lunes, octubre 09, 2006

Dínamo de Kiev.

Hay equipos que literalmente se juegan la vida en la cancha y aún ganando, pierden. El Dínamo de Kiev, célebre equipo de Ucrania, participó en uno de los partidos más dramáticos de la historia. Luego de la intempestiva invasión alemana a la Unión Soviética, en 1942 los jugadores del Dínamo se enfrentaron a una selección alemana que el mismo Hitler se encargó de formar. Los jugadores ucranianos habían sufrido hambre y penurias; habían visto como la Luftwaffe destruía sus hogares, y contemplaron, aterrados, como las tropas del ejército rojo mataban a quienes se negaban a combatir a los nazis.

Antes del silbatazo inicial los alemanes pusieron en claro las condiciones del partido: si acaso ganaban, morirían. A pesar de su terrible situación y del miedo, los jugadores del Dínamo, a sabiendas de que su destino no sería promisorio dentro de las barracas de algún campo de concentración en Polonia, hicieron lo que más les gustaba en la vida: jugaron futbol con la dignidad que distingue a los grandes equipos y derrotaron a los alemanes.

Esa misma tarde el equipo entero fue fusilado. Todos los jugadores llevaban puestas sus playeras del Dínamo.

lunes, octubre 02, 2006

CATÁLOGO DE MUJERES III

Sandra

Sandra era el tipo de mujer que, cuando les dices a tus amigos tus amigos “ella fue mi novia” no lo pueden creer. El salto cualitativo de Beatriz a Sandra fue abismal, como el de Bob Beamon en el 68. Pelo enchinado castaño claro, tez blanca, boca pequeña, suculenta. Senos perfectos, firmes y dignos, cuyos pezones resaltaban como bolitas de plastilina debajo de la playera del uniforme o de los bodies que usaba regularmente. Lo único que no me gustaba era su nariz (un poco chueca) y sus piernas: demasiado flacas, como popotitos. Pero comúnmente usaba pantalones de mezclilla así que ni se notaba la pobreza de sus piernitas. En cambio, la curva de su trasero, resplandecía por sí sola.

Conocerla fue un hecho casual. Algo que me causaba muchos conflictos, pues el azar se había encargado de definir muchas cosas en mi vida, menos aquellas que deseaba con fervor.
Caminaba todas las mañanas para llegar a la preparatoria, cruzaba Revolución, andaba una cuadra por Progreso, daba vuelta en Zetina y de ahí derecho hasta La Salle. Y todos los días me encontraba a Sandra, que hacía el recorrido en sentido opuesto al mío sobre Progreso, daba vuelta en Zetina hasta Franklin, atravesaba Revolución, luego seguía por Vicente Eguía y entraba al Hispano Inglés. Todos los días durante cuatro meses la misma escena: la niña vestida de uniforme azul, mochila al hombro, pelo húmedo, y su mirada contra la mía. La odiaba en serio porque me parecía una pinche mamona. Altiva, presumida, engreída, todo eso pensaba cuando me la encontraba de frente sobre la acera opuesta de Zetina.

Al paso de los días, el encuentro se hizo rutinario y ya no me interesaba.

Sergio, un compañero de la preparatoria me invitó a una fiesta que organizaba su hermana. Él vivía como a dos cuadras de mi casa y la noche de la fiesta llegué puntual, para ver si pescaba algo, porque no quería perder mi agilidad con la lengua, prácticamente entumecida después de dos meses sin acción. Como la hermana de Sergio era más grande, sus amigas también lo eran y ninguna estaba interesada en hacerle caso a unos pinches prepos. En un momento dado, sonó la campana (porque la casa de Sergio es como un rancho, con patio en medio, pozo, muchos animales y no tiene timbre) y cuando su hermana regresó a la casa con una nueva invitada me quedé sorprendido al ver a Rosita Fresita, que era como apodaba a Sandra. Me la presentaron, porque además de todo, la niña era popular: la mamá de Sergio se desvivía por atenderla.
A diferencia de otras fiestas, las mujeres eran mayoría así que no fue difícil platicar con ella tomando en cuenta que teníamos algo en común.

—Tú y yo nos conocemos, ¿verdad?
—Sí, todos los días nos encontramos en Progreso.
—Yo soy Santiago, mucho gusto
—Igualmente, yo soy Sandra.

Cuando vino a comer a mi casa, semanas después, mis papás quedaron encantados con ella. Qué simpática tu amiga, me decía mamá. Venía muy seguido a jugar póquer o lotería y casi siempre nos limpiaba el dinero de las apuestas. Nuestra amistad se fue consolidando y así empecé a conocer los problemas familiares que enfrentaba. Sus padres se habían separado hacía muchos años. Ahora, su papá trataba de reconstruir su vida. Ya tenía una hija con otra mujer y vivía en San Pedro de los Pinos. Ingeniero de profesión, las malas decisiones lo hicieron perder su fortuna. La mamá de Sandra había sido educada para ser una dama. De origen francés, estaba acostumbrada a contar con servidumbre, viajar cada vez que podía y gastar sin límites: una vida de reina. El padre de Sandra, ya arruinado, no quiso o no pudo sujetar a su mujer y hacerle ver que las cosas no podían ser como antes. Así comenzaron los pleitos hasta que el padre se fue.
Sandra era una buena alumna, y su preocupación era que al terminar la prepa no podía pagar una universidad privada. Todavía faltaba tiempo para eso pero cada día que pasaba la presión era insostenible. De ahí que Sandra prefiriera la compañía de mi familia para no estar en su casa discutiendo con su mamá.

