lunes, febrero 04, 2008

Encuentro del FONCA en Aguascalientes

Amigas y amigos:
Como saben, el próximo jueves inicia el Encuentro de Jóvenes Creadores del FONCA en la ciudad de Aguascalientes. Quiero mostrarles el material que expondré durante mi presentación en sociedad (artística). No quería llegar con un papel redactado en al autobús, ni improvisar frases como "novela ferozmente contemporánea" o "desfiladero lingüistico" (Maese Noé dixit), por lo que aprovechado la celebración de nuestra moderna e inquebrantable Constitución, me di a la tarea de crear un breve video, que resume los ejes principales de la nueva novela que estoy escribiendo: alquimia, pink floyd, brujería y música kitsch mexicana.
Nueva Tabla Esmeralda es el título que hasta ahora engloba los alcances de este mosaico abigarrado. No sé si sea literatura. Al final eso no me interesa; lo que busco es contar historias y hacerlo bien.
Ojalá les guste.
jorge

miércoles, enero 16, 2008

El Nivel

A pesar de que no soy un bebedor ocasional ni promedio, esta bodega de textos abandonados no puede dejar de escribir algo, aunque sea un abrevadero de lugares comunes, acerca del cierre de la cantina El Nivel, uno de esos lugares que al perderse implican la pérdida de la memoria urbana e histórica, así como la referencia de las formas o modelos de convivencia de una sociedad determinada. Su pecado: ocupar el edificio que albergó la primera sede de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Los leguleyos de la "Máxima casa de estudios" encontraron algún mecanismo en los meandros del derecho para cerrar de por vida El Nivel, lo que me hace pensar varias cosas: ¿por qué estos brillantes abogados no han podido recuperar las decenas de aulas o el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de las manos de las dos ¿o son tres? personas que integran del CGH (Consejo General de Huelga) desde 1999? Al parecer, dentro del propio campus de la UNAM puede tomarse lo que sea, quemar la puerta de rectoría o provocar pleitos en los partidos de los Pumas. El resultado: cero detenidos o desalojados. ¿Y El Nivel? Cerrado, pues está ubicado en la sacrosanta construcción de la primera sede universitaria. Vale la pena mencionar que C.U. es una isla rodeada de cantinuchas disfrazadas de loncherías.
La UNAM es la responsable del cuidado de decenas de edificios históricos, pero sus abogados cierran para siempre un lugar de reunión, histórico por exhibir la licencia número 1 que se expidió en la ciudad de México para vender alcohol. Hoy, a Marcelo Ebrard el INAH lo acusa de destruir edificios construidos antes del siglo XX en el centro de la ciudad. Edificios que nadie recuerda: ¿alguien acusará a la UNAM de destruir la memoria urbana de esta ciudad?


Fotografia propiedad de Mon.photo.com copyright 2006

Sobre el cierre de la cantina "El Nivel"

A pesar de que no soy un bebedor ocasional o promedio siquiera, el repentino cierre de la famosa cantina El Nivel merece un comentario en esta pobre bodega de textos abadonados. Según escuché esta mañana en las noticias, la cantina con la licencia número uno expedida en la ciudad de México para la venta de alcohol, acaba de cerrar sus puertas para siempre debido a que le tocó la de malas al estar ubicada en el antiguo edificio que albergó a la Universidad Nacional Autónoma de México. Las disposiciones jurídicas son un meandro difícil de sortear: los leguleyos de la UNAM lo saben bien, así que es probabe que hayan dispuesto de métodos infalibles para cortar de tajo con una de esas partes de la ciudad que son historia pura. ¿Importa que ahí debajo, en la sacrosanta edificación de la primera sede la UNAM exista una cantina? ¿No es la Ciudad Universitaria un espacio rodeado de cantinuchas disfrazadas de loncherías? Me extraña que las autoridades de la UNAM no hayan actuado de la misma forma con las personas que mantuvieron o aún mantienen, no lo sé con exactitud, tomados decenas de salones y el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras. Eso sí atenta con la cacareada autonomía universitaria, no una cantina histórica, punto de reunión y encuentro de varias generaciones.

Ojalá que se organice una marcha para impedir este atropello; cosas peores le han pasado a la UNAM.

jueves, enero 10, 2008

Quince primaveras

A Rafael Toriz, con afecto y pura piel.


“Quince años, quince añotes, Kikis, y parece que fue ayer cuando, cual botón de rosa brotaste…” le dice el Santos a la Kikis Corcuera durante su presentación en sociedad, en una fiesta “fina”, donde la prohibición a la salsa queda abolida cuando la festejada termina seducida por las notas de la música y el ritmo del Peyote Asesino. Si bien el cartón no explota al máximo los lugares comunes y el mal gusto de las fiestas de quince años, el discurso del Santos es una exposición de lo barroco, chocante y melifluo que puede llegar a ser un padre de familia cuando toma el micrófono y presenta a su hija a la sociedad (que, curiosamente, se compone de los familiares y amigos de la quinceañera, es decir, no se le presenta ante desconocidos).

El dinero que se invierta en la celebración bien podría destinarse a un fideicomiso para la universidad de la festejada o para llevarla de viaje fuera del país. Sin embargo, la tradición se impone, aunque cada vez más en desuso, sobre todo en estratos sociales altos, que prefieren centros nocturnos de moda, aun y cuando el volumen de la música imposibilite la capacidad de diálogo.

Sin lugar a dudas, las fiestas de quince años con chambelanes, pastel de tres pisos y escalinatas de cartón, valses —adicionadas con bailes modernos que van desde el rock’n’roll pasando por el chachachá y rematando con raeggeton—, forman parte de la cultura mexicana. La fiesta tiene su origen, se rumora, en las tradiciones aztecas. Las muchachas que estaban en edad de tener más responsabilidades en el hogar eran presentadas en el barrio. Desde ese momento se preparaban para el martirologio del matrimonio. La costumbre no terminó con la conquista española, y con Carlota y Maximiliano, ya en el siglo XIX, se incorporó la figura del primer baile, costumbre de las cortes europeas que consistía en una presentación ante la sociedad de una linda jovencita que por primera vez “movía el bote”.

Si bien los usos prácticamente no han cambiado, en algunas ocasiones se puede atestiguar que, además de reafirmar que la niña se ha convertido en mujer, se lleva a cabo el acto de la “coronación”. Este consiste en que mientras la festejada baila, un grupo de “notables” (mujeres con alguna gracia o alta calificación moral dentro de la familia) le colocan una corona de plástico y un cetro, aunque no le indican a quienes habrá de llamar plebeyos.

Las palabras del padre de familia son un compendio de lugares comunes donde todos los recuerdos, por más penosos que sean, se exhiben sin decoro. Con la multitud en silencio, el padre se referirá a ella con voz grave y a la vez emocionada. Es altamente probable que derrame algunas lágrimas o deba interrumpir su discurso, generalmente improvisado. En ocasiones, las más de las veces, el padre se queda callado por razones etílicas siendo altamente probable que llegue utilice palabras altisonantes que enturbien la ceremonia y hagan las delicias de la concurrencia. A lo largo de su intervención, el padre le pedirá a la niña-mujer que siga siendo buena como hasta ahora, que no deje la escuela, que es “lo único que le van a dejar en la vida” y acto seguido agradecerá a la concurrencia por haberlos acompañado. No sospecha, o finge no hacerlo, que su hija ya ha sido objeto de un análisis profundo en materia de moda, modales y postura. Al ser el objeto de todas las miradas, a la quinceañera se le criticará que el vestido se vea demasiado artificial o que luzca demasiado apretado, además de que puede ser el blanco perfecto de chismes y burlas al sobrevenir algún error en la maroma reaggetonera, o al momento que sus chambelanes deben cargarla con esfuerzo (aunque esté de moda ser obeso no deja de ser de mal gusto).

Un brindis sella la ceremonia de presentación; todos levantan sus copas y desean larga vida a la quinceañera, apuran su trago y se disponen a cenar, pues nadie, a las once de la noche, después de haber oído misa y escuchar los ripios de un padre emocionado, perdona una deliciosa cena.

Tras los momentos de seriedad viene el festejo en serio. La fiesta debe ser amenizada de preferencia con un conjunto en vivo, que de cuando en cuando lanzará dianas a la festejada y organizará brindis al por mayor. Si no se cuentan con los recursos necesarios, un diyei puede hacerse cargo de la música, siempre que sepa organizar su acervo musical y no se “clave” en la música disco o en el pasito duranguense: la gente agradece la variedad, pero no aguanta salsas de media hora de duración. Debe evitarse la contratación de un músico que resume a una banda de doce integrantes en un teclado Yamaha: las trompetas de una cumbia o las tarolas de la música norteña saben a comida sin chile: es como comer en blanco y negro.

El menú de la cena desata discusiones. Los partidarios de las cremas, el spaghetti y las carnes en adobo atacan los experimentos de la alta cocina o las ganas de servir algo distinto, aunque rara vez, tirios y troyanos dejan los platos vacíos. Una mala cena puede disculparse, no así la carencia de bebidas alcohólicas. Si las botellas se reparten sin ton ni son, y sin distinguir razas o credos, la fiesta tiene garantizado el éxito; cuando el mesero se disculpa porque ya se acabaron las botellas de El Jimador, la tacañería o “pichicatez” de los anfitriones sale a relucir: la fiesta no tuvo ambiente.

Hay quienes consideran que las fiestas de quince años son una muestra fehaciente del mal gusto mexicano, como la música de Rigo Tovar, pero son pocos los que se niegan a asistir a una celebración de este tipo, de la misma forma en que cada vez que suenan las notas del Sirenito, el público se levanta presto de sus asientos, con el pretexto de “bajar” la cena.

