado en la cama de mis padres a que mi madre terminara de ponerle el uniforme. Entonces el piso se movió. Era la primera vez que sentía un temblor. Mi madre miró el crucifijo que había colgado encima del espejo y miró con terror como el rosario que rodeaba el cuello del Cristo se balanceaba en el aire. Nos abrazó a mí y a mi hermano, hasta que dejó de temblar. Mi padre no estaba en casa porque esa mañana se había ido a cubrir su turno en Televisa Radio, en la calle de Ayuntamiento, en el Centro. No recuerdo si se fue la luz, creo que sí, aunque de haberla encendido habría descubierto que sólo Imevisión transmitía las primeras imágenes de la tragedia. La radio mantuvo sus transmisiones, excepto la XEX donde trabajaba mi padre, y fue donde comenzamos a escuchar los primeros reportes. El Hotel Regis, que jamás conocí, se había derrumbado, lo mismo que la tienda de Salinas y Rocha, en avenida Juárez, donde mis padres habían comprado recientemente algunos muebles. Si el teléfono funcionaba no lo recuerdo, pero mi madre trataba inútilmente de llamar a la estación para saber si mi padre estaba bien. Entonces escuchamos la célebre crónica de Jacobo Zabludovsky, quien aborde de su Mercedes- Benz equipado con un teléfono no inalámbrico, se dio a la tarea de recorrer las calles devastadas hasta llegar a Televisa, en avenida Chapultepec, donde narró que el edificio donde estaban los estudios y sus compañeros había desaparecido. Tiempo después mi madre nos confesó que ella pensaba lo peor respecto a mi padre. No supimos de él hasta los doce del día, cinco horas después del sismo. En broma, los hermanos de mi padre molestaban a mi madre diciéndole que más que preocupación en esas horas de incertidumbre, ella se frotaba las manos pensando en el seguro de vida que habría de cobrar vestida de luto.

Ahora que vivo en un edificio más alto y más viejo, que ha resistido los dos temblores más fuertes ocurridos en la ciudad (1957 y 1985), cada vez que tiembla observo el plafón y me pregunto si se tratara del siguiente terremoto, aquel que los científicos temen, aquel que duerme, ojalá que por mucho tiempo más, entre las placas tectónicas que atraviesan y circundan este país.


Imagen tomada de:
http://www.revistaitec.com/blog/wp-content/uploads/2008/05/terremoto_1985_torre_la.jpg