En uno de los torneos de póquer en mi casa, salimos a comprar unos refrescos. Ese día andaba mal vestido, pues mi aspecto personal me había dejado de interesar desde que corté con Beatriz. Despeinado, sin importarme, Sandra me regañó: “¿Por qué no te peinas? Para qué si no tiene caso, a nadie le importa. No te creas, no te creas a alguien si le interesa. ¡Sopas! Como yo siempre he sido muy pendejo para entender indirectas, no le di mucha importancia al cometario sino hasta después, cuando la fui a llevar a su casa (su casa estaba en la calle de Murguía, por lo que caminábamos un tramo de Progreso, la misma calle donde vivía Beatriz pero cuadras más adelante). De regreso, trataba de entender lo que Sandra había dicho. ¿Era a ella a quién le importaba que me peinara y que me viera bien arreglado? Quizá lo dijo porque es mi amiga y le interesa que no ande como un vago. Una niña como ella no se fijaría en mi, conoce chavos más grandes, con coche, dinero…

Pero Sandra daría otro paso, porque cuando una mujer se decide por alguien, nada la detiene. A los pocos días, volvimos a vernos y me dio una carta. Fue necesario que el contenido de la misma lo analizara con un cuate de la preparatoria para saber qué quería decirme en realidad. La carta, que perdí por desgracia al dejarla dentro de un libro que vendí en un bazar, decía algo así como que ella quería estar conmigo como amiga o como lo que yo quisiera. La verdad no podía creerlo. Sandra era una mujer hermosa y se estaba fijando en mí. Esa tarde fui a verla. Ella iba de salida para arreglar en la Salle lo respectivo a la beca que estaba tramitando para estudiar Administración. Con ingenuidad, le dije que no entendía plenamente los comentarios de su carta. Ella repitió lo mismo: Santiago, si quieres ser mi amigo, eres mi amigo, si quieres otra cosa, sólo dímelo. Con tal claridad cualquiera entiende, hasta yo.

¿Quieres ser mi novia? Claro, pensé que nunca me lo ibas a decir.

El camino hacia la Salle ni siquiera lo noté. La vida no era tan ingrata después de todo. Ya Beatriz podría pudrirse en el fondo del infierno o del desagüe. Veía las cosas de otro modo, los colores eran más nítidos, la mano de Sandra estrechaba la mía con fuerza. Tenía que besarla. Ya no le pedí permiso, para qué, la detuve con cuidado y ella interpretó perfectamente la señal. Sentí su lengua pequeña enroscarse con la mía y pedía al cielo no volver a hacer aquel ruido de gato. Por fortuna no hice ninguna tarugada. Los senos de Sandra se estrujaban en mi pecho mientras que la erección se levantaba con rapidez.

Por desgracia, los problemas empezaron en ese momento.

Sandra visitaba subrepticiamente a su padre, y a veces cuidaba a su media hermana, que era igualita a ella. En un momento dado, la madre se enteró de las visitas y la corrió de la casa por ingrata. Para acabarla de chingar, los fines de semana ella trabajaba en funciones de teatro guiñol y su jefe inmediato se quería pasar de vivo con ella. Renunció por el acoso quedándose muy pronto sin dinero y sin casa.

El papá no tuvo problema en aceptarla en su casota de San Pedro de los Pinos, una construcción muy vieja y descuidada, llena de cuartos gigantescos. A Sandra le asignó un cuarto pequeñito, al que se llegaba subiendo una escalera estrecha.

Cuando conocí a su papá le caí muy bien, cosa rara en el según Sandra porque era muy celoso. Me preguntó que quería estudiar. Arquitectura, señor, le respondí. Como el era ingeniero civil hizo todo lo posible para convencerme de que lo mejor era estudiar ingeniería como él pues la arquitectura, además de que era para jotos, la administración de obras se convertía en el piedra clave del asunto, dejando el diseño de lado.

Esa tarde, el señor se fue con su mujer y su hija y nos dejó solos en la casa. Según Sandra, era algo inédito. Su padre nunca la hubiera dejado con nadie y mucho menos con un hombre. Pero como yo le di confianza y él ignoraba que andábamos, se marchó en paz. La malicia comenzaba a brotarme lentamente así que no perdí tiempo ni ella tampoco. Me pidió que le ayudara a arreglar su recámara. Subimos por la escalerita y, hasta más tarde caí en cuenta del detalle, la recámara estaba ordenada perfectamente.

Me senté en la cama y comenzamos platicar hasta que se me acercó y empezamos a besarnos. La lucha de nuestras lenguas era encarnizada, ninguna cedía terreno. De inmediato, la erección me hizo a acomodarme con disimulo el pantalón porque la punta del pene rozaba en la mezclilla. No sabía si irme sobre ella despacio para que fuera tendiéndose en la cama. En eso, ella comenzó a jadear despacito, sudaba profusamente, y a decir verdad, yo también sentía un calor espantoso. Sus pezones de plastilina se volvieron roca y al rozar sus enormes senos descubrí que su consistencia no tenía nada que ver con la gelatina. Estaban duros, lo cual me sorprendió bastante.

Yo no traía condones. Jamás había tenido uno en la mano ni me había puesto uno. Solo faltaba que le desabrochara el pantalón y avanzara inexorablemente hacia el objetivo cuando sonó el timbre. ¡Mi papá! Puta madre. ¡Ponte el suéter, vete a la sala, péinate! Tienes la boca hinchada. ¡Cállate y hazme caso!