Tras varias horas de baile y alcohol, la quinceañera, a pesar de su amplio vestido, desaparece por unos momentos. Su ausencia se explica porque si su padre ha dicho que ya es una mujer, no falta el vivo que decide pasar de la teoría a la práctica: busquen a la quinceañera en la zona más oscura o alejada del salón: está besándose apasionadamente con un chambelán o con alguno de sus compañeros de la escuela.

martes, enero 08, 2008

Detrás de tu rostro ruindad.

Cuando supo que podría montar a caballo y recorrer una extensa franja de playa casi virgen, Augusta Caramelo no dudó en sacar la tarjeta de crédito, pagar por adelantado varios días de estancia y ordenar un bloody mary, el primero de la mañana. Si bien durante su niñez ni siquiera montó un pony, cuando tuvo edad de decidir su destino y dio rienda suelta a sus talentos y oficios, pudo darse el lujo de pagar clases de equitación, aunque jamás tuvo corcel propio.
Tras acomodarse en la habitación y beberse el segundo bloody mary, Augusta fue a las cuadras para seleccionar el mejor ejemplar, pues ella estaba acostumbrada a lo mejor. Un atento palafrenero la acompañó de cerca, incomodando a Augusta porque no dejaba de mirarle las piernas y las nalgas. Los caballos no le parecieron tan hermosos ni espectaculares, como afirmaba el folleto que le habían dado en la recepción. Se fue a la alberca, donde pasó la mayor parte de la tarde, después comió alimentos bajos en grasas acompañados por un bloody mary doble y cuando el sol iniciaba su descenso en el horizonte, regresó a las cuadras y eligió un alazán. El palafrenero fisgón le dijo, antes de enfilar hacia la playa: “No se acerque al jinete que se aparece por ahí”. Augusta lo ignoró y, con destreza, llevó al caballo hacia la playa desierta, a paso lento, justo en el límite a donde llegaban las olas.

Se animó a cabalgar más a prisa, a pesar de que algunas gotas le salpicaban las piernas. La suave brisa alborotaba sus cabellos y ella se soñaba como la última amazona del mundo. El sol se iba ocultando, la marea crecía y algunas nubes negras se acercaban. Augusta recordó que en la televisión habían dicho que llovería ligeramente con posibilidad de tormenta. Augusta se vio a sí entrando al lobby del hotel completamente empapada y la idea le pareció repugnante. Antes de detener al alazán y volver a las cuadras del hotel, a lo lejos divisó a otro jinete que se le acercaba a toda velocidad. Debido a la distancia que los separaba, Augusta no alcanzaba a distinguir sus facciones, pero por la larga cabellera que se agitaba con el viento, supo que era una mujer. “Domina muy bien al caballo”, pensó y la sola idea de verse opacada la enfureció. Había pensado en irse a saborear otro bloody mary doble pero el deseo de demostrarle a esa advenediza quién era quién, era mayor que cualquier antojo. Augusta clavó los talones en las costillas al alazán, inclinó su cuerpo hacia las crines, y sin perder de vista al jinete que ya se aproximaba cada vez más, actuando el papel de una heroína medieval en pleno torneo, enfiló al caballo hacia el otro, hasta que los metros se convirtieron en centímetros y luego en milímetros y el choque terrible de dos animales desbocados no llegó jamás porque Augusta y su montura fueron a estrellarse contra una superficie plana, que al partirse en miles de pedazos, dejó al descubierto el engaño de la playa virgen: se trataba de un espejo muy largo, tanto que Augusta alcanzó a ver como aparecía la mitad verdadera del sol, que ya estaba por enfriarse bajo el mar. Sin espejo de por medio, apareció una playa desolada y sucia, llena de huesos y basura. Algunos pescadores corrían hacia a Augusta, para ver si estaba bien, si necesitaba auxilio. Antes de exponerse al contacto con esas personas sudorosas y malolientes, Augusta se subió al alazán que sangraba profusamente del hocico. Regresó lo más rápido que pudo al hotel. Ya había anochecido y una ligera llovizna comenzó a caer. El palafrenero ya no estaba y Agusta metió al caballo a la cuadra. Subió a su habitación, tomó sus cosas, canceló la reservación y se marchó del hotel.

Hacia las diez de la noche se registró en un hotal más barato que el otro, aunque no por eso menos lujoso y complaciente con los huéspedes, al grado de que entre dos cargadores sacaron del cuarto de Augusta la cómoda con espejo, mientras una recamarera colgaba una frazada en la luna del baño.

Además, mientras degustaba a toda prisa un bloody mary cargado en exceso, se deshizo de su espejo de bolsillo: podía soportar panoramas horrendos y desolados pero no quería descubrir detrás de un cristal fragmentado, el recuerdo de su vida pasada, tan terrible como inolvidable.

lunes, enero 07, 2008

En la tierra como en el cielo (otro cuento de "Las vacaciones extraordinarias de Augusta Caramelo")


Certero y veloz como una flecha, el clavadista apenas agitó el agua. Tras unos segundos, el joven regresó al trampolín para seguir practicando. Del otro lado de la alberca, Augusta Caramelo bebía un bloody mary, y se preguntaba si ella sería capaz de contorsionar el cuerpo en el aire y acomodarse para no caer de panzazo. El seseo de las olas se apreciaba a lo lejos, la tarde se consumía y ya no hacía tanto calor. El clavadista volvió al trampolín, tomó más altura e impecablemente entró al agua. Augusta bebía con cadencia el bloody mary. El siguiente clavado la sorprendió porque el joven alcanzó una altura semejante a la del hotel, que contaba con quince pisos. “¿Se te subió el vodka?”, se preguntó, pero al tercer clavado el joven comenzó a dar vueltas en el aire, elevándose cada vez más, superando el hotel. Augusta, con el vaso de bloody mary pegado a los labios, no perdía de vista el punto negro que le recordó los globos extraviados en el cielo. La bebida se le terminó igual que la paciencia para aguardar el regreso del clavadista, cuya silueta era imposible distinguir a la luz del crepúsculo. Augusta regresó a su habitación y se durmió.


A la mañana siguiente, armada con un nuevo bloody mary, regresó a la alberca y se acostó en el mismo camastro. Notó que a diferencia de la tarde anterior, la alberca estaba llena de niños, que chapaleaban dando brazadas desiguales. Cuando terminó de untarse el bronceador, Augusta miró hacia el cielo. Distinguió la silueta que ya regresaba para cumplir su meta, descendía despacio, o al menos así lo notaba ella, que se preguntaba si por la caída, el joven podría controlar la velocidad y la postura. Los niños empezaron a jugar a la ronda acuática. Cuando ya se apreciaba la marca del traje de baño del clavadista, una voz anónima gritó al descubrir que un bulto descendía a toda velocidad. Los niños, paralizados al observar al hombre que giraba, sólo atinaron a extender el círculo de la ronda, lo que permitió al clavadista corregir la postura y penetró en el agua sin mayores problemas. Los bañistas aplaudieron la temeridad de aquel hombre, quien, segundos después, salió de la piscina y se marchó.


Augusta Caramelo se bebió de un sorbo el bloody mary, y caminó hacia su habitación. Empacó sus cosas, canceló su reservación y se fue a otro hotel, que se distinguía del resto por contar con albercas techadas y sin trampolines.

domingo, enero 06, 2008

Rumor de olas que se van


Cubierta por una sombrilla de plástico, Augusta Caramelo observaba a las personas que habían convertido la plácida vista de la bahía en un telón de retazos multicolores, pelotas playeras, trajes de baño y toallas. En vez de escuchar el suave seseo de las olas, Augusta soportaba la férrea competencia de un centenar de grabadoras que emitían reggaeton, bachatas y cumbias. La playa se había convertido en una extensión de la cantina o de algún salón de fiestas.


Arrepentida por haber salido en temporada alta, Augusta Caramelo reflexionaba, mientras bebía un bloody mary: “Sólo a mi se me ocurre venir a la playa en estas fechas. El agua está llena de aceite, el aeropuerto a reventar. Ningún espacio es mínimo para el populacho…”

Se disponía a elaborar una teoría del espacio en el transporte colectivo, pero el alarido de la masa sorprendida la hizo mirar otra vez el mar. Una inmensa ola se elevaba majestuosa, mantuvo el equilibrio unos segundos, el tiempo necesario para cubrir con una sombra oscura a la arena y a la gente, quien, paralizada, no atinaba a salir corriendo, sacar una fotografía del aquel muro de agua o hincarse ante la fuerza del océano.

La ola se derrumbó sobre la playa, y arrastró hacia el agua grabadoras, sombrillas, hombres, mujeres y niños. Paralizada, Augusta Caramelo sostenía su vaso de bloody mary, muy cerca de sus labios. La tranquilidad volvió a la bahía. El cielo se hizo más azul. Se percibía con claridad el oleaje y el arrastre de la arena. Un grupo de gaviotas planeó sobre la playa deshecha; el mar se volvió cristalino, desaparecieron las capas de orines y sudor y, cuando parecía que brotarían nuevas palmeras, cientos de brazos se agitaron sobre el agua, al tiempo que las lanchas salvavidas aceleraban para sacar del agua a los bañistas que ya se ahogaban.

“Salud”, le dijo Augusta Caramelo al mar, bebiéndose de un trago el bloody mary. Se puso el pareo, tomó su abultada bolsa y caminó hacia su hotel donde canceló la reservación, pagó lo que debía y se fue a buscar una playa exclusiva, para no atestiguar el grotesco espectáculo de la masa que ya se agrupaba de nuevo, tendía las toallas sobre la arena y extendía su monótono rumor por todos los rincones de la costa.

sábado, enero 05, 2008

Guitar Hero

I wanna rock and roll all nite
and party every day
KISS


Enfundada en un coqueto pantalón de vinil negro, Georgina La Loca demuestra su maestría en la guitarra. Tras un inicio meteórico que la ha llevado a ella y a su grupo a transitar por foros disimiles (tocadas en patios particulares, gira internacional por Inglaterra y Japón), la diva ha demostrado que no sólo es capaz de tocar Muñeca de Cartón, sino piezas más exigentes como Welcome to the jungle de Guns N’ Roses o The number of the beast, de Iron Maiden.

Por si fuera poco esta demostración de destreza y talento, Georgina corre, salta y realiza malabares que ya hubiera querido hacer el mismísimo Jimmy Hendrix. Su colección de guitarras aumenta tras cada presentación, lo mismo que su fortuna, que invierte en nuevos modelitos, siempre ajustados y coquetos, lo que permite ver a sus desaforados fans las turgencias de su carne.

Lo anterior no es más que una introducción novelística, bastante menor, para hablar acerca de un juego que ha cobrado popularidad en todo el mundo y que le ha permitido a este aporreador de teclas cumplir un sueño frustrado por la falta de talento o disciplina: ser un rock star. Guitar Hero ha vendido varias millones de copias y según un artículo publicado hace unos días en el periódico Milenio, el juego se ha convertido en el nuevo pretexto que reúne millones de personas a rockanrolear, bajo la premisa de que gana quien acumule la mayor cantidad de puntos posibles.

Para quienes como yo no pasamos del circulo de sol o de do, tocar a la perfección Black magic woman o Paranoid, significa mucho, lo mismo que poder tocar con una Gibson SG o la mítica Les Paul. La importancia puede parecer banal, pero desde que festivales como el de Woodstock demostraron que la fuerza hipnótica de una guitarra en reverberación que arde sobre el escenario es capaz de concentrar la atención de decenas de miles de espectadores, así como de transformar esas hazañas en iconos generacionales, confirma que en algún sitio de nuestro más profundo subconsciente, vive el anhelo de convertirnos algún día en el centro de la miradas que observan, mientras escuchan el ritual mágico de hacer sonar una guitarra que atrapará sus almas para siempre.

Alguna vez soñé con estar arriba de un escenario y en cierto sentido lo logré con un grupo de amigos que conformamos El ocaso de los Dioses, nombre seudointelectual de alcances filosóficos que a duras penas participó en un concierto pro-zapatista y en una tocada organizada por nosotros mismos, donde cobramos 30 pesos la entrada, ya hace algunos años. (Ciertos detalles de esta aventura se narran en mi primera novela El jardín de las delicias, que ojalá aparezca ya en las librerías antes de que la ciudad de México se quede sin agua de verdad).

Al disolverse el Ocaso de los dioses, me conformé con el recuerdo de glorias pasadas y a admirar más a grupos como The Beatles o a The Doors. Una de las críticas frecuentes que me atrevo a lanzar al rock hecho en este país es que, de la misma forma en que como nación no tuvimos “ni edad critica ni revolución burguesa ni democracia política: ni Kant ni Robespierre, ni Hume ni Jefferson” (Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Octavio Paz), en el mundo del rock, no tuvimos ni Revolver ni Dark Side of the Moon ni Led Zeppelin II: ni Lennon ni Waters ni Page. Lo peor es, sin duda, que el panorama luce desolador: como el campo mexicano, no tendremos de otra más que seguir importando y escuchando música del otro lado, con los riesgos y consecuencias que eso acarrea.

Como quiera que sea, Guitar Hero me ha ofrecido la posibilidad de asistir al espectáculo que es en sí el público; escucharlo cómo corea las canciones, bate las palmas y agita los brazos, y de compartir un buen momento con mis amigos más cercanos, para quienes nos resulta imposible renunciar a la esperanza de que algún día llegará otro Nirvana que nos saque de la oscuridad de esta época light, donde ya cualquier hijo de vecino compone canciones punk cuyo contenido contestatario versa sobre el rompimiento de una pareja o sobre la imposibilidad de usar un viejo jersey porque mamá lo acaba de lavar.

Otra cosa que debo agradecer a Guitar Hero es la posibilidad de ver a Georgina La Loca (mi álter ego, como ha apuntado algunas veces Rafael Toriz, aunque por supuesto, eso no sea cierto) tocando en vivo arriba del escenario. Quisiera verla junto a las Amazonas Irredentas, pero ya sería mucho pedir. Me da gusto por ella, se ve sana, fuerte y más buena que nunca. Creo que ha dejado el alcohol, aunque tras bambalinas quién sabe.

Como dice Alex Lora: “¡Y que viva el rock’n’roll!”

lunes, octubre 08, 2007

Perfect game

Con el inicio de los playoffs del béisbol (en este momento dos equipos jóvenes han dado cuenta de los antiguos Cachorros de Chicago y de los Phillies de Filadelfia) vale la pena comentar algunas de las glorias máximas alcanzadas en el “Rey de los Deportes”, que también podría denominarse como el “Rey del lugar común”.

Este lunes 8 de octubre se cumplen 51 años de la hazaña de Don Larsen, apodado Perfect Game Larsen, que lanzó el hasta ahora único juego perfecto en una Serie Mundial. En ese año de 1956, los Yanquis de Nueva York enfrentaron a los Dodgers que aún jugaban en Brooklyn (bajo la mirada siniestra de gánsteres que cerraban sus tratos sentados en las tribunas del Ebbets Field). Pero fue en la casa que Babe Ruth construyó — el Yanqui Stadium— donde el partido dejó de ser parte del largo anecdotario y estadística del besibol para convertirse en sueño irrepetible e inalcanzable. La noche anterior, Larsen se había acostado a la una de la mañana, a sabiendas de que abriría el partido horas más tarde, mientras comía pizza y leía historietas de argumentos mórbidos, quizá de pulp fiction. El partido era importante pues la serie se encontraba empatada a dos victorias por equipo. Ante 64,519 espectadores, el quinto partido de la serie mundial inicio con el ponche a Jim Gilliam, segunda base de los Dodgers. Según un viejo adagio beisbolero, pitcher que empieza ponchando pierde el partido. Pero Larsen hizo lo mismo con el siguiente lanzador. Siete dodgers en total corrieron con la misma suerte. A lo largo de 9 entradas, Larsen despachó en orden a tres bateadores cada inning hasta llegar al número 27, Dale Mitchell, que no pudo evitar el destino del bateador emergente: o se poncha o conecta hit.


Para aquellos a quienes estos datos no les resulten meritorios, hay que decir que en toda la historia del béisbol de grandes ligas, sólo se han conseguido 17 juegos perfectos, el primero de ellos en 1880 (Lee Richmond) y el último de Randy Jonson en 2004. Un juego perfecto se consigue cuando los 27 bateadores que en teoría participarán a lo largo de un partido (considerando que son 27 outs los que hay que marcar para que termine el juego), son eliminados a razón de tres por cada entrada, lo que significa que ninguno de ellos alcanzará alguna de las bases o pegara de hit o homerun. Tampoco deben cometerse errores ni bases por bolas.


Tarea digna de héroes, donde la suerte y el azar también hacen lo suyo.

Información tomada del Baseball reference y Baseball Almanac.
Fotografía tomada de Academy of Archievement

miércoles, septiembre 05, 2007

2

Siempre quise escribir. No sé de donde me vino la idea. Supongo que fue imitación, porque me gustaba leer y quise ser como esos autores que me hicieron perder tanto tiempo. A cada rato compraba cuadernos. Se supone que eran para escribir.
Muchos terminaron en la basura, prácticamente intactos, con garabatos y tonterías, al cumplir ese ciclo indeterminado donde el valor de una cosa útil se deprecia a tal grado que deja de importarnos su desperdicio. Siempre comparaba uno nuevo con la firme intención de llenarlo con relatos y terminaba comprando otro al cabo de algún tiempo. Jamás supe con claridad qué era lo que quería hacer. Creo firmemente que en algún punto de mi vida se rompió el hilo conductor. En un momento dado la realidad se volvió otra. Las cosas ya no fueron como antes. El problema es que no me di cuenta y seguí caminado igual, respirando igual, pensando igual. Por más que me esfuerzo no puedo encontrar ese punto de ruptura. Tengo una vaga idea de ese instante, pero no logro ubicar el momento preciso. La enfermera me abre la boca. Ha llegado el momento de dormir.
Ya no compro cuadernos. Aquí sólo me dan hojas blancas, a veces rayadas.

Eso hubiera hecho desde el principio.

miércoles, agosto 29, 2007

1



Había taxis llamados coral. Fue una linda época, sin lugar a dudas. Aunque quizá mi vejez sea la culpable de observarlo todo a través del cristal de la nostalgia. O quizá no sea yo tan viejo, sino sea mi enfermedad la culpable de haberme arrebatado una parte de la vida. Taxis color coral. Alguna vez me subí en uno. El chofer cobraba la tarifa a partir de un número marcado por el taxímetro que luego comparaba en una tabla donde se indicaba el costo del traslado. Antes de entrar al hospital ya no circulaban más por la ciudad. Desaparecieron con la llegada de los compactos color verde, por ser ecológicos. Verdes por la ecología. Verde el pasto, verdes las hojas de los árboles y las selvas vistas desde el aire. Sólo por eso les llamaron ecológicos. Observé muchísimos arrojando humo. Ahora no sé si la ciudad ya sea más limpia. Quién sabe. A lo mejor sí lograron disminuir la contaminación. Desde la ventana de mi cuarto alcanzo a ver unos viejos ahuehuetes y el cielo se ve azul. Pero el hospital está sobre la carretera y en las afueras de la ciudad la contaminación no es tan perceptible. Acá no suenan los cláxones, ni rugen los escapes. Extraño el agudo timbre del rechinido de los frenos. De esos ruidos que desde niño me arrullaban, porque vivía sobre una avenida más o menos concurrida. También desde la gran ventana del cuarto piso se veían dos árboles. Enormes. Históricos, de esos que si hubieran hablado, habrían contado la historia del barrio. Pero se cayeron de viejos, por los fuertes vientos de una época que ya no recuerdo. El primero sobre un respiradero del metro con forma de caseta de dos aguas. El otro aplastó un viejo coche, creo que Fairmont o algo así. Los bomberos llegaron las dos veces. Sobre ese prado ya no crecieron jamás otros árboles. Detrás de la caseta del metro los borrachos se orinaban o cagaban. El olor era asqueroso, insoportable.