Cuando cumplimos el primer mes, no tenía dinero (qué raro). Sólo pude llamarle por teléfono. Le propuse que por lo menos nos viéramos la cara pero ella tenía que salir con su papá. Iban a visitar la madre de su madrastra. “Bueno pero no tienes que ir” “Lo siento, me llevan a fuerzas”. Ni modo. Con esta iban tres veces que no salía conmigo por ir de visita con su papá. Me empecé a preocupar.

Cerca de mi casa, una oficina del Monte de Piedad me hizo pensar cómo obtener dinero para salir con mi novia. Revolví los casetes que ya no escuchaba mi papá y me los llevé. Se los vendí a los Coyotes a buen precio, el suficiente para celebrar en el Kentucky. Como quería darle la sorpresa, caí en su casa sin avisarle al día siguiente. Pasé primero al mercado Mixcoac y le compré unas flores.

“Mi amor, feliz aniversario”. Ella se emocionó y pasé a la estancia. “¿Y tú papá?” “Ahorita regresa”. “Vamos al Kentucky a comer”. “No puedo, vamos a salir”. Focos rojos. Problemas cerca. Dile lo que sientes, Santiago, la verdad ante todo.”Pero amor, hace mucho que no nos vemos”. “Santiago, no puedo hacer otra cosa” “Sandra, en serio, esta situación no creo aguantarla” Ella se pone roja, está enfadada. La hice enojar. “Pues no puedo hacer otra cosa, Santiago. Si no aceptas mi vida como está, lo siento”.

Ese día llovió y regresé caminando a casa. Completamente mojado, odié la lluvia por su tino. “En buen momento llueve. Mi novia está furiosa y ya valió madres”.

Los perdedores como yo no deben tener novia en tiempo de lluvias. El agua acaba con la relación más firme.

La llamé al día siguiente y como era muy orgullosa, seguía ofendida por lo que dije. “Pensé que estabas conmigo, pero sólo te interesa que salgamos” “No, amor las cosas no son así. Ponte en mí lugar” “Santiago, no tengo escuela, mi mamá no me habla, mi papá no tiene trabajo, no tengo tiempo para pensar en otras cosas”

Tómala, esto se acabó.

Días después, Sandra terminaba la preparatoria. Su futuro era negro. Yo terminé el segundo años de la prepa con buenas calificaciones. Para premiar el esfuerzo de Sandra y sus amigas, el Hispano organizó un viaje de graduación. Otro suplicio. Ella no podía asistir por falta de dinero. De buenas a primeras, quien sabe cómo le hizo, de algún lugar sacó dinero y se fue en avión con sus amigas. Las cosas seguían mal entre nosotros pero la relación se sostenía. Cuando nos despedimos por teléfono me dijo: En cuanto regrese te llamó. Será una semana y platicamos de lo nuestro. Estuve de acuerdo, la distancia nos sentaría bien para reflexionar sobre nuestros errores. Pasó la semana y su llamada nunca llegó. Como no quería insistir ni verme tan desesperado, esperé a que cumpliera con lo pactado. Una semana después de que supuestamente había regresado, su llamado no llegaba y la verdad, como me pareció que yo no había hecho nada malo, sino exigirle seriedad en nuestra relación, el orgullo me salió y no le hablé más.

Un mes después, sabiendo que ya nuestra relación se había terminado, me llamó para reclamarme. ¿Por qué no me llamaste tú? En eso no quedamos. Claro, en eso no quedamos. Ya pensaste que tal vez pudo pasarme algo. Sí, Sandra, pero no te pasó nada. No cumpliste tú promesa. Así de simple. Mira la verdad es que no puedo tener una relación estable en este momento tan difícil. Tengo que trabajar para pagar el financiamiento que me dieron en la Salle.
Colgó y ahí terminó todo, pero meses después, ya en el último año de la Prepa, me enteraría por Arturo —él la conocía porque estudió dos años en el Hispano— que durante el viaje de graduación a Zihuatanejo, Sandra se enredó con un cabrón que creo que yo conocía, por lo menos de vista.

Pinche vieja, me puso el cuerno y todavía llamó para reclamarme, que se vaya a la chingada.
Meses después, Sandra abandonó la universidad para siempre. La beca que la Salle le dio no era tal sino un financiamiento que la obligaba a pagar mucho dinero cuando ella terminara de estudiar. Las razones por las que no aceptó el apoyo, las ignoro. Lo último que supe fue que trabaja en Price Club y que poco a poco había ascendido en el escalafón gracias al apoyo de una jefa justa. Supongo que, a estas alturas del camino, debe estar casada y con hijos.

miércoles, septiembre 27, 2006

Para todos aquellos que han escrito al autor de estas líneas pidiendo que se publique una foto real para saber quién es el grosero que habla de enanos violadores y de mujeres con bigote y zapatos sucios, aquí se presenta la siguiente placa sin retoques ni fotomontajes. ¡Así soy, pues!

sábado, septiembre 23, 2006

Nuestra querida sección: Cuéntame un cuento.