Eso estaba cruzando la avenida. Jamás conocí a las personas que vivían en frente. La avenida era una zanja divisoria, una cicatriz llena de coches y hoyos. A pesar de eso, recuerdo pocos atropellados. En el edificio donde vivía tampoco pasaron cosas extraordinarias. Un par de muertos. O tres. Vecinos que se murieron de viejos, solos y acabados detrás de una serie de puertas que nunca observé abiertas. Pero sí vi los bultos negros que descendían por las escaleras sobre una camilla. Los cuerpos de los fallecidos, rumbo al velatorio. Hubo dos lanzamientos. Muebles viejos y carcomidos, sucios, con marcas de tazas en los buroes. Polvo y mugre. Gente sucia que se negó a pagar el alquiler mensual. Por eso los echaron. Viejos y putos. Esos eran los inquilinos. Viejos solos y putos que aparentaban no serlo. Dos de ellos vivían en departamentos separados y se llamaban primos. Un primo blanco y chaparro; el otro prieto y alto. Eran sólo primos, decían. Putos. Y se pelearon con otros dos putos, de otro departamento, que no lo disimilaban. Sacaron cuchillos y amenazaron con destazarse. Mi papá los contuvo. “Hay niños presentes, señores. Tranquilícense.” Y no se mataron. Lástima. Porque jamás vi sangre de muerto.


Las horas en el hospital son páginas pegadas que jamás avanzan. O se adelantan juntas, o su mismo peso les impide desplazarse. A veces anochece demasiado pronto o el amanecer se demora. Los ahuehuetes frente a la ventana parecen no resentir el paso de los días. Quisiera ver sus hojas caer para saber que es invierno. Pero no pasa nada. Y eso me hace dudar que los árboles sean de verdad, porque las estaciones deben afectarlos. El tiempo debe modificar en algo su estructura, su apariencia. Cuando llega la enfermera a abrirme la boca me doy cuenta que el día va a la mitad. ¿Qué es la comida? Una perdida de tiempo. Me provoca sopor, concentra las fuerzas de mi organismo al momento de la digestión. Se supone que somos seres avanzados, los mejores de todas las especies del planeta. Y se nos pican los dientes. Nuestros olores corporales son desagradables. Ir al baño es una muestra de lo podrido que estamos como especie. No soporto ir al baño. Detesto esa sensación de vaciarse, de estremecimiento en la apertura del cuerpo. ¿Especie avanzada? Lo dudo. Tendría muchas quejas y observaciones que hacerle a Dios, si es que existe, aunque estoy seguro que no atendería mis reclamos un sujeto al que pintan de ojos azules, barba, bigote y pelo largo. A imagen y semejanza nos creó. Entonces él huele igual que nosotros.

lunes, julio 23, 2007

Algunas reflexiones sobre el edifico Ermita (1).

De ciertos personajes históricos se ignora la fecha exacta de nacimiento. Ya sea por decisión propia —para desorientar a los enemigos o al futuro biógrafo autorizado—, o por la acción de una vela que cae sobre una cortina, provoca un incendio y arrasa con el registro civil, los signos de interrogación que escoltan al año de nacimiento se vuelven indicadores inequívocos de misterios que aclarar, safaris bibliográficos no exentos de peligros.

Con los edificios sucede algo parecido, sobre todo con las obras de la antigüedad cuya edad sólo puede establecerse a través de confusas crónicas o por medio del conocido método del “carbono 14”. Sin embargo, la fecha de construcción de algunas obras contemporáneas también viene escoltada por signos de interrogación. Porque, a ciencia cierta, ¿cuándo se termina un edificio? ¿En el momento en que la brocha oculta el último rastro del cemento gris o cuando las cuadrillas de trabajadores cruzan el límite entre la calle y la obra nueva para siempre? ¿O al ser habitado por aquellos para quienes se proyectó? Podríamos afirmar, como la teoría sobre la expansión incontenible del universo, que un edifico nunca se termina: aun y cuando su estructura permanezca intacta, quienes lo ocupen lo transformarán con el paso del tiempo, e influirá en su imagen la moda de la época o el mal gusto de sus propietarios.

El edifico Ermita, obra del arquitecto mexicano Juan Segura (México, D.F., 1898-1989), ubicado en el vértice que forma la avenida Jalisco y Revolución en Tacubaya, padece la misma suerte de aquellos que ignoran cuándo nacieron. Según Antonio Toca Fernández el edificio data de 1930, aunque hay quienes lo ubican en 1926, 1928 o 1932 y los legos afirman, con cierta petulancia, que se construyó en los años cincuenta. Tomemos como fecha exacta la establecida por Toca Fernández, porque, al ser un número cerrado, nos permite establecer más fácilmente la edad del Emita: en este año 2007 ha cumplido 77 años.

Polémico desde su construcción, el Ermita se levanta sobre las ruinas del palacete de la familia Mier (cuya fundación hoy en día continúa administrando el edificio). De la misma forma en que Cortés ordenó la construcción de la nueva ciudad novohispana sobre los templos prehispánicos, el Ermita bajó el telón de la era romántica y veraniega de la villa de Tacubaya.

Según crónicas de la época, los habitantes de Tacubaya (que para ese entonces ya formaba parte del Distrito Federal), miraban con malos ojos la construcción de aquella mole gris, que crecía por sobre las viejas construcciones de grandes ventanales y peanas, cornisas y portones de madera. El Ermita, un rascacielos para la época, transformó para siempre la imagen de la ciudad. Si antes el arco del triunfo de la familia Mier remataba el camino que venía desde Chapultepec hacia la villa de Tacubaya, ahora el Ermita se levantaba, imponente, solamente rebasado por la cordillera del Ajusco.

Obedeciendo a sus clientes de la Fundación Mier y Pesado, Juan Segura debía ante todo, generar ganancias con sus proyectos para financiar las obras de caridad emprendidas por la fundación. El inmenso terreno, más grande que la Alameda central, que nacía en la unión de las avenidas Real y Calvario hasta la calle de Martí, obligó a Segura a tomar una serie de decisiones que afectarían la historia de Tacubaya y de la ciudad de México: primero, cedió al municipio una extensa franja del terreno para ampliar la calle del Calvario, hoy Avenida Revolución, de 8 a 20 metros abriendo una profunda cicatriz, que como la gangrena que invade los huesos, fue extendiéndose sobre casi toda la superficie de Tacubaya.

El programa del edificio es una demostración de la audacia de Segura y de su amplio conocimiento de la arquitectura moderna. Consta de 3 tipos de viviendas: los estudios para una persona, otros de dos recámaras y los más grandes de tres, zona comercial en la planta baja y un cine. Según Toca Fernández “antes que Le Corbusier, Segura incorpora al edificio la idea de servicios y entretenimiento para los habitantes” aunque, a diferencia de las unidades habitacionales del arquitecto suizo-francés, los espacios comerciales y de esparcimiento, sólo están disponibles para los habitantes de las unidades.

Juan Segura aprovecha la “Y” que forman la avenida Revolución y Jalisco (antes calle Real) y proyecta el edificio a partir de una planta trapezoidal que se esfuerza por parecer un triángulo, y cuyo lado más estrecho —que es justamente el lado que se observa al recorrerse Revolución de norte a sur— se convierte en la fachada más importante de la obra, la más vistosa. Actualmente, el edifico se aprecia desde el paso a desnivel que divide Constituyentes de Pedro Antonio de los Santos. Esta fachada ciega (con excepción de un ósculo rectangular, que según el proyecto original llevaría un reloj), orientada hacia el norte, fue resuelta por medio de estrías verticales, que recuerdan a algunos detalles de la casa Ast en la Hohe Warte (1909-1911), Viena, de Josef Hoffmann. En mi opinión, el manejo de estas estrías se obtiene del desdoblamiento de una columna dórica, lo que acerca al edificio con la arquitectura clásica. Dicho recurso también se empleó en el pabellón austriaco en el Werkbund de Colonia (1914), obra también de Hoffmann, aunque en este caso sí se trata de verdaderas columnas rectangulares.

Gracias a su forma trapezoidal, el edificio Ermita revela al observador tres de las cuatro fachadas que lo componen. Las dos fachadas laterales (oriente y poniente respectivamente) son aprovechadas por Segura para iluminar los 52 departamentos del conjunto. En el espacio que corresponde al cine y que ocupa ambas fachadas, Segura, por medio de molduras y remetimientos, resuelve el gran macizo resultante, y por medio de unas placas metálicas que se asemejan a los triglifos del templo griego, y que no son adornos típicos del decó, Segura indica al observador la presencia de nueve armaduras de acero que soportan un mismo elemento con dos funciones: el techo del cine y un gran patio en el cuarto piso del Ermita.


Por increíble que parezca, un gran patio triangular funciona como área común y centro de actividades y roces sociales. En sus primeros años de funcionamiento, este espacio, vacío en la actualidad —lo que ciertamente le quita escala— estuvo amueblado. Mesas, lámparas y sillones hacían cómodo y funcional este gran lobby o recibidor, donde la gente, si así lo deseaba, recibía a sus visitas.