Sólo salida

Existe una salida del metro Centro Médico que claramente dice Sólo salida. Si alguien se atreve a desobedecer la regla escrita en el anuncio luminoso, un enano, oculto entre las sombras de esta salida lóbrega y sucia por el desuso, castiga a todo aquel que por cansancio o valemadrismo decide bajar por ahí aun y cuando, como ya se mencionó, está prohibido. El enano, con un palo grande forrado de terciopelo rojo, semejante a un bat de béisbol, propina un golpe en los güevos al desordenado. Algunas víctimas caen al suelo donde se revuelcan de dolor, otras se recargan contra la pared al tiempo que sus manos, tardíamente, se juntan en las ingles para proteger las denominadas partes nobles. En cualquier caso, las víctimas, que inútilmente tratan de distinguir en la oscuridad al atacante, comprueban en carne propia que la leyenda del enano rompe-güevos es verazmente dolorosa.

Lo peor no es eso. Se dice que otro enano, con una verga gigantesca que le arrastra cuando camina, ronda a veces por ahí, buscando a otro desordenado. Con paciencia, aguarda a que su colega rompe-güevos haga su trabajo, y entonces, cuando la víctima yace en el piso o busca consuelo en algún rincón, el enano de la verga gigantesca le arranca los pantalones y con su carne maltratada, sangrante a veces por las costras que le provoca la fricción contra el suelo, lo viola sin piedad. Por eso dice el anuncio, bien claro: Sólo salida.


jueves, septiembre 21, 2006

No se pierda los relatos de: "CATÁLOGO DE MUJERES"

Eva
En el principio, la información. Hay que estar enterado de los problemas que agitan al país y a este mundo donde nos tocó vivir, formarse una opinión, por lo menos para tener plática en una fiesta y con suerte (con mucha suerte), impresionar a una chavita.

Después de levantarme —no sin muchos trabajos—, salgo del departamento a comprar La Tribuna. Las zapaterías levantan sus cortinas y tiro por viaje la dueña del puesto de periódicos discute con las empleadas de El gallo de León cuando inundan la zapatería y la acera con una marejada de agua y jabón que humedece las revistas y las hace invendibles.

Poco a poco la avenida va llenándose de coches y claxonazos como respuesta a la incapacidad vial de algunos conductores; a ambos lados de la calle, decenas de personas se dirigen al metro. Mientras la doña me da el cambio, leo la primera plana pero un chiflido me interrumpe. En un momento dado, mi pensamiento deduce, en un mecanismo que no puedo explicar, que el chiflido se parece al de ayer y también al de anteayer. ¡Basta de casualidades! Estoy harto de suponer que la vida es una cadena de coincidencias. Otra vez el silbido, semejante al que lanzan los hombres cuando una mujer de no malos bigotes se pasea por ahí. Vuelvo mi rostro hacia la zapatería de Armando, el libanés, El gallo de León. Una de las empleadas, en plena faena de limpieza, se ríe justo cuando la observo. A su lado, otra empleada vuelve su cabeza rápidamente hacia el suelo mientras exprime un trapeador. Las dos ríen, y algo murmuran entre sí. Sin dar importancia al detalle, regreso a casa para leer el periódico y seguir disfrutando de las vacaciones.

Al día siguiente, la rutina indica que al levantarme debo ir al baño, orinar con escándalo y espuma, echarme agua en la cara, eliminar la saliva seca de la boca si es que existen rastros, desalojar de los ojos, con los dedos índices, las legañas del sueño y utilizar el agua para aplacar el cabello. Las buenas conciencias dicen que lo primero que uno debe hacer al levantarse es cepillarse los dientes. Yo lo hago después de desayunar, de preferencia cuando estoy en la regadera.

Un chicle de hierbabuena me quita el sabor a centavo en la boca. Quiero saber si Marcos y sus huestes, han traspasado de nuevo el cerco del ejército, allá en Chiapas. En la calle, el barrendero junta los desperdicios del fin de semana mientras la barredora eléctrica humedece la calle al tiempo que sus escobas giratorias atrapan algunos papeles.

La señora del puesto, con sus bigotes de aguamielero, me ve a la distancia, antes de cruzar la calle de Maceo, y busca el diario que guarda dentro del puesto. “Si no se lo aparto, lo vendo, joven”, me dice mientras observo sus plastas de maquillaje que la hacen parecer artesanía del mercado de San Juan. El chiflido aparece casi de inmediato. No hay duda: proviene de la zapatería. Alguna de las dos empleadas silba cuando me ve. Es un piropo hacia mí.

La señora del puesto, divertida con lo que sucede, ríe y me pregunta: “¿Quieres que te presente a la Eva?”

“La Eva” repito yo, con sarcasmo. A mí que me importa la empleada de una zapatería, pienso. Camino rápido a casa antes que “la Eva” venga a conocerme.

Pero la emoción es inocultable. A una admiradora no se le hace el feo y como quiera que sea se siente bonito. ¿Será en serio o sólo la hace para molestarme? Pues a averiguarlo de una vez, la cochina duda me mata e interrumpe mis pensamientos. Pero primero un regaderazo, no voy a caminar por ahí con el pelo revuelto y la ropa que me puse ayer.

Ya de regreso a la zona de los chiflidos, camino despacio, con seguridad. Me puse mi camisa nueva. La bigotona debe estar dentro del puesto, ya que no la veo estorbando con su gran volumen el paso entre la zapatería y el tugurio donde se gana la vida. Paso por la entrada del Gallo y disimuladamente, por el rabillo del ojo, busco a la tal Eva. No se ve recargada en la vitrina esperando un posible comprador. Debe estar en la bodega guardando zapatos. Ni modo. Pero falta el regreso. Voy por un mazapán, a la tienda de Antonio, así hago tiempo y espero a que salga de la bodega. Ahora sí, al fondo, está “la Eva”. La miro unos segundos, se da cuenta que la observo, se lleva los dedos índice y medio a la boca y chifla como arriero, con fuerza, lastimando el tímpano de su compañera, que celebra la acción con una risotada. Bueno, de algo estoy seguro: me chifla a mí, pero está muy pinche fea.