Se dice, aunque este tecleador no lo ha podido comprobar, que la estructura metálica que cubre el gran patio tuvo en sus orígenes un vitral de Diego Rivera, que desapareció inexplicablemente. Detalle que quizá tenga relación con las coladeras de piso que llevan en relieve el nombre del muralista mexicano.

El elevador es en sí mismo una pieza fundamental, no sólo por el servicio que brinda, sino por sus características. Fabricado por Otis, después de 77 años, se conserva prácticamente entero. Debe ser operado por una persona, quien tiene la obligación de cerrar la rejilla en forma de rombos y por medio de una manivela, semejante a la que se usaba en los barcos antiguos para comunicarse con el cuarto de máquinas, subir o bajar la cabina.

Algunos habitantes del edificio merecen una mención especial. Ramón Mercader, asesino de Léon Trosky, vivió en uno de los departamentos, que fungió, además, como cuartel general de los complotistas, entre quienes destacan Tina Modotti y Vittorio Vidali.

La maldita vecindad y los hijos del quinto patio, agrupación de rock y ska, oriunda de Tacubaya, ha utilizado la imagen edificio en algunos de sus videos y en las fotografías interiores de sus discos. Incluso, Rocco y Pacho, vocalista y baterista respectivamente, han vivido ahí.

A 77 años de distancia, el edificio Ermita ha resentido el paso del tiempo y la falta de mantenimiento. El impacto de las rentas congeladas, las crisis económicas y la falta de iniciativas privadas o desde el gobierno federal (INBA), que se encarguen de la conservación de esta construcción, patrimonio urbano y arquitectónico de la ciudad, han ocasionado que se cometan verdaderos crímenes en contra del Ermita, como lo son los anuncios espectaculares que lo convierten en un remedo de árbol de navidad, las capas de pintura verde, amarilla o negra que distinguen cada negocio en la planta baja, el desmembramiento de la gran sala de cine para construir otras más pequeñas, mal ventiladas y peor resueltas.

¿Podemos imaginar la “Pedrera” de Gaudí pintada de múltiples colores y rematada por anuncios de Coca Cola? ¿O el Empire State oxidado y con los vidrios rotos? El valor de los edificios radica en su memoria histórica, en la narración exacta del pasado contenida entre sus muros. Del respeto a estas construcciones depende en gran medida la vitalidad de las ciudades, como de la educación depende el desarrollo de una de una sociedad.

Sin importar la fecha exacta de su terminación para ser habitado, el Edificio Ermita es un personaje célebre dentro del gris y anodino contexto de una ciudad que a la manera de Saturno, devora a sus propios hijos.

sábado, junio 16, 2007

Cárcamo del Río Lerma


La segunda sección del Bosque de Chapultepec se inauguró oficialmente en 1962. Sus 127 hectáreas de extensión no pertenecían propiamente a la superficie natural e histórica del Bosque, pero la necesidad de preservar para la devastadora ciudad de México enormes zonas verdes, obligó al gobierno federal a incorporar esa enorme reserva natural al territorio del bosque de Chapultepec.

A la manera del Central Park de Nueva York, el Distrito Federal cuenta con un gran pulmón dividido en tres partes.

Está Segunda Sección, diseñada por el arquitecto Leónides Guadarrama, se pensó como una gran área de juegos y esparcimiento. Ya sea bajo los nombres de “Juegos Mecánicos”, “Feria de Chapultepec”, o dependiendo de la imaginación de los concesionarios en turno, el espíritu del lugar garantiza diversión para todas las edades y todos los bolsillos.

Además de la diversión, la zona cuenta con un gran lago, protagonista de un curioso episodio histórico: antes de que el presidente Adolfo López Mateos inaugurara la Segunda Sección, por algún defecto en el recubrimiento de fondo del lago, el agua se filtró hacia el subsuelo, y literalmente el presidente inauguró un lago fantasma. Pasadas algunas semanas y corregidas las imperfecciones, el agua no volvió a desaparecer.

Por otra parte, varios museos se asientan en los terrenos de esta parte de Chapultepec, como el Museo de Tecnológico, recientemente remodelado y administrado por la Comisión Federal de Electricidad, el de Historia Natural, característico por sus cascarones de concreto —también rescatado del abandono—, y el Papalote Museo del Niño, diseñado por Ricardo Legorreta y terminado de construir en 1993.


Además del popular “trenecito” y las fuentes de relieves prehispánicos construidas tardíamente, pues remiten a la época de los años treinta cuando se buscaba una arquitectura eminentemente “mexicana”, esta sección del Bosque de Chapultepec cuenta con un pequeño edificio, muy interesante, construido durante la segunda mitad del siglo XX, exactamente en 1951.

De nombre rimbombante y de difícil comprensión, el Cárcamo del Río Lerma es uno de tantos edificios olvidados e ignorados no sólo por el público en general sino también por la mayoría de los arquitectos. Se denomina cárcamo a toda instalación diseñada como un registro, cuya función es la de redistribuir el agua para limpiarla o retener sus impurezas como arcillas, arenas o sedimentos, que deben separarse del líquido antes de distribuirlo en hogares, oficinas o fábricas.
Vale la pena recordar algunos datos relevantes sobre el Distrito Federal de esos años. Cuando la ciudad de México era un territorio viable y podía recorrerse de punta a punta sin dificultades, también los problemas con el agua eran mínimos, prácticamente inexistentes. Hacia los años cincuenta la población de la capital del país pasó de 1’700’000 habitantes, registrados en 1940, a 3’500’000 a mediados del siglo pasado. México pasó de ser un país eminentemente rural a uno urbano a plenitud, que con el crecimiento acelerado de la industria y la llegada de empresas extranjeras a México, propició la incontenible migración del campo a la ciudad, hecho que estimuló el crecimiento urbano sobre todo en el norte, oriente y nor-poniente.

En este contexto se inician los trabajos para conducir agua desde el valle de Toluca a la ciudad de México, aprovechando los manantiales y afluente del Río Lerma. Como obra de ingeniería es inigualable; sólo proyectos como el metro o el drenaje profundo pueden competir con la audacia de los técnicos mexicanos para abastecer una voraz ciudad ubicada a una altura de 2’240 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo, la desmedida explotación de estos afluentes ha dejado sin recursos hidráulicos una vasta zona del Estado de México, desterrando a miles de campesinos y provocando la escasez del líquido en buen aparte de los llamados municipios conurbados.

El Cárcamo del Río Lerma fue proyectado como el sitio en el que confluyen las aguas del sistema hidráulico, y que a su vez, se distribuyen hacia cada punto de la ciudad. A espaldas del Cárcamo, existen cuatro grandes cisternas circulares, antaño embellecidas por fuentes cuyos bordes semejan la piel de una serpiente infinita, una representación de Quetzalcóatl. Encima de estas grandes cisternas, justo en su centro geométrico, se levantan unas torrecillas sacadas de algún cuento de hadas o de un manual para construir castillos medievales. Estas casetas derruidas y muy maltratadas, luego de cruzar una puerta enrejada, conducen hacia las casas de bombas. En la actualidad, estas extensiones se usan como canchas de futbol.

Fue el arquitecto Ricardo Rivas Rivas, egresado de la UNAM y miembro en los años cuarenta de la Unión de Arquitectos Socialistas, quien proyectó este pequeño templo dedicado al agua y cuyo dios azteca Tláloc, ocupa un lugar importante en todo el conjunto. Sin embargo, la sencillez de este pabellón se ve mejorada con la incorporación de la pintura y la escultura. Diego Rivera, congruente con la ideas de integrar plásticamente las artes figurativas, se encargó de pintar el mural “El agua en la evolución de la especie” y de construir la gran fuente que antecede el Cárcamo del río Lerma.

El partido arquitectónico es muy claro: se trata de una pequeña caja, rematada por una cúpula translúcida de media naranja, sostenida por un tambor que es, a su vez, la caja que contiene el mural y el cárcamo.

Los costados de la caja presentan un basamento de piedra negra, que contiene la caja y que más atrás, se vuelven unas escalinatas que llevan hacia un complicado mecanismo que cierra o abre las compuertas del sistema hidráulico. Las paredes de estos costados están recubiertas con cantera de tono natural, apiladas como un almohadillado que llega hasta el límite superior del edificio. Las cuatro esquinas de la caja están rematadas por unas gárgolas en forma de serpiente, lo que remite a la idea de Quetzalcóatl y su relación con las fuentes antes descritas, ubicadas detrás del Cárcamo.

Se trata de un templo dedicado a Tláloc. De hecho, podríamos comparar los conceptos formales del Cárcamo con un templo griego o incluso con el Panteón de Agripa en Roma.
Recordemos que el Panteón es un templo al que se entra luego de cruzar un pórtico “anfipróstilo”, con una serie de columnas in antis o al frente y en la parte posterior, que protegen a la cella o naos, donde viven los dioses. El Cárcamo posee una serie de columnas in antis y otras en la parte posterior, que protegen el espacio central, donde se halla el mural, o si se quiere, donde vive Tláloc, dios del agua. En este caso, el arquitecto Rivas no remató, afortunadamente, el pórtico con un frontón a la manera griega.

Una vez adentro, luego de pasar por el pequeño pórtico, entramos propiamente en la caja. La cúpula, al no ser completamente esférica, se nota suave y muy ligera, además que su material translúcido la hacen parecer de vidrio o de plástico. Por desgracia, algunas esquinas del tambor se hallan saturadas de salitre, producto de una o varias goteras que en un momento dado, podrían afectar de nuevo el mural.

Un barandal de acrílico transparente protege el mural de Diego Rivera, que se halla a unos cinco metros a partir del nivel por el que se entra. A esa altura, pueden apreciarse todos los detalles de la pintura. La idea principal de la “El agua en la evolución de la especie”, es la de mostrar que el milagro de la vida, así como el avance de la humanidad, que se debe enteramente al agua. Al centro del mural, que se levanta desde el suelo y se eleva por sobre las paredes del gran cárcamo, Rivera pintó la célula primigenia, la primera, aquella que supuestamente nació en el mar y que tras varios millones de años fue evolucionando para crear los primeros organismos unicelulares que a su vez derivarían en los seres pluricelulares, que tras otros tantos millones de años, darían pie al surgimiento del hombre en la tierra. Conforme esta célula va cambiando y se aproxima al arranque de los muros especies más evolucionadas como peces y moluscos aparecen conviviendo en perfecta armonía con la flora subacuática, la cual culmina su evolución con el ser humano: en el muro norte aparece una mujer de raza asiática embarazada y en el sur, un hombre de raza negra. El muralista representa los usos del agua: mitiga la sed, sirve para la higiene, la agricultura y el deporte.

Del lado del pórtico de acceso, viendo el mural, se observa un túnel resuelto mediante una bóveda de medio punto. Por ahí entraba el agua proveniente del Lerma, y que luego se distribuía por cuatro compuertas ubicadas frente a este túnel. Arriba de este túnel, Ribera pintó un par de manos, manos de Tláloc que regalan el agua a los hombres.

Según las ideas de Rivera, el movimiento del agua hacia que los organismos pintados en el suelo, parecieran vivos. Se trataba de una pintura que convivía directamente con el agua: una obra de arte en movimiento. Con el fin de que la pintura se conservara, Rivera utilizó poliestireno y hule líquido, porque, según la ficha técnica de esos materiales, resistirían el paso del agua, lo mismo que los químicos empleados para su purificación. Sin embargo, los materiales no pudieron resistir, y casi desde su inauguración, la pintura comenzó a desprenderse, llegando a tales límites que muchas partes del suelo viviente desaparecieron con el paso del tiempo. De hecho, en la década de los ochenta, algunos trabajadores colocaron una capa de impermeabilizante, cubriendo los pocos restos de pintura que aún quedaban.

En 1977, el Centro Nacional de Obras Artísticas (CNOA) dictaminó sobre el estado de conservación del mural, viéndose ya la necesidad de desviar el curso del agua a fin de interrumpir su paso por el Cárcamo. El proyecto no pudo arrancar, pero hubo algunos intentos posteriores en 1982 y 1986. No fue sino hasta 1990 cuando pudieron Ilevarse a cabo las complicadas y costosas obras de ingeniería para cambiar permanentemente el curso del agua que llegaba a este recinto. Además, por medio de un sofisticado programa de computadora, los restauradores de INBA pudieron reconstruir la superficie del mural cubierta por el impermeabilizante, gracias a las fotografías que Guillermo Kalho, padre de la pintora Frida Kalho, tomó del edificio y del mural.

También son interesantes los mecanismos para cerrar las cuatro compuertas del cárcamo, unos engranajes pesados que aún se conservan dentro del edificio.

El más brillante ejemplo de la integración entre arquitectura, pintura y escultura, se da con la fuente de Tláloc en el exterior. A simple vista la fuente parece no tener una forma definida. Sobre el gran estanque en forma de abanico, Tláloc parece tomar, literalmente, el sol. El diseño de esta figura fantástica sólo puede apreciarse totalmente desde el aire, aunque a nivel de tierra es posible valorar sus cualidades plásticas, entre las cuales destaca la fuerza del cuerpo del dios bifronte, para significar que el sitio es a la vez ingreso y salida del agua, que brota significativamente de la cabeza. Visto a la distancia, se entiende que la figura del dios reposa sobre sus propias aguas y con los brazos y piernas extendidos. Lo que más sobresale es la cabeza bifronte del dios prehispánico. Rivera se basó en una antigua tradición prehispánica para decorar la fuente con relieves policromados, introduciendo azulejos y piedras de colores. Sobre este tipo de técnica había experimentado en el Anahuacalli, en 1944, al trabajar con el constructor, Juan O’Gorman, para integrar esta policromía pétrea a los colados de los techos.

También llama la atención el grueso borde de este estanque, elaborado a manera de un vertedero, y cuidadosamente realizado en piedra de recinto, para lograr el efecto de un fluido sin límites.

Uno de los rostros del dios mira hacia el cielo. El otro, inexplicablemente, mira hacia el interior del Cárcamo. Digo inexplicable porque a simple vista que el rostro de Tláloc mire hacia el interior del pabellón, parece gratuito, o un capricho de Diego Rivera. Sin embargo, dentro del Cárcamo, luego de caminar hacia delante y ubicarse sobre el barandal, justo donde se hallan los mecanismos que cierran las compuertas, un eje lineal unifica ese rostro pétreo de Tláloc con las manos que por encima del túnel, rebosan de agua, la cual se desborda sobre las paredes y los límites del túnel. El efecto tridimensional es tan sorprendente que produce una extraña emoción, algo que sin duda vincula a quien descubre este motivo, con la fuerza del edificio.

Hasta antes de la intervención para recuperar el mural, el edificio denotaba el paso de los años.
A sus cincuenta y cinco años de edad , en la actualidad el edificio luce bien conservado, aunque las obras de remodelación hayan modificado un tanto su aspecto. Con el pretexto de proteger el mural por el efecto de la luz del sol, fue colocado un vidrio semi-polarizado, sostenido con unos marcos de aluminio dorado, lo que sin duda, interrumpe la transición del pórtico, nulificando los conceptos de dentro-afuera y equipara el Cárcamo con cualquier edificio de la colonia del Valle o Narvarte. Por fortuna, hace pocos meses fueron retirados estos canceles pues se descubrió que aumentaban la temperatura del interior y el edificio recobró su antigua imagen.

Por otro lado, hace falta un trabajo de restauración total exclusivo para el edificio, puesto que, en algunas zonas, la cantera se ha desprendido. Así mismo, son evidentes algunos trabajos “hechizos”, adaptaciones para contactos de luz o salidas para lámparas que afean la imagen del pabellón. El mantenimiento es nulo, tanto al interior como al exterior. Dentro del Cárcamo, es evidente el polvo acumulado en el piso, así como algunos papales tirados sobre el mural. La falta de promoción para que el público acuda a conocer este sitio, propicia que permanezca cerrado toda la semana. Sólo los domingos se abre al público, con un costo de 15 pesos.

Al ser un sitio casi desconocido, a pesar de estar en una zona de constante tránsito tanto de peatones como de automóviles, el Cárcamo del Río Lerma no puede considerarse un icono, aunque debiera de serlo, porque podría ser un modelo a imitar cuando en la ciudad se excavan pozos en los parques o jardines de la ciudad, sin ninguna calidad estética o espacial. Pensemos que este cárcamo cumple con la sencilla tarea de conducir agua: en un momento dado podríamos suponer que para tal fin no hubiera sido necesario que un arquitecto y un pintor mexicanos, trabajaran para producir un edificio-templo que alberga un mural trascendente y único en el mundo. Ese debiera ser el modelo a partir del que cualquier obra, por más “ingenieril” o ajena a cualquier vivencia espacial, debiera plantearse y construirse.

El edificio, en ese sentido, resume las aspiraciones de su época: la búsqueda de la modernidad mexicana, la construcción de grandes obras en beneficio de la gente, y la integración plástica de las artes. Cabe recordar que será en Ciudad Universitaria donde los muralistas como Rivera y Sequeiros, llevarán a cabo, quizá, el último esfuerzo por unir la pintura y la escultura, acción que hoy en día ha sido abandonada por la búsqueda del “minimalismo” mal entendido y representado en los “modernos lofts”.

lunes, junio 11, 2007

Roxette en México



En alguna época no muy lejana, aunque resulte difícil imaginarlo, el mundo era bastante simple y todos acatábamos sus reglas: prohibido mezclar calcetines blancos con zapatos negros, los pantalones de mezclilla podían arremangarse si se usaban tenis (llevar mocasines se penalizaba con el apelativo de naco), los rebeldes fumaban John Player Special, supuestamente nadie ingería alcohol, los “antros” se denominaban discotecas (como el News o el Magic Circus) y volvíamos temprano a casa, a las nueve o diez de la noche, por orden expresa de nuestros padres. El máximo triunfo al que aspirábamos se materializaba en los siete dígitos del número telefónico de alguna chica (para no invitarla a ningún lugar pues nunca había dinero suficiente y sus padres no le darían permiso para salir con un chavo). El rap dominaba la escena musical en México, siendo requisito indispensable tener MTV (el original, no la versión latina) para copiar el peinado de Vanilla Ice y los pasos de Ice, ice, baby, factores que impresionaban a las chicas en las tardeadas que se organizaban en los colegios de monjas, donde algún salón de clases con olor a lápiz adhesivo Resistol funcionaba como discoteca y se bailaba, entre otras gloriosas canciones, Square rooms de Al Corley o U can´t touch this de MC Hammer. Quienes escuchábamos rock-pop admirábamos a Roxette, la segunda máxima aportación musical de Suecia al mundo, después de Abba.

Ya había escuchado The Look y me gustaba mucho pero no sabía quién la cantaba. Hasta que en mil novecientos noventa y dos, un amigo me preguntó: ¿Ya oíste lo nuevo de Roxette? ¿Quién?, pregunté. Los que cantan The Look, respondió. Me prestó su walkman Sony (obligatorio contar con uno de esos extraordinarios aparatos, de preferencia amarillo, a prueba de agua). Yo sólo escuchaba a los Beatles o los Doors, y una que otra canción del Tri (en esa época estaban prohibidos, sólo la gente de barrio y los marihuanos escuchaban los berridos de Alejandro Lora). Desde la introducción de Joyride, aquel ambiente de feria pueblerina, con un anunciador que informa la siguiente salida de los carritos de la Montaña Rusa, me subí con Per y Marie al viaje divertido. A partir de ese día me hice fan de Roxette.