Eva es delgada, de piel más pálida que blanca, pantorrillas delgadas, casi pegadas a los huesos (raquíticas diría yo). De sus encantos mejor no hablo. El color de sus ojos es extraño: a veces parece de color violeta y luego gris. No usa pupilentes, eso está claro. Pelo oscuro, hasta los hombros. No es mala onda, pero no puedo platicar de nada con ella. Terminó la secundaria con trabajos, según me platicó el otro día. He notado que sus zapatos piden un relevo con urgencia —y eso que trabaja en una zapatería— al igual que el resto de su ropa roída por todas partes. Pero que puede hacer: le pagan el mínimo.

Hace tres días me dio su número telefónico e insiste con que le hable por la noche. Estoy llevando muy lejos este jueguito. Yo tengo la culpa por llevarle mazapanes cada que pasó por ahí, como si no tuviera cosas qué hacer. Mis caminatas acostumbradas en busca de chavitas por las cercanías del barrio las he modificado: vaya a donde vaya, tengo que pasar por la zapatería. La Eva cree que ahora la cosa va en serio. ¿Para que la llamo si yo no quiero nada con ella? Pues ahora le hablas, cabrón, por andar dándole alas, me digo.

Por la noche a eso de las nueve, marco el número. ¿Dónde vives? En Puerta Grande. Puta madre, zona residencial. ¿Y qué haces? Toy viendo la novela. Qué padre. ¿Tienes hermanos? Sí, un hermano más grande. Es taxista. Estupendo. El cuñado perfecto. Sale, Eva, hasta mañana. Hasta mañana.
Así no se puede, de veras.

Los siguientes meses, me levantaba cada vez más tarde, por lo que mi mamá iba por el periódico. Dejé de ver a Eva como dos meses. Un día me levanté temprano y fui por La Tribuna. Cuando llegué al puesto, busqué a Eva trapeando la zapatería pero no estaba. Ni siquiera la otra que se reía con ella por los chiflidos. Dos empleadas que no conocía, trapeaban. ¿Oiga señora, y la Eva?, le preguntó a la bigotona. “Ya no trabaja aquí, joven, quesque se iba a poner a estudiar para no ser una zapatera”.

La Eva se fue y no me despedí de ella. Mejor. Las clases sociales no pueden mezclarse por más que se quiera.

Meses más tarde, como a las nueve de la noche, regresaba a mi casa y me la encontré. Iba abrazada de un tipo de aspecto temible. Me dio temor. Creí que, buscando venganza por haberle hecho de chivo los tamales, azuzaría al tipejo ese para que me golpeara. No pasó nada pero cuando sus ojos me miraron fijamente, creí que iba a valer madres.
Ilustración: Adán y Eva de Ángel Zárraga (1904).

miércoles, septiembre 20, 2006

¡¡¡IMPACTANTE NOTICIA EN RUSIA!!!

Как умирали хоккеисты СКА
попросили заслуженного тренера России Валерия Шилова и защитника команды Константина Меньшикова. - 25-й чемпионат СССР получился захватывающим. Команды были как на подбор: игроки техничные, с хорошей «физикой». Ленинградские армейцы пахали с утра до вечера. В этом особая заслуга старшего тренера команды Николая Пучкова. Он использовал в тренировках все современные методики. И, самое главное, был честолюбивым, мечтал добиться максимального результата. Здорово поддерживали нас и болельщики. Хоккей был тогда на подъеме, народ валом валил на стадион. Все время стояла проблема лишнего билетика.Решающим для нас стал матч 22 апреля с московским «Спартаком». Поединок в «Юбилейном» был невероятно напряженным и закончился нашей победой - 4:3, - вспомнил Валерий Васильевич.- Как город отмечал бронзовые медали?- Эта бронза была сродни чемпионству. Команды были очень сильные, выиграть медали тогда считалось подвигом. Особенно мне запомнился торжественный вечер в Доме офицеров. Были подарки от Ленинградского военного округа. Но всех нюансов уже не помню.
IMPRESIONANTE ¿NO LO CREEN?

Nuestra querida sección: Piérdete este libro


La invasión. Ignacio Solares (Chihuahua, 1945)

Fantasmas verdaderos protagonizan la nueva novela de Ignacio Solares, La Invasión, editada por Alfaguara. Y al hablar de fantasmas no me refiero a formas etéreas o a espíritus chocarreros que traspasan el umbral del más allá para manifestarse en nuestra realidad, sino a que los personajes del libro carecen de alma, cuerpo y fuerza. El tema, —utilizado por Solares como escenario de fondo donde se desplazan sus espectros—, no podría ser mejor: la invasión norteamericana de 1847, la misma que le costó a México más de la mitad de su territorio. Sin embargo, si algún lector potencial pretende encontrar en las páginas de esta “novela” un registro detallado de batallas, cañonazos, declaraciones políticas, destierros, traiciones o caballos desbocados sólo encontrará aproximaciones.

El objetivo principal de la novela es escuchar la crónica-biografía-dictamen-historia escrita por Abelardo, el protagonista-narrador. Literalmente, Abelardo es un hombre sin oficio ni beneficio —ni apellido—, pues gracias a su “posición económicamente desahogada” no se dedica a nada, salvo al muy socorrido y gastado anhelo de convertirse en escritor.