No me importaron las críticas de mis compañeros de la secundaria que a cada rato me recordaban que el dueto sueco era muy fresa. El silbido de Joyride (que por desgracia no puedo reproducirlo aquí) se convirtió en mi tarjeta de identificación, en un código que sólo unos cuantos conocíamos. Lo usaba al llamar a mis amigos en el edificio donde vivía o cuando le pedía algo a mi madre. Roxette se volvió un sinónimo de mi personalidad.

Compré el Joyride, disco que abrió la puerta de mi adolescencia, en edición de vinil en un Gigante próximo a mi casa y más tarde Look Sharp, álbum que les dio fama mundial, en una tienda cerca de Mixcoac (Mix Up creo que todavía no existía, sólo Sonido Zorba).

No recuerdo cómo supe que Roxette venía a México. La gira Join the Joyride llegaría a nuestro país donde la tradición de conciertos apenas iniciaba. Sin embargo, por pertenecer a la clase baja alta, tuve que esperar la siguiente quincena para que mi papá me diera el dinero suficiente para comprar un asiento lo más cerca del escenario.

Para cuando pude ir a las taquillas del recién remodelado Auditorio Nacional, el destino ya jugaba en mi contra: los boletos de primera fila se habían agotado. En vez de una compré dos entradas (la mía y otra para mi hermano quien salió beneficiado con la tragedia) en la zona de balcones. Su precio: ciento treinta mil pesos cada uno (la moneda todavía conservaba sus tres ceros).

La noche del veinticinco de marzo de mil novecientos noventa y dos, a bordo de un vagón del metro de la línea nueve, dirección el Rosario, llegamos al Auditorio Nacional. Según la historia familiar, yo alguna vez había estado dentro del antiguo recinto cuando era un bebé, durante un concierto de Alfredo Zitarrosa.

La contundencia del edificio, los reflectores que iluminaban el cielo y los cientos de personas que ingresaban con boleto en mano, aumentaban mi emoción. ¿Cómo tenía que comportarme en mi primer concierto de rock-pop? No lo sabía. Iba vestido con pantalones de mezclilla (no recuerdo la marca pero seguramente eran patito porque aún no usaba los famosos Aca Joe) y una camisa color rosa con líneas blancas y azules marca Furor.

En el vestíbulo, antes de ir hasta nuestros lugares, fuimos a ver los souvenirs y me compré la playera negra estampada con la fotografía interior de Joyride, donde Per se inclina hacia la derecha sosteniendo su Rickenbacker negra, mientras Marie flexiona ambos brazos sobre su pecho y mantiene una pierna en el aire.

Cuando nos indicaron la puerta por donde debíamos entrar y una edecán nos llevó hasta nuestros asientos (fila Q, asiento 32 y 33), me dieron envidia las personas que ocuparían los primeros lugares, ahí, donde según yo le pediría a Per que me regalara su armónica o para asegurarle una y otra vez a Marie que estaba enamorado de ella.

Desde aquel lejano balcón que ocupaba resultaría imposible que me escucharan. Mi desilusión aumentaba conforme pasaban los minutos y seguían vacíos muchos asientos de primera fila que inteligentemente ocuparon asistentes de otras filas cercanas.

A la espera de ver a Roxette en el escenario, hice lo que todo primerizo: mirar hacia arriba. Me sorprendieron las enormes bocinas colgadas del techo, los tubos del órgano monumental y las decenas de lámparas. Luego miraba hacia los lugares más alejados del escenario y me consoló saber que después de todo no era quien más alejado estaba.

A las ocho treinta en punto abrió el concierto Juguete Rabioso, grupo mexicano desconocido para mí que actualmente yace sepultado en el panteón del olvido. Como buen telonero (nunca los dejan hacer prueba de sonido), sonó terrible y el vocalista cometió el error de gritar, extasiado por la belleza del lugar que no pisaría jamás: “Gracias por abrir este espacio tan chingón a los grupos mexicanos”.

Aquellas palabras altisonantes resultaban adecuadas para una tocada en Neza o en Rockotitlán, pero en el recinto de concreto martelinado de la avenida más importante de la ciudad de México, donde la fresada se había congregado para escuchar It must have been love, Dangerous, Dressed for succes, Paint o Spending my time, sonaron a desafío, a amenaza. Las niñas que habían comprado esos tubos flexibles y transparentes, rellenos de pintura fosforescente, formaban expresiones como ¡Buu! y exigían la salida inmediata del lépero, (“Por eso no los invitan, por groseros”, comentó alguien), cuya música “densa” contrastaba con la alegría de Joyride o la nostalgia de Church of your Heart.

Pasado el mal rato, minutos después, se oyeron las notas roqueras de Hot-blooded, que según los críticos era una canción muy fuerte para ser del repertorio de Roxette. Marie Fredickson llevaba un traje de piel negro, ceñido a su delgada anatomía, y durante algún tiempo usó una taleguilla de torero. Per Gessle también iba vestido de negro. Me sobresaltó la palidez de su piel, y me sentí un poco desilusionado porque no llevaba sobre la frente aquellos flecos ochenteros como en la portada de Joyride, y porque además él no hacía ninguno de los riffs; sólo se dedicaba a acompañar aunque a veces ni eso, porque al cantar soltaba la guitarra.

Detrás de nosotros, unas cuatro o cinco chicas habían ido juntas a ver a Roxette. Cuando inició It must have been love, se abrazaron unas a otras como felicitándose por algo, o recordando algún amor fallido.

La mismo sucedió cuando tocaron Fading like a flower. Maneras tan afectadas no podían ser reales y lo comprobé cuando una de ellas me preguntó, quizá porque se dio cuenta que me sabía todas las canciones: ¿De dónde son? ¿Son ingleses? No, son suecos, le respondí y me di cuenta que si en todo el auditorio había un fan verdadero ese era yo. Te apuesto, le comenté a mi hermano, que ni siquiera saben de qué pueblo de Suecia son.

Porque Roxette no nació en Estocolmo sino de Halmstad.

Cuando tocaron The Look, Jonas Isacsson (lead guitar) demostró ser un gran guitarrista al estremecer las enormes bocinas del Auditorio, encadenando una serie de riffs muy agudos y empleando el trémolo de su guitarra roja de caja ancha. Tanto me impactó que al día siguiente, relatando mi experiencia en la secundaria, comparé su calidad con la de Slash de Guns and Roses y me gané la animadversión de muchos admiradores del hard-rock o heavy metal o trash o a cualquier género al que pertenecieran las Rosas y las Armas.

El clímax y el ocaso iniciaron cuando unas cinco o seis pelotas de colores y de gran tamaño comenzaron a rebotar entre los asientos de primera fila y se escuchó el silbido de Joyride. Como estuve en uno de los balcones, tampoco pude tocar las pelotas que en ocasiones no dejaba ver el escenario. Luego, como lo dicta la costumbre, Roxette agradeció los aplausos, Per se inclinó respetuosamente, Marie agitó sus manos una y otra vez, alguien le ofreció un ramo de flores, se apagaron las luces y las cortinas se cerraron. Algunos inexpertos como mi hermano y yo comenzamos a salir para evitar tumultos. La operación fue casi un éxito pero justo antes de salir al vestíbulo del Auditorio, la música y los aplausos de la gente volvieron. Corrimos otra vez hacia nuestros lugares para observar a toda la banda cerrar con Perfect day, la última canción de Joyride. El viaje estaba por concluir.

Al día siguiente darían su último concierto en México. Prometieron que volverían.

Roxette editaría después Tourism, Crash Boom Bang, una recopilación de éxitos y hasta grabarían un disco con sus más famosas canciones ¡en español! pero ya nada fue lo mismo. La roxettmanía, si acaso existió en nuestro país, se evaporó como el optimismo del país entero que soñó con el primer mundo y se quedó donde siempre.

Algo se rompió aquella noche de mil novecientos noventa y dos: Roxette incumplió su promesa y todavía hoy algunos ilusos creen que volverán en cualquier momento. Por mi parte jamás he regresado desde entonces al Auditorio Nacional.

¿Volveré el día que Roxette regrese a México? No creo. Estoy muy grande como para creer en coincidencias.





martes, abril 03, 2007

UN MOTIVO DE CELEBRACIÓN

Texto leído el 31 de marzo de 2007, en Xalapa, Veracruz, durante la presentación del libro Fisuras en el continente literario de Federico Vite.


Fisuras en el continente literario.
Por Jorge Vázquez Ángeles

Su fuerza está en
no hablar de más
Y en ser poeta.
Ángel de fuego.
Ely Guerra.



Abolido en 1966 por el Papa Paulo VI, el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, fue durante cuatrocientos siete años muestra fehaciente de que la iglesia católica está erigida sobre una piedra indestructible y hueca. A pesar de que esa lista negra ya no existe, libros como El Código d’Vinci o la saga de Harry Potter han sido señalados como peligrosos. Desde los púlpitos, decenas de sacerdotes en todo el mundo amenazan con excomulgar a aquellos fieles que caigan en la tentación y cometan el acto ominoso de asomarse a sus páginas.

En México, Aura, de Carlos Fuentes, cobró relevancia gracias a los esfuerzo del ex secretario de gobernación, Carlos Abascal, ferviente guadalupano y católico de cepa, quien encontró ofensivo que su “pequeña” hija de dieciséis años se deleitara con las cochinadas de Consuelo Llorente y del joven historiador Felipe Montero.