Magdalena, la esposa de Abelardo, —tampoco tiene apellido—, anima a su esposo para que termine de una vez por todas el texto sobre la guerra del 47. El problema es que Abelardo confunde los géneros y narra su insípida, incolora e inodora autobiografía, restándole importancia al tema de la guerra.

A Magdalena, Ignacio Solares la construyó como una mujer de pretensiones intelectuales, aspirante al título de primera feminista mexicana. Lo malo es que cuando habla pontifica, dedicándose, a lo largo y ancho de la novela, a recomendar qué leer, qué decir y cómo comportarse, debilitando su ya de por sí pálida sombra.

Un gran acierto de la novela es la inclusión del cura español Celedonio Domenico de Jarauta, uno de tantos ausentes de la historia oficial, quien dedicó parte de su corta existencia a luchar contra el invasor por medio de una guerra de guerrillas. Según la novela, Celedonio Domenico de Jarauta disparó contra el soldado yanqui que pretendió izar la bandera de las barras y las estrellas en el Zócalo tras la caída de la ciudad, provocando una efímera revuelta capitalina, sofocada a sangre y fuego. Tras ser herido, el cura español se refugia en casa de Abelardo, ubicada en la señorial y veraniega Villa de Tacubaya, siendo este el único hecho substancial en la insignificante vida del protagonista.

Me queda claro que La Invasión fue escrita a las carreras. Una muestra clara es el triángulo amoroso escenificado por Abelardo con su novia Isabel y la madre de esta, también llamada Isabel (además, como dos personajes comparten el mismo nombre y ninguno posee una voz propia, se le complica al lector saber quién está hablando y se vuelve confusa la historia). Cuando el suegro de Abelardo, esposo de doña Isabel y padre de la niña Isabel, se entera de la situación, amenaza con matar al yerno por deshonrar su nombre. Sin embargo, mientras el lector avanza para llegar al punto en que Abelardo se encuentre con su rabioso suegro y se batan en duelo, Solares apuñala el desenlace con una salida digna de una telenovela de Televisa: envía al destierro cubano a toda la familia de doña Isabel. Entonces, ¿cuál es el objeto de abrir un camino que el propio autor dinamitará páginas más adelante?

Solares convierte a sus personajes en exiliados políticos con tal de proseguir con la crónica que Abelardo ni siquiera puede escribir solo, pues intercala en su narración los diarios de un médico amigo suyo, el doctor Urruchúa, cuyos testimonios sobre las dramáticas escenas de la guerra, así como las heridas que ayuda a curar, se convierten en las únicas ventanas por las cuales el lector puede asomarse a la invasión norteamericana.

Así, por una parte tenemos a un protagonista sin nombre ni fuerza para serlo —Abelardo—, y por otro, a un doctor de apellido rimbombante y de difícil pronunciación —Urruchúa— que interrumpe la crónica del primero. Si a eso le agregamos las presuntuosas y aburridas declaraciones de Magdalena, nos encontramos con una novela endeble, a la que le faltó reposo dentro del cajón, y tiempo para madurar en la mente del autor.

Un libro editado por Alfaguara no garantiza su calidad. De ahí que la labor de los editores sea muy importante, pues son ellos los responsables de construir a los lectores, a través de la publicación de obras relevantes y no de textos escritos con la premura de quien debe cumplir con los plazos y las obligaciones de un contrato.

lunes, septiembre 18, 2006

PIRATERIA ES AZAR.

Comprar piratería es someterse a las fuerzas siniestras del destino y a la correcta posición del rayo láser de un quemador. Piratería es azar, un acto de fe fundamentado en el volumen de compra, porque entre más artículos se adquieran a la vez, las posibilidades de fracaso frente a la computadora o el estéreo disminuyen, y se evita la molestia de regresar en busca del mercader quien, de buen agrado más una comisión extra, cambiará el producto defectuoso por otro que se supone servirá.

El éxito comercial de la piratería se basa en tres axiomas, uno de índole económico, otro cultural y moral: la búsqueda a ultranza del precio más bajo, la aceptación inconciente de todo aquello que está mal hecho, y la convicción de que reproducir ilegalmente propiedad intelectual no molesta a nadie, siempre y cuando ningún familiar trabaje para la empresa afectada: el cielo un pirata en cada hijo te dio.

Una de sus fortalezas se basa en su inexorable apego a la mala calidad, que bajo el escudo del precio irrisorio encuentra un efectivo argumento: ¿Qué puede esperarse por quince pesos?
En la ciudad de México, a lo largo del Eje Central, en las inmediaciones de la Plaza de la Computación o afuera de cualquier estación del metro equipada con puestos de comida o un sitio de combis y microbuses de mediana reputación, la piratería aplica con efectividad la regla de oro del diseño de “malls”: sus “agremiados” se extienden en amplias circulaciones cuyos extremos o puntas están ocupados por lugares muy concurridos y que hacen la función de anclas (p.e. estaciones del metro, paraderos o, irónicamente, centros comerciales).

Su mesa se sirve para todos, y es capaz de satisfacer los gustos y las exigencias más complejas: estrenos cinematográficos que saldrán la próxima semana (en formato dvd, vcd o “clones”), películas pornográficas de inclinaciones y profundidades variables, discos en formato normal o mp3 (que incluyen hasta doscientas canciones), videojuegos, libros (únicamente best- sellers), tenis, relojes, ropa, etc.

Como ocurre con la imaginación, la piratería no conoce límites.