La situación de México como colonia durante exactamente trescientos años —la caída de México-Tenochtitlán ocurrió en 1521 y la independencia se consiguió hasta 1821—, complicó la distribución de libros, estuvieran prohibidos o no. El recién fallecido José Luís Martínez en su libro Cruzar el Atlántico, dedica algunos párrafos a describir las tretas y artimañas de los libreros europeos para esconder en los navíos decenas de textos que terminaban en las manos de un hereje valeroso.
En el año 2005, la American Library Association, se propuso sacar de los estantes los libros prohibidos de nuestra época, ofreciéndolos al público en la gran mayoría de las bibliotecas de Estados Unidos. Se trata de libros señalados por agrupaciones políticas o religiosas, cuyos contenidos ponen en duda o atacan frontalmente instituciones o valores que dichos grupos han decidido mantener a cualquier precio. Entre estos libros destacan El guardián en el centeno, de Sallinger, American Psycho, de Bret Easton Ellis, o La casa de los espíritus de Isabel Allende.


En México pocas veces se oye hablar de temas prohibidos en el ámbito literario. Porque, si se publican libros que denuncian con pelos y señales a pederastas nacionales y extranjeros, que operan gracias a la complicidad de funcionarios públicos, o los abusos y corruptelas del clan Sahagún-Fox, ¿podría existir una novela o un libro de cuentos que se censure por considerar su contenido escandaloso, obsceno, o que ponga en peligro la seguridad nacional?


No lo creo. Los tiempos ya no están para eso.


Veamos el caso de una película aburridísima como El crimen del padre Amaro, donde ocurren situaciones que ya todos sabemos, y cuyo éxito taquillero se debió al escándalo de la iglesia católica y de algunos sectores conservadores, incluido el ex secretario de gobernación antes mencionado. La película ocupa hoy el puesto de la película mexicana más vista, por encima de Sexo, pudor y lágrimas.


La literatura es un camino paralelo a la realidad donde todo se permite, las reglas de ese universo las establece el autor en complicidad con los lectores. En alguna ocasión le pregunté a Enrique Serna si El miedo a los animales le había causado dificultades o enemistades por los personajes de carne y hueso que satiriza en la novela. Me dijo que no, y agregó que los periodistas que denuncian narcotraficantes literalmente se juegan la vida en cada cuartilla redactada, no los literatos, plácidamente sentados detrás del teclado.


Lo mismo debe ocurrir con Fisuras en el continente literario, libro de Federico Vite. Si hemos de aceptar por bien de la literatura que lo planteado en una novela sólo pertenece a ese mundo, perfectamente ensamblado y que gira alrededor de la mente del autor, que a Octavio Paz lo secuestren para que revise y corrija la novela de un agente de la policía judicial, de ninguna manera implica que se quiera ridiculizar su figura, como tampoco el hecho de que el autor de Piedra de sol decida adoptar la novela del comandante Ojeda y presentarla como propia, lo convierte en un "ladrón poco versado" (como me dice Rebeka Lembo).


Si todos los días se publican cartones donde el “presidente” Calderón aparece vestido como Beto el recluta, o el secretario de hacienda Carstens es objeto de burlas por su voluminosa humanidad (por no mencionar que decenas de periodistas serios y responsables llamaron a Fox ignorante, chismoso y hasta pendejo), no veo las razones por las que Fisuras en el continente literario se gane un sitio en las bodegas de textos abandonados o dejados de la mano de Dios. Si a la lista de instituciones intocables, afortunadamente en vías de extinción (la virgencita de Guadalupe, el presidente y el ejército), hay que agregarle la figura de la vaca sagrada más relevante del siglo pasado en materia literaria, entonces habremos regresado al principio del camino, después de caminar en círculos. En el país de la burla y el apodo automático, cualquier tema se vuelve posibilidad para el juego de albures y gracejadas, donde lo mismo hay chistes del terremoto o sobre los quemados de san juanico, no hay sitio ya para solemnidades ni voces afectadas. Se vuelve sano y necesario quitarle el cobre a las estatuas y espantar a las palomas con un trapo.


Lo bello de Fisuras en el continente literario es que resume el trasfondo de la literatura: como si de construir una ciudad se tratara, el mundo de las letras es un trabajo compartido, que se realiza todos los días sin horarios establecidos, y donde resulta delicado precisar la paternidad de las ideas: los ladrillos, el cemento y las varillas están al alcance de todos; de cada quien depende la forma de emplearlos. Por eso, cuando se toma la decisión de plagiar el trabajo del otro, por más capas de pintura que se aplique para disimularlo, los trazos generales apuntan hacia el autor verdadero.


“La literatura”, dice Federico Vite en la primera página del libro, “es un asunto de muchísimas personas”.


En el país de la desconfianza perenne, es normal que exista la duda de si un libro como el de Federico Vite tenga cabida en los estantes de las librerías. Es una buena señal que Tierra Adentro lo haya publicado. Según se ha comprobado, en este momento no resulta fácil encontrar la novela, espero no pecar de ingenuo, pero supongo que se debe al cambio de administración, cuya burocrática ceremonia entorpece las labores de los recién llegados, retrasando los trabajos que caracterizan a Tierra Adentro: las presentaciones en todo el país y la distribución del fondo editorial.


No sería insólito que empezaran a trascender rumores sobre la intención de sepultar el libro y condenarlo a la oscuridad, o leyendas urbanas en las que Federico Vite aparezca como un joven escritor grosero e insolente, desubicado y de tendencias sexuales poco claras, que despotrica barbaridades contra Octavio Paz y su figura imprescindible. Recuerden que México, además de petróleo, gas y niños, es prolífico en mitos, historias y tradiciones. Tampoco hagan caso si escuchan el comentario de un hombre jura y perjura, en una cantina o en los baños de CONACULTA, que se prepara un complot para evitar a toda costa que Federico termine de escribir una novela, en la que Carlos Fuentes y Fernando del Paso luchan para apoderarse de los poemas de un joven taxista.


Si existen indicios de censura será deber de todos nosotros exigir que el libro de Federico Vite aparezca en las librerías, no por la amistad que nos une a él, sino porque en el continente literario no hay cabida para secretos o silencios impuestos de facto. Si esta novela genera una ola gigantesca que raye en el escándalo, que el impulso de esas aguas violentas funcione como mecanismo que le permita a Fisuras en el continente literario llegar a un público más extenso, que sea de ese modo como otras personas se acerquen a los demás libros de Federico Vite, voces inéditas que pronto estarán en las manos de algún lector que recordará, con una sonrisa franca en el rostro, la imagen de Octavio Paz maniatado, con una máscara de Bart Simpson ocultando su rostro.



domingo, marzo 18, 2007

¡PERIODICAZO!

Escritora cataloga a presunto “novelista” como un “unversed thief”.
Efe, Ap, Notimex.
Juan Alberto Medina


El plagio de materiales literarios es práctica común en México. Cientos de miles de blogs son saqueados todos los días por bandas de piratas cibernéticos y advenedizos de poca monta, que utilizan los textos ahí presentados para ostentarse como “intelectuales de altos horizontes” o escritores prolíficos. Prueba de ello es el reciente descubrimiento de Escritora, joven ensayista y dramaturga, que en defensa de sus más elementales derechos, ha desenmascarado a un presunto “novelista” que le plagió de forma descarada una frase, misma que empleó en un texto que aparece en conocida página web.

“Entré a la página y descubrí el robo”, afirma Escritora, indignada por el plagio.

Con este nuevo episodio, Escritora se une a la amplia lista de personajes afectados por la mezquindad del presunto “novelista”, entre quienes destacan miembros prominentes de la ínsula literaria.

En un comunicado leído por el agente literario del presunto “novelista”, quien se negó a dar la cara y permanece oculto en su casona del rumbo de Santa fe, en la ciudad de México, éste acepta que el párrafo escrito en un texto de su autoría que aparece en la página web de marras, fue escrito por Escritora, y que lo usó “indebidamente”. Aclara, de manera poco convincente, que él jamás se adjudico la paternidad de la frase, puesto que confesó a varios de sus compañeros que se veía obligado a “fusilarse” la creación de Escritora porque “no le dio tiempo de escribir un texto decente” y esa frase en especial “le gustó mucho y venía a cuento con que lo que estaba haciendo”. Además, afirma, que no estaba al tanto de que dicho texto sería usado en esa página web, ni mucho menos “como semblanza representativa de mi trabajo”. Por otro lado, en el mismo documento afirma que “como el tiempo ha pasado me olvidé por completo de solicitar que el texto se diera de baja o bien, que se agregara el crédito correspondiente a Escritora”.

Ante un nutrido grupo de reporteros, el agente literario se negó a dar más respuestas, y se limitó a decir que el presunto “novelista” “se siente profundamente afectado por lo ocurrido, y que en la medida de sus posibilidades, muy limitadas por cierto, tratará de enmendar la terrible falta, aunque el daño ya está hecho”.

Trascendió que al presunto “novelista” lo asaltan pesadillas donde Sócrates le da a beber la cicuta, Shakespeare lo asusta con un cráneo que sostiene sobre la palma de la mano, Kafka lo amenaza con traerle a su papá, Mozart lo lleva de la mano a la fosa común, Nietzche lo introduce con mujeres de dudosa reputación para que le de sífilis, Vivaldi lo pone a rezar (el presunto “novelista” se ha declarado ateo), Huxley le receta LSD adulterado, y siente los precisos golpes del cincel en todo el cuerpo, mientras Miguel Ángel lo convierte en el David. Del resto de los personajes que aparecen en la frase plagiada, el agente literario prefirió no seguir mencionando las tormentosas pesadillas que acometen al presunto “novelista”.

“Se lo merece”, dice Escritora. “No es más que un “unversed thief”, sentenció.

domingo, marzo 11, 2007

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miércoles, marzo 07, 2007