En el mundo globalizado, los piratas han reconocido el impacto de las marcas. La piratería no es producida por sujetos anónimos que al amparo de una computadora con quemador atestan las calles con mercancía ilegal. Decenas de miles de discos piratas ostentan un nombre y hasta un logotipo. El sello discográfico “Superman style”, por ejemplo, en su “intromix” (se le llama así a la primera pista que resume el contenido del disco y que permite, a la manera de un prólogo o una introducción, saber de qué va el producto) reproduce el popular tema musical del hombre de acero quien, habrá que recordarlo, contaba con una versión “bizarra” (de la palabra inglesa bizarre: raro extravagante, excéntrico, grotesco), una copia pirata producto de un experimento fallido que daría vida al doble chafa del oriundo de Krypton. Dog Music, a su vez, presenta discos compactos serigrafiados, en cuya circunferencia reza la siguiente leyenda: “Este fonograma es un producto intelectual protegido a favor de su producto (sic), (P) y (C) 2000 Dog Music Company. La titularidad de los derechos de este fonagrama (sic) se encuentran reconocidos, inscritos en el registro público de autor”.

Las copias ilegales de software no son la excepción. Pirata Softwers (sic), al iniciarse la reproducción automática de cualquiera de sus programas, muestra una calavera con paliacate, arracada y diente de oro, enmarcada por dos espadas, sobre el fondo de un mapa antiguo, al tiempo que una música in crescendo, nos transporta a alta mar para imaginar las andanzas y cañonazos de Barbanegra o sir Francis Drake.

Si bien ya no es necesario una flota para saquear convoyes en alta mar, hoy en día es indispensable poseer un equipo de quemadores (no deja de llamar la atención que las entradas por medio de las cuales se conectan entre sí, se denominan “puertos”) para socavar las finanzas de las poderosas trasnacionales. A pesar de las diferencias entre la imagen del pirata clásico (tricornio emplumado, pata de palo, parche en el ojo, perico sobre el hombro y espada al cinto) y la del moderno (amplios pantalones de mezclilla al estilo “cholo”, gorra Nike, lentes oscuros, walkie-talkie en la mano), varios factores los unen y hermanan: los primeros aprovechaban las rutas marítimas más concurridas para cometer sus atracos mediante la técnica del abordaje; los segundos abordan al público con su mercancía mediante la saturación de las aceras, permitiendo el libre tránsito en un espacio lo suficientemente amplio para que la gente se traslade por la calle en fila india. Lo anterior permite que cuando la gente busca un poco de aire dentro de ese laberinto de lonas y plásticos multicolores, o cuando otro fila se aproxima de frente, se busque cobijo en el puesto más cercano, y se contemple el surtido catálogo donde, por esas cuestiones inexplicables del azar, puede que se encuentre el disco con la canción más reciente de los Cumbia Kings (apenas escuchada por la mañana antes de salir a trabajar), o la película donde aparece Beyoncé y que llegará a la pantalla grande dentro de quince días hábiles. No importa cuán estrecha sea una acera, siempre será capaz de contener un puesto de discos piratas.

Los piratas originales llenaban las cubiertas de sus barcos con marineros desempleados o mal pagados; los segundos encuentran en el comercio informal una salida frente el desempleo y la cultura del salario mínimo. Piratería es esperanza: no importan las crisis venideras e inesperadas: siempre quedará la informalidad para vencer a la desgracia.

¿Existe remedio contra la piratería? Quizá no, porque la piratería es la venganza contra un sistema económico sin imaginación que sólo ofrece, una vez al año, un peso de aumento al salario bajo la dogmática creencia de que así se protegen los consumidores, el empleo y la patria de la voracidad de la inflación, el nuevo jinete del Apocalipsis de la economía mexicana.

Con el afán de que nadie se entristezca o enoje por la piratería nacional o se busquen culpables en el lejano pasado prehispánico —el dedo acusador señala amenazante al tianguis de Tlatelolco como germen de tan nefando crimen—, cabe mencionar que en Suecia, país más allá de primer mundo, existe un partido político Pirata —muy cerca de conseguir su registro y, con suerte, unos cuantos escaños en el congreso—, surgido de un popular sitio de internet dedicado al “intercambio” de todo tipo de materiales protegidos.

La legislación electoral vigente en México establece que con quinientas mil firmas puede crearse un partido político. Las prerrogativas que se destinan a fortalecer la democracia son cuantiosas. Si existen partidos verdes, azules, tricolores, amarillos, o conformados por maestros y otros que aglutinan campesinos y mujeres “progresistas”, el partido de la calavera y las espadas bien merece un sitio en la mesa de sesiones del IFE, y espacio en las boletas. Los piratas están en las calles. Sólo hay que ir a preguntarles y pedirles que firmen su afiliación. Ya los vikingos lo hicieron. Los piratas nacionales no son machos pero son muchos y así como encomiendan su trabajo al azar, en una de esas vueltas del destino, más una buena dosis de surrealismo a la mexicana, los nuevos representantes populares dejaran de ser simples y vulgares piratas para convertirse en corsarios, llevando de la mano su patente que les permita trabajar sin ser molestados.

Proyecto CANADA: ¿arqueología industrial?

Un monitor muestra las lentas y tediosas maniobras que desaparecieron el último gran anuncio de la extinta zapatería CANADA, al menos en la ciudad de México. Mientras los 400 kilogramos de peso que conforman cada una de las seis letras se elevan con la lentitud que demanda la cautela, vienen a mi mente imágenes similares: el traslado de la estatua de Cuauhtémoc a su lugar original, o las maniobras que fijan las pesadas “ballenas” del segundo piso del Periférico.
Las enormes letras de CANADA —cada una mide 4.50x4.80 metros— encontrarán reposo en la azotea del Museo de Arte Carrillo Gil (MACG), hasta el día 25 de junio del presente año.

Con el pretexto de realizar un ejercicio de arqueología industrial mezclado con unas cucharaditas de semiótica, el artista argentino Ramiro Chaves borró para siempre de la cara norte del edificio Insurgentes, la emblemática frase “México Calza CANADA”, que durante poco más de cuarenta años constituyó un verdadero hito urbano, punto relevante en el árido y monótono paisaje de la ciudad.

El otro anuncio, también desaparecido tras el cierre definitivo de la zapatería, estuvo adherido a la fachada ciega del edificio Ermita (Juan Segura, 1930), ubicado en el vértice de las avenidas Revolución y Jalisco.

Ahora, para todas aquellas personas que alguna vez quedaron de verse frente o debajo de este otro “edifico de la CANADA”, podrán admirar en vivo y a todo color las gigantescas letras del anuncio, las mismas que iluminadas por las noches, funcionaron como un faro de luces inquietas en medio de lóbregas fachadas.

Sin embargo, luego de admirar las colosales dimensiones del anuncio queda una sensación de que ahora, esas letras, han perdido toda validez para el espectador. Primero, porque al quedar fuera de su contexto original, una persona ajena a nuestra cultura o que por su edad ignore que existió una zapatería CANADA, no encontrará ningún valor o significado en esas seis letras sostenidas por una escuálida estructura metálica sobre la azotea del MACG.

Al desaparecer la relación anuncio-edificio, se pierde a su vez, la idea de sostén y sostenido. Bajadas de su pedestal, bajo la luz del sol a la una de la tarde, las letras de CANADA son vestigios carcomidos por el tiempo —soportaron estoicamente, colgadas a decenas de metros del suelo, sol, lluvia, viento, y contaminación—, ataúdes de lámina galvanizada, que remiten más al triste destino de la industria nacional del calzado que a una instalación o exposición artística. Como ocurre cuando conocemos en persona a una diva del cine, y le encontramos defectos en el rostro, las gigantes letras de CANADA, sin el escudo invisible que proporciona la altura, ni sus fugaces capas de luz, carecen de escala, ligereza y contenido. El resultado sería el mismo si, por ejemplo, tomáramos al Ángel de la Independencia y lo desmembráramos para exhibirlo más tarde al pie de su columna: no veríamos al símbolo, sino sus fragmentos y cualquier vivencia o recuerdo quedaría desgarrado y sin sentido al observar una Victoria Alada destripada y sobre el suelo, pero como dice Rosa María Rodríguez Magda en La sonrisa de Saturno: “el arte en la sociedad postmoderna es necesariamente kitsch porque se instala en la recreación —“no hay nada nuevo que decir”—.”[1]

Sin argumentos sólidos, ni un marco teórico convincente, Chaves pretende convencer al espectador de que al transportar seis letras de un anuncio incompleto (¿Dónde quedó la frase “México Calza”? ¿Por qué no fue incluida en la instalación cuando se pretende demostrar que “el edificio desaparece pero la huella persiste”?), puestas de manera por demás arbitraria, algún resorte interno le hará revivir recuerdos o glorias pasadas, sin estar consciente de que en este caso, una letra por sí sola no expresa nada. ¿No hubiera sido más válido reparar el viejo anuncio y encenderlo de nueva cuenta durante algunos días?

Por otro lado, el Proyecto CANADA no es un ejercicio de arqueología industrial, como quiere presentarse. Esta rama de la arqueología estudia los sitios, técnicas y la maquinaria empleada por la industria. De esta manera, si se hubiera tratado de una vieja máquina zurcidora de calzado, sería correcto el término, pero no aplica para el anuncio de una marca. En todo caso, Ramiro Chaves estaría inaugurando una especie de arqueología de las marcas, cuya exposición sería más ilustrativa para los visitantes del museo, en vez de la inmovilidad de unas letras con foquitos destripados que recuerdan más a una vetusta feria con carrusel, autos chocones y rueda de la fortuna.

La azotea del MACG, que literalmente soporta a cuestas el Proyecto CANADA, estará convertida en una de tantas azoteas capitalinas atiborradas de fierros viejos, varillas oxidadas, tabiques y calentadores de leña, por lo menos hasta la clausura de esta desafortunada instalación. Por más interesantes y audaces que sean las aspiraciones del Proyecto CANADA, no dejará de ser un exceso y un gasto inútil de esfuerzos y voluntades, que exhibe la tendencia de que cualquier arrebato puede considerarse artístico aunque sea en nombre la semiótica o de la arqueología industrial. No hay nada nuevo que decir.

domingo, septiembre 17, 2006


Felices marchamos hacia la búsqueda de la palabra. En un principio, sentimos el deseo de confrontarnos con la hoja en blanco. Avanzaremos hasta la mitad de su territorio rayado o cuadriculado, sólo para descubrir que, como si camináramos en medio de una jungla o de un gigantesco pantano, el retorno será imposible. Una vez que inicias, atente a las consecuencias de una lucha desigual, de una batalla cruenta, de una guerra innecesaria, sin sentido, contra adversarios tan simples y monótonos llamados letras, que al agruparse forman palabras y se vuelven indestructibles.